¿Por qué no nos juntamos en un bar y hacemos un recital de poesía?

Hasta hace siete días me preguntaba qué hay que pedirle a una ciudad para hacerla tuya. Yo le pedí matrimonio a Santiago de Compostela el día que, con cinco años y encajonada en el asiento del medio de un Opel Corsa, descubrí cómo los árboles del Campus Sur se daban las ramas sobre mí.

Santiago se descubrió como una amante paciente. Aún hoy me enseña partes de su cuerpo que las piedras no dejan ver con demasiada claridad. Se me insinuó un par de veces este año. Recorría con los pies su columna vertebral y veía como se tatuaba “A las 21.00, recital poético”. Pero siempre ha sido algo tramposa y me ha ido enredando en otras partes de su anatomía para salvaguardar sus secretos. Así consiguió llevarme por su cabello oscuro, de rizo en rizo por la Zona Vieja y al final, como la horquilla que sujeta mechones de luz, me escurrí por los agujeros de sus calles.

Hasta hace siete días, cuando conseguí deshacerme de sus juegos de escapismo.

Entré en La Caldeirería como quien entra en la casa de un amigo al que aún no conoce demasiado. Pero la sensación del ambiente es demasiado débil para una personalidad tan arrojadiza como la de Diego Horschovski. Supongo que por eso sólo a él se le ocurriría montar un recital de poesía en las entrañas de la ciudad. “Realmente, yo lo único que hice fue tener la idea, el resto de todo esto lo hace la gente. Cada recital es distinto y los que de alguna manera le dan forma son los que vienen. De hecho aquí no hay ningún tipo de criba ni de casting. Aquel que quiera leer, lee. Se apunta en cartel y viene. Entonces, hemos tenido gente de todo tipo. El grueso de los que vienen son estudiantes. Aunque hay de todo”.

Diego está con los ojos inquietos. Se acercan las 20.00 y la gente empieza a llegar.

– ¿Pero empezáis a las nueve, no?

– Sí, pero la gente suele ir llegando sobre esta hora.

– Claro, a tomarse algo antes.

– Bueno… más bien a coger sitio.

Es como una quimera. ¿La literatura como algo no residual? ¿La poesía llenando un bar? No puede ser. Creía que las letras se habían relegado a la luz de mesilla de noche, a la silenciosa soledad de los raros, a la rara soledad del arponero de historias. Y, sin embargo, bajo las escaleras con la caña a medio caer de mis manos. Me impresiona una estampa que yo, ya desilusionada en cuanto al aprecio que a la literatura se le tiene en mi generación, nunca hubiese podido imaginar.

En la primera parte del recital salen a la palestra los nombres anunciados en el cartel. Una de las chicas está algo nerviosa. Callada, en una esquina. Pero rápido sale en su busca otro compañero de banco. No llego -ni debo llegar- a escuchar lo que dicen pero consigo interceptar un “¿Cuál es tu favorito?”. Y sé que hablan de versos, como no podía ser de otra forma, como no podía ser más increíble.

Hasta yo me animo y abro la libreta para entretenerme en esto de garabatear el alma. Parece que el jaleo de mi vida deja de vociferar y se reduce el dolor de cabeza. Puede que ayuden las luces tenues y la piedra amable de las paredes. Es como una cueva, pienso. Como un escondite. Como un hogar.

Empiezan los recitales y cada uno cuenta su historia. De muchas formas. Unos, con los propios poemas. Otros, con las historias de los por qués. Pero todos y cada uno se retratan frente al micrófono, enseñando poco a poco todo el erotismo de una poesía puesta en boca de quien se deshace con ella. Se aplaude al final e invade la estancia un calor impropio de marzo.

Me paro a pensar cuánto me gustó la forma de recitar de uno de lo chicos. Que anónima es la capacidad de hacer sentir. Y a saber cuántos sin nombre me he perdido en este año y medio de martes en los que se han leído cientos de poesías. Diego me cuenta que “ha pasado tanta gente por aquí que hay muchísima calidad. Hay muy buena poesía. Se ha leído a Rilke, a Sabato, a Machado, a Pizarnik, a Raymond Carver, a Buckowsky… Muchos de los encuentros son también puertas que te abren a este mundo porque conoces autores nuevos. Y viene gente muy buena, gente que ha ganado premios como Tamara Andrés o Talata Rodríguez, una poetisa de Argentina que participa en actividades del Ministerio de Cultura argentino; por poner dos ejemplos. Lo que pasa es que la filosofía que llevamos a cabo es la de permitirle a cualquier persona que lo sienta que tiene aquí un espacio”. Y un trozo de mi miedo como creadora se esfuma. Se relaja el músculo de la crítica, de la vergüenza, de la infravaloración. “Eso provoca que convivan cosas de calidad y otras que quizá no la tienen tanto. Pero eso ya queda al criterio de cada uno. Es algo muy enriquecedor.”

El micro abierto empieza con dedicatorias a un chaval del público, un cumpleañero. Están todos los que le quieren. Le regalan palabras. El regalo más caro del mundo. Parece ser que puede pasar cualquier cosa y que la normalidad aquí no sabe dónde colocar sus fronteras.

– ¿Esto lo consigue la poesía?

– La poesía es capaz de llegar a unos sitios que no comprendemos, no soportamos o, simplemente, sí los comprendemos y los queremos compartir. La poesía tanto puede ser una herramienta lúdica, para compartir, como ser la llave que te pueda salvar. Creo que esa es la potencialidad que tiene la palabra musicalizada, la lírica. Y el hecho de que de alguna manera la persona que escribe está exponiéndose al mundo, ya sea desde su infierno o desde su paraíso más profundo. Y cuando lo compartes y la otra persona lo recibe se genera una fuerza muy interesante.

Cómo se nota que Diego también es poeta.

Pasa el micro de boca en boca y a mí se me revuelven las piernas. Pero no me atrevo a salir. No me siento capaz de darle carpetazo al miedo hoy.

– ¿Cómo se vence?

– Pues supongo que como todas las personas vencemos los miedos, hay siempre una primera vez. Y, si además tienes un ámbito tan amigable, donde sabes que la gente te va a acoger bien, donde hay muy buena onda y muy buen rollo, la gente se acaba animando. Hay mucha gente que lamentablemente se queda siempre en el anonimato. Me acabo de acordar de una frase de Rene Crevel que decía: “Ningún atrevimiento es fatal”. Nadie se muere atreviéndose. Pero claro, vivimos en la época de la crítica y del rechazo. En una época también de mucha exposición del ego y cuando uno expone el ego bien te pueden acariciar, bien aniquilar.

Se acaba el chorro de voz de los que recitan y se abre el grifo por el que canta Laura Lamontagne, por el que le pide a Klara que le dé un beso mientras Diego Horschovski le acompaña con una guitarra que nos hace a todos de cama. Y se levanta la magia. Pero sólo hasta dentro de dos semanas. “Aquí han surgido muchas amistades, muchos amores. La gente se ha enamorado, se ha desenamorado… Ha ocurrido de todo aquí.”

Santiago, ya sabes a dónde llevarme esta noche.

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