Ut cogitatio musica

Melodía de fondo para la lectura: ‘DNA’ de Ludovico Einaudi

Bajo la tarde serena con ritmo dulce y liviano, solloza un piano lejano la suavidad de su pena.

 gianpaolobattistella.itLos pianos suenan a nostalgia. A invierno. Al nunca pronunciado “tócala otra vez, Sam”. Al calor del recuerdo entre las sábanas cuando el frío arrecia. A los ratos vespertinos detrás de los vidrios empañados, mirando cómo cae la lluvia. Al instante en que una chica se sienta en la mesa de una cafetería junto a la ventana y pide algo mientras espera. Al hombre ojeroso de la gabardina que, acodado en la barra del nightclub, intenta resolver por enésima noche consecutiva el rompecabezas de su existencia, a ser posible antes de que cierren. Al atardecer de otoño en los parques. A traer de la niebla de la memoria a los que no están. Y a acercar a los que están. A la luz de una sonrisa infantil y a los primeros pasos de una criatura en el mundo. A las fotos de “parece que fue ayer”. También a los paseos sin rumbo de los que no saben a dónde ir, o de los que se demoran en llegar. Al honrado cine mudo. Al saloon del western con el cartel de “No disparen al pianista; lo hace lo mejor que puede”, para cuando la música no es capaz de amansar a las fieras. El caso es… ¿en qué pensarán ellos, los pianos, con el frac siempre puesto?

Todo mi pecho se llena de la tristeza del piano y pienso en la fina mano bajo la que el piano suena.

De vestimenta negra y patillas canas se sienta delante del piano un hombre, con la sobriedad del color primero y la experiencia del segundo. Con gesto firme pero bondadoso. Comienzan a deslizarse los primeros compases de una melodía que, como el piano y el artista, no conoce el gris, sino que porta luces y sombras a lo largo de un corredor de ochenta y ocho teclas. El hombre que está haciendo hablar al invento de Bartolomeo Cristofori se llama Ludovico Einaudi.

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Desde pequeño este turinés entró en contacto con el arte, lo que favoreció el desarrollo de su sensibilidad en dicho ámbito. Por una parte, su padre, hijo de un presidente de la república italiana, era editor de libros y, por otra, su madre, hija de un director de orquesta, fue quien encauzó los primeros pasos del niño en la andanza musical. Si bien para que Ludovico Einaudi se hiciese un hueco en el mundo de la música no le bastaba con repetir los patrones heredados, era preciso superarlos y conformar un estilo propio, y así lo hizo.

La evolución de su sonido ha estado marcada por un afán aventurero innato, ya que cada viaje supone para el pianista una oportunidad de acercarse a las diferentes músicas populares. De hecho, ha colaborado con intérpretes y compositores de muy diversas tradiciones: portuguesa, turca, maliense, armenia… El propio compositor no duda en comentar que sigue los pasos de los grandes, como Mozart o Stravinski, quienes también se sirvieron de rasgos populares para enriquecer sus estilos. Pero, aparte de su formación académica, Ludovico Einaudi siente una alta admiración por figuras como Bob Dylan o Jimmy Hendrix. Además, en orden a la faceta indómita de Einaudi, sus ganas de explorar nuevos terrenos no se han restringido solamente a las composiciones musicales, también se han manifestado en diferentes escenarios, como los desfiles de moda o la elaboración de bandas sonoras, entre las que destaca la de ‘Intouchables’, que lo catapultó a la fama.

Cada suspiro del viento acerca hacia mí el acento de la música preclara.

Las frases melódicas sencillas y repetitivas que van esbozando una progresión paulatina, como esas ondas que salen en el agua cuando se arroja una piedra, es lo más representativo de su estilo. He ahí la riqueza de un eco que se reinventa en cada audición. La manera de componer ha hecho que muchos, entre los que se cuenta el mismo Ludovico, afirmen que esta música se orienta a la meditación y a la reflexión.

La música de Ludovico Einaudi nace en un marco de misterio y azar, al amparo de lecturas, encuentros, recuerdos, reflexiones, escuchas… en definitiva, de fragmentos de vida. Es pura y concentrada, no se pierde en circunfonios, va directa al abrazo de las imágenes, de los colores, de las sensaciones. Y toca justo donde quería tocar. Es en ese momento cuando comprobamos que hay inspiración detrás de cada nota, sí, pero también una gran dedicación y cariño. Ludovico Einaudi es sinónimo de catarsis, cuando uno termina de escucharlo queda renovado, como tras ese puntual y necesario desahogo de las lágrimas o de las sonrisas.

Y llora el alma sonora, como si el piano que llora dentro del alma llorara.

personapaper.comP.D: Gracias a Nicolás Guillén por prestarme ‘El piano’.

Fotografía de portada: © mtv.com

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