Cara a cara: ¿Deben las instituciones fomentar el voto?

La decisión de la Junta Electoral de prohibir que las instituciones europeas hagan campaña a favor del voto ha reabierto una vieja discusión a tan solo unos días para las elecciones comunitarias del 25-M. España es el único país de la UE en el que no pueden fomentar la participación, pues la Ley Electoral protege el derecho a la abstención. ¿Se trata de una honrosa excepción o un atraso más en nuestra convergencia con las democracias más avanzadas del continente? El debate está servido.

El cartel prohibido por la Junta Electoral / El Mundo

El cartel prohibido por la Junta Electoral / El Mundo

En contra: Marcos Lema.

Querido Adrián, voy a empezar siendo benevolente. Tú y yo, que somos dos estudiantes top de ciencias políticas -o al menos lo intentamos-, sabemos muy bien que si las instituciones europeas anduviesen fomentando el voto por las esquinas estarían cometiendo una flagrante ilegalidad, pues la Ley Orgánica de Régimen Electoral General (LOREG) lo prohíbe expresamente en su artículo 50.1. Para saltarse las reglas del juego ya está Artur Mas -que diría Rajoy-, así que mejor dejemos a un lado los aspectos jurídicos, no vaya a ser que los partidarios de la democracia por decreto os quedéis sin argumentos tan pronto.

Aceptemos, pues, que hay debate. Aceptemos que los dos grandes partidos van a hacerse un harakiri y reformar el sistema que los beneficia por una nimiedad -o al menos así la consideran ellos- como la que estamos discutiendo. En ese probabilísimo caso, el argumento legal te daría la razón a ti, algo que la ética más elemental jamás podrá hacer. ¿Por qué? Te lo voy a explicar con un ejemplo.

Animar a votar es, de facto, lo mismo que obligar a hacerlo

Cuando no hago lo que él me “invita” a hacer, mi padre me suelta una muletilla infame, de apariencia inofensiva, pero que acaba determinando mi futuro como la más catastrófica de las predicciones. El “fai o que queiras” suena a resignación, mas es toda una amenaza. Aunque no te lo creas, con lo que tú propones sucede exactamente lo mismo. Por mucho que os queráis ocultar bajo la máscara de la libertad, animar a votar es, de facto, igual que obligar a hacerlo, pues los ciudadanos se sienten coaccionados por las instituciones públicas. Padre únicamente tenemos uno, así que mejor dejadnos ser mayores de edad, aunque solo sea para abstenernos de coacciones estatales.

Pero para que no digas que me dejo llevar por una ética de andar por casa, también te he preparado un argumento pragmático. Sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo contigo en que el objetivo de todos los demócratas es que la participación sea lo más elevada posible, así que si no eres un impostor y el tuyo también lo es -que no lo dudo-, deberías defender la neutralidad de las instituciones en este asunto. Acudir a las urnas es para la ciudadanía como para un adolescente ordenar su habitación: basta que se lo manden para que no lo haga.

Prefiero ser un mal demócrata antes que
un ciudadano ejemplarmente hipócrita

Ahora que ya sabemos de qué pie cojea cada uno tengo que confesarte una cosa: no voy a ir a votar. Siento de todo corazón no participar en la fiesta de la democracia, igualándome a esos malos ciudadanos que después de misa de doce se van a tomar unas cañas en vez de brindar por el sistema. Te dejo que me mires por encima del hombro, pero sin gente como yo las elecciones no serían legítimas, pues tu sufragio convencido valdría lo mismo que el de miles de máquinas programadas por el Estado para meter una papeleta en una urna. Que me vaya de viaje, esté en contra del decimonónico voto por correo y no tenga ningún partido que me represente son solo anécdotas para excusarme ante ti y ante la sociedad, pero aun así pienso ejercer un derecho que ningún propagandista me podrá arrebatar: el derecho a abstenerme. Prefiero ser un mal demócrata antes que un ciudadano ejemplarmente hipócrita.

 

A favor: Adrián G. Placer

Gracias, Marcos, en primer lugar por tu “benevolencia”. Me alegro de que estemos de acuerdo en dejar de lado los aspectos legales, aunque no lo haré sin antes mencionar que es la ley la que recibe su legitimidad de la democracia, y no al revés. Las leyes han de adaptarse a la realidad, y no viceversa. La abstención en cierta medida es sana, pero hablamos de un problema que nos afecta a todos y de unas dimensiones abrumadoras. En las sucesivas elecciones al Parlamento Europeo, España cada vez ha participado menos, llegando al extremo de que en las dos últimas elecciones la mitad del censo (45% y 49%) ha elegido a un órgano que afecta al 100% de los ciudadanos.

El Estado no quiere obligarnos, de ahí que el voto sea un derecho y no una obligación ni de iure ni de facto. ¿Qué letra de la palabra Vota añadida a un eslogan es la que más viola o dificulta el derecho a la abstención de los ciudadanos? Nadie sacará los tanques a la calle y  hará desfilar a los ciudadanos hacia las urnas. Precisamente la implicación y la participación de la sociedad en los regímenes políticos es la que ha logrado que eso acabe y ha sido mediante la organización.

El voto es un derecho, no una obligación ni de iure ni de facto

A mayores, los ciudadanos no se sienten coaccionados a votar cuando no participa más del 40% de los mismos. No se trata de convertirlos en héroes de la insurrección civil ni enemigos de la democracia, simplemente son lo que son; personas que no se organizan conjuntamente y que por desgracia verán cómo los demás deciden por ellos.

Me pregunto entonces, Marcos, ¿si ambos creemos que la participación es lo deseable, por qué no perseguimos que esta aumente? Sucede que nos encontramos ante una paradoja; sabemos lo que queremos y lo que resulta positivo para todos, pero nuestra ley nos impide remar en esa dirección. Día a día vemos miles de anuncios que nos dicen lo que debemos hacer en nuestra vida, qué coche comprar o cómo vestir y parece no sorprendernos. Sin embargo, curiosamente nos pasma que el Estado busque que nos interesemos por votar y tomemos nuestras propias decisiones.

Podemos criticar este sistema, pero nos guste o no, para cambiarlo o mantenerlo hay que moverse dentro de él. No seré yo quien se quede tu trozo del pastel, pero ten por seguro que habrá alguien que lo haga si no peleas tú por él. Si no defiendes tus intereses, nadie los tendrá en cuenta, ¿serás realmente libre dejando que los demás decidan por ti?

El fin de la adolescencia llega, y con él la hora de tomar decisiones

A nadie le gusta recibir órdenes de sus padres, y es por eso que llegados los 18 años el Estado te deja hacer con tu vida lo que quieras. Como diría Frank Underwood, “if you dont like how the table is set, turn over the table”. Si no te gusta ni el sistema ni que te dirijan, vota para cambiarlo. No te miraré ni por encima ni por debajo, sino como a un igual al que espero que mis argumentos hagan bajar de su pedestal de rebeldía moral. Y esto es un consejo, no una obligación. El fin de la adolescencia llega, y con él la hora de tomar decisiones y no dejar que los demás las tomen por ti.