Mi profesor de gimnasia

Ellas no lo viven o lo sufren, al menos como lo vivimos y sufrimos nosotros. […] Lo han llamado ‘El partido de la mujer’ cuando la mujer, por lo general, odia el fútbol porque se siente desplazada por él. Además, no lo entiende ni hace por dónde porque no le interesa en absoluto, Andrés Cárdenas en Granada Blogs

Hoy no es ocho de marzo. No escribo este artículo para hacer hincapié en que los días especiales no deberían tener una fecha fijada. Firmemente creo que el recordatorio marcado en el calendario hace que las conciencias piensen y reaccionen. Pese a todo, estas letras se escriben el diez, un día cualquiera. No es mi primer artículo, evoco echando una vista al pasado cuándo el periodismo decidió invadir mi mente. Hay algo que no ha cambiado, algo que se mantiene en mi memoria. Lo protagonizan reacciones y respuestas, comentarios y miradas, prejuicios. Mi recuerdo es hablar de fútbol y que me respondan “perdona, no soy capaz de debatir sobre deporte con una mujer”. Opinar sobre un jugador y obtener “¿pero te gusta porque es guapo, no?”. Ir a ver patinaje y que eso ya encaje más con lo preestablecido para mi sexo. Y la perla “así ya te juntas con un futbolista y tienes el futuro resuelto” acompañado de un “gracias, Andrea”.

No consigo acordarme de su nombre. José, quizás. No me hace falta. Protagoniza la muestra más grande de machismo que contemplé en la escuela primaria. Sé que él no lo hacía por mal sino por defendernos. Defendernos de los riesgos que, a su parecer, conllevaba ser niña en una clase de educación física de un colegio santiagués. Mi profesor de gimnasia nos entregaba unos chalecos de colores y nos repartía de la forma menos aleatoria posible. Chicos, fútbol. Chicas, brilé. Debía pensar que no nos gustaba jugar al fútbol, que nos podíamos hacer daño o vaya usted a saber el qué. Creía, como siguen creyendo muchos, que el fútbol llevaba un sello y que eso sello no nos pertenecía. Apenas variaba sus clases el señor José (?). La otra opción era correr por el recinto. Nosotras dábamos menos vueltas porque él concebía nuestra resistencia como fácilmente perturbable. Hacíamos menos ejercicio, menos esfuerzo, más descanso.

Por suerte, mi clase creció entendiendo que nosotras también podíamos darle patadas a un balón. Lo que no sabía él era que nos guardábamos un as en la manga. Lo que no sabía es que lucharíamos por nuestros derechos y acabaríamos participando en los torneos escolares. Lo que no sabía es que, durante varios cursos, las clases formarían sus equipos femeninos y competirían en igualdad de condiciones. Lo que no sabía es que algún día sus alumnas se emocionarían con el mismo gol, con el mismo chaleco y con la misma ilusión.

El deporte es capaz de actuar como espejo de la sociedad. Por eso Verónica Boquete celebra un Campus en Santiago cada Navidad, en su lucha por el fútbol femenino. Por eso Rubén Orihuela alzó en su día su deseo de practicar gimnasia rítmica. Porque cada vez que la sociedad discrimina, el sueño de un niño deportista lucha por no apagar su intensidad. Por muchos patios de colegio en los que las niñas contemplan el partido de sus compañeros. Por muchas mujeres menospreciadas en sus puestos de trabajo. Por chicas capaces de abrirse un hueco en un mundo que quiere destacar su cuerpo y no su mente. Lo siento, profesor, no ha conseguido alejarnos de los peligros del esférico.

Foto de portada: ©Andrea Oca