La habitación; comprendiendo el mundo exterior

El irlandés Lenny Abrahamson, quien ya suma 49 años en su carnet de identidad, era poco menos que un desconocido para el mundo cinematográfico hasta hace unos meses. Su proceso de ascenso, sin embargo, ha sido inapelable. Su incursión en la gran pantalla fue, efectivamente, tardía (su primer largometraje data de 2004, cuando ya tenía 38 años), aunque desde entonces cada película ha mantenido ese rotundo in crescendo que ha rematado este año con su primera nominación al Óscar por su trabajo de dirección en ‘La habitación’ (Room, 2015). Para los familiarizados con el cine de Abrahamson, ‘La habitación’ sólo ha sido el perfeccionamiento técnico de sus habituales devenires por el subconsciente humano. Dos cintas clave como ‘Garage’ y ‘Frank’ (esta última el gran precedente que le ha permitido obtener el caché necesario para hacer esta película) explican a la perfección el universo del director nacido en Dublín: sombrío, pacífico e introspectivo como pocos.

‘La habitación’ está basada en la novela homónima de Emma Donoghue, encargada también de la adaptación al guión cinematográfico. Su premisa es muy simple: expone la situación de una madre y su hijo, secuestrados en una pequeña habitación en la que Jack (un revelador Jacob Tremblay) ha sido concebido y ha pasado los cinco primeros años de su vida. Sin embargo, el día de su quinto cumpleaños, su madre (magnífica y visceral Brie Larson) explota y decide terminar con esa insostenible situación. Este es el comienzo de uno de los dos actos del filme, aquel consistente en la compleja tarea de explicar a un joven que cree que el universo se ciñe a todo lo que hay dentro de esas cuatro paredes que hay más vida ahí fuera. Que los árboles existen y las personas que salen en la televisión son reales.

La estética de la primer mitad de la cinta borda la sensación de ahogo | ©Hollywood Reporter.

La estética de la primer mitad de la cinta borda la sensación de ahogo | ©Hollywood Reporter.

El proceso es lento y ayuda a comprender la frustración de un joven al ver desmoronado todo el conjunto de su ideal de existencia previo. Una prueba evidente del instinto sedentario del ser humano, capaz de agarrarse a las condiciones más repulsivas con el único objetivo de mantener su realidad invariable. Un reflejo del miedo al cambio, del miedo a descubrir cosas nuevas que puedan resultar peligrosas. En el otro lado de la moneda se encuentra su madre, desesperada por retomar la vida que un día le fue arrebatada de entre los dedos.

La carga dramática de esta primera mitad de la película es absolutamente impresionante, acompañada por una estética ruinosa y una sensación de ahogo constantes, además de un aura musical que no transmite otra cosa que impotencia e incomodidad. Abrahamson consigue desde el primer minuto que la situación de Jack y su madre nos duela, nos raje por dentro. Y precisamente utiliza este lenguaje emocional para generar tensión cinematográfica en una secuencia de escapada absolutamente frenética y capaz de encogerte el corazón en un puño.

En el segundo acto de la película todo cambia. Cuando los ojos de Jack y su madre se abren siendo ya libres, todo es muy distinto para ellos, pero también para el espectador. La estética, mucho más limpia, permite respirar con una holgura que cada vez se irá haciendo más estrecha. Pese a haber salido ya de La habitación, el proceso de adaptación de Jack a una realidad que le es completamente ajena no se presume fácil. Las secuelas de siete años encerrada ejercerán también un fuerte impacto sobre el subconsciente de su castigada madre, una vez liberada de la responsabilidad constante de proteger a su hijo del hombre que intentaba convertir su vida en un objeto de su propiedad.

El vínculo entre Larson y Tremblay es extraordinariamente poderoso | ©The Verge.

El vínculo entre Larson y Tremblay es extraordinariamente poderoso | ©The Verge.

La narración de esta segunda mitad de la cinta es mucho más calmada, lejos del frenesí de su primera hora, aunque dista mucho de abandonar esa inquietante atmósfera de confusión. El acompañamiento coral de Joan Allen, William H. Macy y Tom McCamus da color a una parte del metraje que centra sus esfuerzos en mostrar el ascenso social de Jack y el progresivo hundimiento de su madre, víctima, tras la tormenta, de las secuelas producidas por su etapa de reclusión. Un camino complejo y lleno de piedras hacia una paz interna que a menudo solemos dar por sentada de forma errónea.

Más allá de la espectacular puesta en escena y de la pasión narrativa de Donoghue, la reflexión que extraemos de ‘La habitación’ es dolorosa y potente a partes iguales: nos habla de lo difícil que es tratar de proteger a tus seres queridos del implacable mundo exterior, de lo complicado que resulta comprender aquello ajeno a nuestro entendimiento y lo mucho que nos recogemos en nosotros mismos en lugar de enfrentarnos a los peligros que esperan ahí fuera y que, pese a suponer obstáculos en nuestro camino, son los que nos permiten alcanzar el pleno conocimiento de nuestras posibilidades. La habitación es una metáfora de todo aquello a lo que decidimos no enfrentarnos, aquello ante lo que tomamos la decisión de conformarnos sin darnos cuenta de que, al final, siempre hay vida ahí fuera.