Pierden los catalanes

Que no se me entienda mal: los catalanes ya habían perdido, independientemente del resultado de las elecciones de ayer. Empezaron a perder cuando se les negó el derecho a convocar un referéndum para decidir explícitamente sobre su futuro con respecto a España. Y siguieron perdiendo cuando no les dejaron debatir sobre todos los problemas de su día a día en una cita electoral como la del 27-S.

Los hubo que votaron en clave plebiscitaria, pero otros muchos intentaron descubrir un programa detrás de la retahíla de discursos monotemáticos que llevamos escuchando durante toda la campaña. Pero el análisis no va por ahí. Partidos y medios de comunicación se han puesto de acuerdo para valorar los resultados en base a un eje ‘sí-no’. Pero la política no debe ser reduccionista: sólo es útil para la ciudadanía cuando se orienta hacia lo concreto. Es muy fácil para unos decir que han ganado en escaños y quedarse tan anchos. Y para otros es igualmente fácil decir que el “no” ha ganado en votos y hacer lo propio. Ambos se equivocan. La virtud está en los matices.

100 diputados de 135 comparten un discurso contrario al statu quo, bien sea a través de la independencia, el federalismo o el derecho a decidir

No es igual el “sí” desideologizado que tan solo busca la independencia del votante de Junts pel Sí que el “sí” de quien depositó una papeleta de las CUP en su urna. Pero la uniformidad es nula dentro de los que no apoyan la independencia de Catalunya. Una cosa está clara: la voluntad de cambiar el modelo territorial español. Los 100 diputados de 135 que suman Junts pel Sí, PSC, Catalunya Sí que es Pot y las CUP comparten un discurso contrario al statu quo, bien sea a través de la independencia, el federalismo o el derecho a decidir. Ya no se puede negar esa realidad. Las urnas han dado un revés brutal a un PP que acudió a las elecciones apelando al miedo y defendiendo que todo estaba bien como estaba. Y nadie se lo creyó.

Ciudadanos, gran vencedor de la noche de ayer, no llamó al miedo. Cuando dicen que nunca apoyarán la convocatoria de un referéndum que ofrezca una opción “perjudicial para los catalanes” están hablando de la ignorancia de aquellos a los que pretenden gobernar. “No estáis listos para votar lo que a mí no me conviene, pero sobradamente preparados para votarme en las elecciones que la buena de Inés (Arrimadas) dice querer convocar”, estará pensando Albert Rivera mientras se recupera de la resaca electoral. Una democracia que no permite a sus ciudadanos tomar decisiones de forma directa es una democracia coja. Los votantes son suficientemente maduros para saber qué están votando. Y si no lo son, se equivocarán. Pero al menos se habrán equivocado por sí mismos.

Una democracia que no permite a sus ciudadanos tomar decisiones de forma directa es una democracia coja.

A partir de hoy se abre un escenario que definirá el futuro territorial de una España que no se construye a través de “síes” y “noes”, sino con propuestas concretas. Pero primero hay que dirigir un Parlament difícilmente gobernable. Mas apostó fuerte por sí mismo con Junts pel Sí, pero tan solo una mayoría absoluta le garantizaba su reelección al frente de la Generalitat. Todo lo que no sea ver a las CUP oponiéndose a su nombramiento sería una sorpresa. Eso sí, ya se ha salido con la suya: no se habla de sedes embargadas ni de que su autonomía ha sido la que más ha recortado en educación y sanidad.

Los catalanes se merecen algo más: se merecen que se hable de un Estado de Bienestar que se desvanece. Se merecen que se hable de los problemas que les afectan en su día a día. Y sí, también se merecen un debate digno sobre el modelo territorial en el que quieren vivir. Sin medias verdades ni discursos que tan solo apelan al miedo. Los catalanes han dicho “sí”. También han dicho “no”. Pero, sobre todo, han dicho que en España sí, pero en una España diferente.

Caricatura: Loiro.