Aunque nadie lo sepa

Muchas veces, la música española es asociada de forma indefectible con el concepto que en el extranjero se tiene de la sociedad castellana. Simple, ramplona, superficial. Lamentablemente, el prejuicio acierta casi de lleno en esta concepción. Casi de lleno porque del grandísimo volumen de artistas que España produce, un enorme porcentaje se adecúa a estas características con un apego casi insolente. Echando la mirada atrás, las cosas cambian ligeramente, aunque todavía no tanto como muchos desearían. A pesar de todo esto, las excepciones siempre han confirmado la regla, y un pequeño grupo de desdeñados músicos elevaron por un instante el guión de la producción nacional para diferenciarse del resto durante los años ochenta.

Antonio Vega y Enrique Urquijo, dos caminos encharcados con el mismo destino (Foto: Divaldia).

Antonio Vega y Enrique Urquijo, dos caminos encharcados con el mismo destino (Foto: Divaldia).

Entre ellos se hallaban Antonio Vega, Extremoduro, Paco Clavel, Burning, Joaquín Sabina, Gabinete Cagliari, Barricada, Alaska y Dinarama, La Mode, Golpes Bajos… incluso se podría decir que Loquillo y El Último de la Fila podrían pertenecer a este selecto grupo, a pesar de ser algo posteriores. Como miembros más representativos en esta irrepetible constelación se erigían Los Secretos, liderados por la mirada más triste de la música española: Enrique Urquijo.

Enrique era un hombre solitario y desesperanzado. Formó Los Secretos junto a sus hermanos Álvaro (quien actualmente continúa liderando al grupo) y Javier, además del batería José Enrique Cano, más conocido como Canito, quien fallecería apenas dos años después de la formación de la banda señalando el comienzo de una serie de trágicos acontecimientos. Y es que la vida de Enrique Urquijo no fue más que una densa justificación de su perpetuamente desolado estado de ánimo.

Te he echado de menos hoy, exactamente igual que ayer

Pocos parecen reconocer a Los Secretos como lo que realmente han sido. La mayor parte de su séquito de fans los siguen todavía por el éxito de sus dos primeros álbumes, el homónimo Los Secretos y Todo sigue igual. A pesar de ello, es lícito afirmar que su verdadera historia y su identidad comenzaron a construirse nada más dejar atrás a esos dos trabajos. En ese momento, Enrique Urquijo tomó realmente las riendas de la banda, convirtiéndola de facto en el sumidero de su desolación, y cargando, dramáticamente, a Los Secretos con una tristeza inconsolable.

El gran y mayor pecado de Enrique fue el mismo durante toda su vida. Era un romántico empedernido. Conoció a Eloísa García Moreno, una chica de 17 años, cuando apenas arrancaba con Tos, el grupo original que daría lugar a Los Secretos. Durante años, mantuvieron una relación secreta a expensas de lo que el padre de la chica, un psiquiatra ultraconservador, pensaba de dicha unión. Finalmente, su romance fue descubierto, siendo Eloísa recluida por su progenitor y apartada bruscamente del lado de Enrique. Desde la dramática separación, el corazón de este músico ingobernable sólo pudo ser llenado por el whisky, la cocaína y el dolor.

Su alma, apasionada e incorregible (Foto: ABC).

Su alma, apasionada e incorregible (Foto: ABC).

Como su hermano y confidente Álvaro confesaría años después de la muerte de Enrique, Eloísa fue su primer y gran amor, además de la justificación que siempre expuso para dar sentido a su intrínseca tristeza. Sumido en el consumo de las drogas y escribiendo canciones rotas en bares apartados, siempre solitario, el mediano de los Urquijo fue consolidándose como una de las figuras más influyentes del country-rock español, introduciendo, de hecho, este género en la música nacional. Su habitual imagen desaliñada y el amargo y roído sonido de su voz lo convertían en un misterioso y vagabundo corazón roto.

