El presidente excepcional acaba con las excepciones

La segunda vuelta de las elecciones al Senado en Luisiana barre a la penúltima demócrata con escaño en territorio hostil

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El republicano Bill Cassidy y la senadora demócrata Mary Landrieu en un debate de esta campaña / Gerald Herbert AP

Hace ya seis años, la elección de Barack Obama sirvió como paraíso del tópico periodístico del “marca un antes y un después”. Combinaba todos los factores necesarios para hablar de cambio de era y de ruptura con el pasado. El principal, por supuesto, fue el factor racial. El primer presidente negro de Estados Unidos fue elegido sólo 44 años después de que la Ley de Derechos Civiles acabase con la discriminación racial en el Sur del país. De no poder entrar a la Universidad o de sentarse al fondo del autobús, las familias de raza negra pasaban a ocupar, simbólicamente junto a Barack y Michelle, la Casa Blanca.

Con la derrota este pasado sábado de la demócrata Mary Landrieu en la segunda vuelta de las elecciones al Senado en Louisiana se escribe la penúltima línea de la historia del dominio demócrata en el Sur.

Y, sin embargo, ya en los estertores de su mandato, el presidente excepcional ha culminado otro giro histórico. Con la derrota este pasado sábado de la demócrata Mary Landrieu en la segunda vuelta de las elecciones al Senado en Louisiana se escribe la penúltima línea de la historia del dominio demócrata en el Sur. El republicano Bill Cassidy se sentará en un escaño que no era ocupado por el partido del elefante desde hace más de un siglo.

En efecto, en la época de Jim Crow (término utilizado para referirse a la vigencia de las leyes segregacionistas), las filas demócratas en la Cámara Alta del Congreso estadounidense se nutrían en gran parte de senadores sureños. Históricos populistas como Huey Long, Richard Rusell o Strom Thurmond conformaron lo que se dio en llamar “los Dixiecrats”, el Club Sureño de demócratas del Sur (Dixie) que ejercía su potente influencia sobre el liderazgo demócrata en el Senado. De hecho, fue la presión del lobby sureño la que colocó en 1952 al texano Lyndon Johnson como líder del grupo demócrata en el Senado en lugar de Jim Murray (Montana), al que los sureños veían como más progresista. Paradójicamente, 14 años después sería el propio Johnson, ya como Presidente, el que diese el golpe más duro a los demócratas del Sur: la aprobación de la Ley de Derechos Civiles.

Las elecciones presidenciales inmediatamente posteriores, en noviembre de ese mismo año, ofrecieron un resultado esclarecedor: Johnson consiguió teñir de azul demócrata la totalidad del mapa estadounidense con una sola excepción: el antiguo bastión demócrata del Sur había votado por el candidato republicano, Barry Goldwater, que renegaba de la Ley de Derechos Civiles por su centralismo, al invadir las competencias de los Estados.

La victoria de Goldwater en Luisiana, Mississippi, Alabama, Georgia y Carolina del Sur no fue, sin embargo, un voto de castigo aislado. Cuatro años después casi los mismos Estados otorgaron sus votos al candidato independiente a la presidencia George Wallace, gobernador de Alabama y vociferante defensor del segregacionismo. Y en 1972, la aplastante victoria de Nixon tiñó permanentemente de rojo el núcleo duro del Sur. Un rojo que sólo el georgiano Jimmy Carter sería capaz de levantar en su primera elección, pero que siguió imperando bajo Reagan, Bush, Clinton (con excepciones), Bush hijo y Obama.

La diferencia de voto entre elecciones presidenciales y legislativas es habitual y ha permitido a los demócratas consolidar importantes mayorías en el Senado a través de demócratas moderados elegidos en territorios hostiles para la izquierda. Un puñado de excepciones, de aldeas galas azules, que no han hecho más que disminuir desde la llegada de Obama al poder.

El Senado, sin embargo, continuaba siendo una cosa distinta. Y, aunque los sureños habían trasladado definitivamente su voto presidencial a los republicanos, seguían confiando en determinados senadores demócratas, de conocidas estirpes como los Pryor o los Landrieu, para representarles en el Senado. La diferencia de voto entre elecciones presidenciales y legislativas es habitual y ha permitido a los demócratas consolidar importantes mayorías en el Senado a través de demócratas moderados elegidos en territorios hostiles para la izquierda. Un puñado de excepciones, de aldeas galas azules, que no han hecho más que disminuir desde la llegada de Obama al poder.

El color de la polarización

Hacer un análisis de tendencias de las elecciones “de medio mandato” (o midterm) siempre resulta complicado. Implica encontrar aspectos comunes en más de 500 elecciones de muy diverso pelaje: congresistas, gobernadores, senadores…

Sin embargo, si se puede encontrar un elemento esencial de unión en todas las luchas políticas de 2014 ha sido el inmenso factor de polarización que ha generado la figura del presidente Obama. Las elecciones legislativas han discurrido bajo su sombra y lo tóxico de su figura en determinados estados ha resultado patente tanto en los esfuerzos republicanos por ligar con él a los candidatos demócratas como en los de los propios demócratas por desmarcarse.

