La voz y la memoria

“Si cantas solo con la voz, por fuerza tendrás al fin que callar;

canta con la vida para no callar jamás”

San Agustín

Érase una vez una casa en Nueva Orleáns, o lo que es lo mismo, cuatro paredes dominadas por las sombras. Allí es donde fue a parar un pobre desgraciado, hijo de jugador alcohólico y madre sastre, quizás un emigrante más en busca de mejor suerte o tal vez solo un pobre diablo. El caso es que este individuo no fue capaz de burlar el inexorable lastre de la herencia y sucumbió al infeliz destino al que estaba abocado. Por eso, desde entonces, advierte a otros que no sigan sus pasos o acabarán sus días penando en la casa maldita: refugio de lo vil o cárcel para los que fueron demasiado inocentes.

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Érase también una solitaria mujer hispanoamericana. Una dama descorazonada, puede que por la marcha de sus hijos, o tal vez de su marido, quien se había ido a la guerra y del que nunca supo más. En todo caso, es una mujer que llora. No es que no sea fuerte, es que cree que lo ha perdido todo y, lo que es peor, todavía lo siente recién; por eso llora. Hay penas que nunca se terminan de expulsar por mucho que las aguas lo intenten. De los niños no sé nada, pero de su esposo algo sé. Sé que está en el frente, y que a ellos no les está permitido llorar, y que por eso cantan juntos por las noches. Cantan porque no les dejan ni llorar ni echar de menos. Cantan por ellas, porque no están, porque ellos tampoco quieren seguir más tiempo en ese reino de la destrucción, quieren volver y reanudar su vida donde la dejaron. Y entonces se acuerdan de ellas y les cantan la ‘Llorona’. Y cantan con más fuerza, si cabe, cuando llegan a “aunque la vida me cueste, Llorona, no dejaré de quererte”.

Porque igual así el espíritu de la Llorona acompaña a los afligidos y los tapa con su reconfortante rebozo. Y se sienten mejor, porque la pena entre muchos siempre es menos pena. Me figuro que la manera en que se popularizó ‘La Llorona’ durante la Revolución Mexicana debió de ser algo aproximado a esto que les cuento, aunque la canción tenía más años, claro. Ahorita que lo pienso, es bien fascinante el personaje ese de la mujer, esposa y madre, despojada de lo que más quiere en este mundo, que está como en el limbo entre los vivos y el más allá. Me recuerda tantito a lo que hacen los escritores de acá. ¡Parece purísimo realismo mágico!, híjole.

Éranse, en otra ocasión, dos acuarelas nocturnas en tonos violáceos y de añil, salpicadas ambas de una nívea refulgencia selénica. Entre los trazos delicados del pincel diligente, asoma, en medio de un trigal, mecido suave y acompasadamente por el viento, una muchacha que con melifluas quejas confiesa al astro de plata lo sola que se siente. En el lienzo mellizo, las olas acarician el vientre de un vapor, un poco más arriba, desde la cubierta, unos ojos de galán observan vidriosos la tierra madre a la que nunca han de volver. Este, pues, no es únicamente el relato de una separación, como tantos otros, es la voz de un triple drama: un amor destrozado, un exilio forzoso y una muerte prematura. Es, a juicio del que escribe, el mejor monumento a la lengua y a la cultura gallega que se haya hecho jamás. Y el pueblo, que aparte de ser quien más ordena, es otro tanto sabio, vio en esta ‘Cantiga’ de Curros Enríquez un tesoro y se apoderó de ella, cambiándole el primer verso y además el título, como si de un ex libris se tratara.

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Érase una vez, por otra parte, un colectivo de italianas que, explotadas en las labores de campo por una figura autoritaria, soñaban cada día con la libertad. Por ello se apropiaron de una canción, para cantarla a diario y recordarse a sí mismas que en algún momento la tiranía llegaría a su fin. No sé si tal espera tuvo recompensa, lo que sí sabemos es que el testigo fue recogido por otros compatriotas suyos, que hicieron su propia versión del cántico, para erigirlo como consigna de la lucha contra el fascismo y conquista de la libertad.

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Estos cuatro párrafos anteriores conforman una poliantea, no de cuentos, como pudiera parecer por su arranque, sino de canciones populares, cuyas historias aparecen sazonadas de notas curiosas reales. Los títulos de estas cuatro bellezas presentadas en sfumato son ‘House of the Rising Sun’, ‘Llorona’, ‘Unha noite na eira do trigo’ y ‘Bella ciao’. Cabe señalar que todas ellas han sido versionadas por más de un artista, sin embargo, no me puedo resistir a recomendar las magnéticas versiones hechas por The Animals, Depedro y Uxía respecto a las tres primeras.

Arte y, a la vez, historia

Es interesante cómo estos temas participan de una doble naturaleza: son arte y a la vez son historia. En tanto que arte, destaca el lacónico vigor narrativo que expresa de manera magnífica lo incontrolable y desbordante de los temas tratados, a lo que se añade una ingente capacidad para sugerir. Sin ir más lejos, ahí está la incógnita de ‘House of the Rising Sun’, puesto que, apenas sin conocer detalles sobre lo que se cuece en esa casa, tan solo con la desoladora descripción, la fantasía del oyente ya se predispone a alimentar la leyenda negra del sitio. ¿Y qué decir de la viveza con la que se nos transmite la pena y el amor en ‘Llorona’ o en ‘Unha noite na eira do trigo’? Mención aparte requiere la imaginería folclórica gallega, plasmada casi de modo cinematográfico, en el nefasto díptico de los enamorados.

¿Y por dónde asoma la Historia en estas composiciones? Pues justo bajo el maquillaje de la ficción. Percatémonos de que las canciones son documentos que informan acerca de un sentir general, de los anhelos y preocupaciones de la sociedad en la que fueron creadas. Hay canciones que nacieron directamente para la batalla y se mantuvieron en sus trece: ‘Bella ciao’ fue primero una queja a un inhumano sistema laboral, más tarde se reaprovechó por parte de los partisanos italianos durante la Segunda Guerra Mundial y actualmente se reconoce como un himno comunista. Otras dieron cuenta, en distintas localizaciones, de un mismo problema, así la emigración trasluce en ‘House of the Rising Sun’ y ‘Unha noite na eira do trigo’ pero no como una oportunidad, sino en sendos casos como un éxodo que conlleva infelicidad.

En cualquier caso, las voces y los temas de las piezas musicales corresponden a “los de abajo”, a los silenciados por las páginas de la Historia. Así, este entramado de canciones fue uno de los vehículos gracias al cual las clases desprovistas del acceso a la cultura y el poder, en especial las mujeres, pudieron construir su propio discurso para expresarse, distraerse y aliviar sus problemas —del efecto catártico de la ficción ya estábamos prevenidos por Lope de Vega, quien escribió: “a vueltas de los ajenos [amores] he llorado los míos”—.

Las canciones son documentos que informan acerca de un sentir general, de los anhelos y preocupaciones de la sociedad en la que fueron creadas.

En fin, a estas alturas soltaré la manida frase de conferenciante “si me pusiera a hablar de todo lo que esto nos ofrece no acabaría nunca” para evitar que se pongan al descubierto mis carencias sapienciales y también para ir cerrando el tinglado. Les recuerdo, no obstante, que ustedes, lectores, si así lo desean, tienen una cita pendiente con la voz del pueblo, a la que aún le queda(n) mucha(s) Historia(s) por contar.

Fotografía de portada: © editoriale.tv