Pelo enmarañado

Andrey Rublev promete no quedarse anclado en el olvido (Foto: Barcelona Open Banc Sabadell).

Andrey Rublev promete no quedarse anclado en el olvido (Foto: Barcelona Open Banc Sabadell).

Andrey Rublev accede a la pista número uno del Club de Tenis de Barcelona. Tiene 17 años. Su nombre coincide con el del famoso pintor ruso del siglo XIV. Actualmente no forma parte del top 300 de la ATP. Sin embargo, muchos prevén que no dentro de mucho estará entre los mejores. Hace apenas un día que derrotó a Fernando Verdasco en la primera ronda del Godó, al que ha accedido con una Wild Card. Lo hizo sin dejar indiferente a nadie. El propio Verdasco, iracundo tras la derrota, lo increpaba en la rueda de prensa postpartido: “no me ha molestado la derrota, sino su mala educación“, dijo el madrileño ante los estupefactos periodistas.

Rublev entra a la pista para enfrentarse a Fabio Fognini por un puesto en los octavos de final del torneo. Lo hace con su largo pelo completamente enmarañado, y unos enormes cascos que cubren toda su cabeza. Su mirada está fija en el suelo, como si no le importase en absoluto todo lo que ocurre a su alrededor. Con la cabeza, sigue el ritmo de la música que escucha. La expresión de Fognini, un jugador ya de por sí peculiar, lo dice todo. Andrey Rublev tiene la soltura de un veterano. Se toma su tiempo en quitarse el chándal, beber un trago de lo que sea que tenga en su mochila y escoger una raqueta para arrancar el encuentro. Durante todo ese proceso, no dirige ni una mirada a su rival, al juez de silla o al público. Sólo mira al suelo y sigue moviendo la cabeza.

Fognini ya lleva un minuto esperándolo en el centro de la pista para realizar el sorteo de saque. Pero Rublev no se inmuta. Sólo cuando él decide que está listo se quita los cascos de la cabeza, pega un par de saltos, golpea las cuerdas de la raqueta unas cuantas veces con la palma de su mano y se dirige hacia el tenista italiano. Una vez allí, levanta la cabeza por primera vez. Con su mano, se recoge el pelo y se lo aparta de la frente. Pese a su altura, rondando el 1’85, Rublev tiene una apariencia frágil. Su tez pálida, sus brazos delgados y su torso juvenil contrastan fuertemente con la complexión portentosa de Fabio Fognini. La estampa es, cuanto menos, curiosa.

Andrey Rublev debutó en el circuito ATP con 16 años, en la edición de 2014 del ATP 250 de Moscú, también gozando de una invitación. En este 2015, el joven tenista ruso ya ha logrado su primera victoria en un Masters 1000 en Miami, y ha conseguido evitar caer en primera ronda en todos los torneos del circuito en los que ha participado. Sin embargo, y pese a su juventud, Rublev ya ha comenzado a ganarse fieles detractores. Su estilo de juego, poco ortodoxo y bastante irregular, posee un elemento fuertemente mental, en el que no están exentas distracciones, momentos histriónicos sobre la pista, raquetas rotas, gritos varios y, en consecuencia, rivales descontentos.

Finalmente, Rublev perdería su partido ante Fognini pero llevaría al italiano al límite después de casi dos horas de partido. En un circuito ATP en el que los mismos astros brillan desde hace varios años, sorpresas como este joven ruso no deben ser ignoradas. Su golpeo, pese a su menudo físico, es voraz. Rublev es un tío ofensivo en todos los sentidos. Una pesadilla para el rival, el juez e incluso los recogepelotas, a los que martiriza continuamente con su excéntrica personalidad, la cual lo lleva a pedir la toalla prácticamente antes de todos los puntos de cada partido y a tardar más de lo conveniente en elegir con qué pelota sacar.

Con todavía 17 años en su carnet de identidad, está en su mano pulir este carácter. Andrey Rublev es un diamante en bruto cuyo objetivo es terminar el año entre los 100 mejores de la ATP. Su ambición y sus ganas de hacer historia están de su lado, mientras que su limitada fortaleza mental es su gran adversario por el momento. En base a trabajo y concentración, este joven moscovita puede llegar a ser esa gran estrella que todos estábamos esperando. O quizá se quede en un simple oasis. De él depende.