En los mapas que acompañan a este artículo se puede comparar el voto presidencial de 2008, año de elección de Obama con la composición del Senado. Estados, tanto sureños como del medio oeste, que habían votado claramente contra el Presidente como Alaska, Arkansas, Nebraska, Virginia Occidental o las dos Dakotas contaban con uno o hasta dos senadores demócratas.

Las presidenciales de 2012 arrojaron casi el mismo mapa para Obama con la única pérdida de Indiana y Carolina del Norte. Sin embargo, comparar sus resultados con la composición del Senado surgido de las elecciones de este año permite observar un paralelismo mucho mayor. Los estados que votaron contra Obama en 2012 han colocado, de forma muy mayoritaria, también a republicanos en sus escaños del Senado. Las excepciones republicanas (senadores elegidos en estados que votan demócrata en las presidenciales) pasan a ser, por primera vez en décadas, más numerosas que las demócratas.

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Izquierda: resultados de elecciones presidenciales 2008 comparados con composición del Senado en 2009
Derecha: resultados de las elecciones presidenciales de 2012 comparados con composición del Senado en 2015Azul = demócrata
Rojo = republicano
Violeta = un senador de cada partido
Franjas = un senador independiente 

¿Qué ha pasado? Que la polarización generada entre el gobierno de Obama y los medios de comunicación de tendencia conservadora no ha tomado rehenes. Las retiradas de históricos demócratas moderados como Ben Nelson (Nebraska), Max Baucus (Montana), Jay Rockefeller (Virginia Occidental), Tim Johnson (Dakota del Sur) o Tom Harkin (Iowa) dejaron a la maquinaria republicana un camino electoral expedito en estados conservadores, bloqueado hasta entonces sólo por el carisma personal de estos legisladores.

Cada vez más, los senadores republicanos de estados “rojos” son invencibles en sus puestos y sólo la competencia interna en las primarias amenaza con moverles sus sillas

Más aún, todos los intentos demócratas recientes por presentar a un candidato moderado capaz de desbancar a un senador republicano en estos estados hostiles han resultado en estrepitosos fracasos, a pesar de la logística y los recursos invertidos. A las derrotas este año de Alison Lundergan Grimes en Kentucky o de Michelle Nunn en Georgia, cabe sumar los infructuosos intentos de capturar escaños tradicionalmente republicanos en Arizona (2012) o Kentucky (2010).

Cada vez más, los senadores republicanos de estados “rojos” son invencibles en sus puestos y sólo la competencia interna en las primarias amenaza con moverles sus sillas. Basta comprobar la facilidad con la que este año se han sacado de encima a los aspirantes demócratas. Mientras las victorias de senadores demócratas por márgenes superiores al 60% se cuentan con los dedos de una mano, en el bando republicano se ha convertido en la tónica habitual. De hecho, varios de los republicanos para los que se pronosticaba “victoria ajustada” o “empate técnico” han logrado mejores números que los demócratas a los que se les preveía “victoria fácil”.

¿Temporal o definitivo?

Como la propia historia que hemos ido repasando nos demuestra, ninguna situación es definitiva en el mapa político estadounidense. Sin embargo, la deriva en la que la presidencia de Obama ha inmerso al Senado señala una tendencia preocupante.

El sistema de “checks and balances” de EEUU siempre ha tenido en el Senado un puntal fundamental. Con su elección a nivel estatal, el Senado ofrecía más oportunidades para desafiar la tendencia dominante y elegir a representantes de un partido en entornos habitualmente hostiles para el mismo. En consecuencia, daba más margen para la elección de moderados capaces de llegar a acuerdos transversales y, lo que es más importante, a que esa templanza fuese recompensada electoralmente.

En la Cámara de Representantes, por el contrario, el progresivo proceso de perversión del mapa electoral para la Cámara, además, ha acentuado el llamado “gerrymandering”, la configuración de los distritos sobre el mapa de tal forma que la mayoría electoral esté predestinada de antemano, dejando poco margen para la sorpresa. Ante estas composiciones sociales uniformes, la verdadera lucha está en las primarias del partido dominante, fomentando la elección de candidatos más radicales y puristas.

Por la evolución de los últimos años, parece que existe el riesgo de que el Senado corra un destino similar al de la Cámara. Ante las expectativas de bloqueo sistemático, Obama ha emprendido la peligrosa senda de legislar al margen del Congreso, mientras la prensa de análisis pone el foco sobre los pocos senadores moderados supervivientes para animarles a liderar las posibilidades de entendimiento.

2015 comenzará con un Senado mucho más polarizado que de costumbre en torno a la figura del Presidente. Y estará en manos de Obama invertir esta tendencia o, por el contrario, dejar como legado una mayoría republicana inamovible.

Imagen destacada: Pete Souza | The White House