La discografía de Los Secretos entre las décadas de los 80 y 90 son un transparente reflejo de las fases emocionales que atravesó Enrique a lo largo de los últimos años de su corta vida. Dentro del disco Continuará se incluyó “No digas que no”, uno de los temas más representativos de ello. Con la ruptura todavía reciente, Enrique lloraba: “Nunca se recibe sin dar nada a cambio, yo daría mi vida por dormir en tus brazos, no digas que no, no soy un extraño. No puedo volver, y estoy tan cansado…”

Hoy la vi, ha llovido quince años que sobreviví

Los Secretos se alzaban en el panorama musical español y Enrique proseguía con su hundimiento personal. En uno de sus trabajos más clásicos, como es La calle del olvido, mantenía el tono desarraigado de su producción previa. En el tema homónimo del disco, Urquijo se desconsolaba diciendo: “Por la calle del olvido, vagan tu sombra y la mía, cada una en una acera, por las cosas de la vida…”. La imagen de Eloísa se disipaba en el más cruel horizonte, pero su persistente memoria y su incurable romanticismo lo obligaban a seguir recordándola como un millón de balas atravesando su pecho.

Su pequeña María, última luz en un túnel eterno (Foto: Hoy).

Su pequeña María, última luz en un túnel eterno (Foto: Hoy).

Con el comienzo de una nueva década, un fugaz rayo de luz logró posarse sobre la vida de tan desdichado y enamorado músico. Fruto de la relación que lo unió con Almudena Navarro Barrio, nació su segundo y definitivo amor, su hija María. Por primera vez en su corta carrera musical, la producción de Enrique se dividía en dos vertientes. La paz que le brindó la llegada de su hija se ve claramente reflejada en la evolución de la discografía de Los Secretos, con la aparición del trabajo Adiós tristeza.

A pesar de ello, la soledad de Enrique, alejado de su hija y con la persistencia de su roto corazón, jamás logró desaparecer. En su última etapa diversificó su actividad musical, mezclando su papel en Los Secretos con su liderazgo en Los Problemas. Con éstos últimos escribió algunas de sus últimas lágrimas. “Aunque tú no lo sepas” (escrita por su amigo Quique González para él), “Hoy no” o “Sólo pienso en ti” fueron algunas de las últimas odas a su amor de juventud perdido. Su único amor.

Ya no persigo sueños rotos, los he cosido con el hilo de tus ojos

Enrique Urquijo falleció el 17 de noviembre de 1999, a la temprana edad de 39 años, y lo hizo de la misma manera en que vivió. En el portal número 23 de la calle Espíritu Santo, en el barrio madrileño de Malasaña. Sobredosis de cocaína y alcohol. Su tristeza no podía tener otro final. Sin embargo, sí dejó una última pieza para el puzzle de su llanto desesperado. “Hoy la vi” es el último recuerdo de Eloísa, y fue incluido en el álbum Pero a tu lado que Los Secretos hicieron como homenaje a su figura. En ella se narra un hipotético encuentro entre los dos enamorados 16 años después de la última vez. El sueño de un reencuentro que jamás se produjo y por el que Enrique siempre lloró.

Tras él, innumerables acordes de desamor y varias delicias dedicadas a su más preciado y único motivo de orgullo: su hija María. Emblemas como “Pero a tu lado” y “Agarrate a mí, María” fueron escritos en nombre de la pequeña, que ocupó una mitad de su maltrecho corazón durante sus cinco últimos años de vida. Para ella cantó: “He muerto y he resucitado, con mis cenizas, un árbol he plantado. Su fruto ha dado, y desde hoy, algo ha empezado…” Y es que Enrique Urquijo fue incorregible. Ni él mismo pudo salvarse. Bebiendo, sufriendo, tronando en su interior.

Su hermano Álvaro logró, tras su muerte, resucitar a Los Secretos como su más sincero “gracias”. A día de hoy, este pequeño grupo formado a finales de la década de los 70 y circundado por una eterna tristeza, sigue deleitando a la música española con su descorazonado sufrimiento. Enrique Urquijo nunca quiso olvidar a Eloísa porque la belleza de lo sentido le parecía gozar de tal magnitud que resultaba insultante tratar de apartarla de su recuerdo. Porque, en sus propias palabras, “yo creía que sabía, y nunca aprendí, que si ahora estoy así es porque hoy la vi”.