Segunda vuelta

Hace casi un año comparaba a Erdogan con Rajoy, y me preguntaba quién de los dos ganaría en una hipotética lucha por el premio al peor gobernante. La victoria sigue siendo para el primero. Pero la lucha se ha complicado, y como mínimo ha adquirido nuevos matices.

Incluso llego a preguntarme si esta comparación ya no sea adecuada, algo así como lo de comparar peras con manzanas. No es lo mismo Rajoy con las protestas de Rodea el Congreso, el caso Bárcenas, la Ley Wert y la Ley Gallardón o aquella masacre en RTVE nada más llegar a La Moncloa que con Erdogan y las protestas en la Plaza Taksim, las escuchas (ilegales, eso sí) que lo implican a él y a sus hijos en casos de corrupción, las violaciones contra los derechos de los kurdos y estudiantes y su sistemática indiferencia ante el derecho a la libertad de expresión.

Rajoy, pese a que cada vez parece más peligrosamente cerca de Erdogan, ya no juega en su misma liga. El primer ministro turco ha subido, y ahora juega en la Segunda B de los malos. Por simplificar. Eso no quita mi miedo a que nuestro presidente, en el fondo, envidia a su contrapartida al otro lado del Mediterráneo; su arrojo y a su decisión. Si las instituciones españolas fuesen tan débiles como las turcas, tiemblo al imaginarme lo que haría el gallego con su estandarte de la mayoría absoluta.

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El caso es que Erdogan ha cruzado una línea peligrosa. Si bien es obvio que la prohibición es tan inútil como simbólica (sólo es necesario cambiar los DNS en el ordenador o descargarse un app en el caso de los smartphones), supone su jugada más clara a ojos internacionales contra la libertad de expresión, que lleva ignorando sistemáticamente -y sin sonrojarse- desde que comenzó su primera legislatura hace más de once años, en el 2003.

Desde aquel entonces, el primer ministro se ha ido construyendo con una disciplina intachable su imagen de censor. Incluso ha llegado a presumir de ello, como cuando declaró en un mitin electoral hace unos días: “arrancaremos de raíz Twitter y demás redes. No me importa lo que la comunidad internacional pueda decir”.

“Desde los eventos de Taksim se ha convertido en algo que Turquía llevaba tiempo temiendo: un dictador suave”.

Hasta hace menos de un año (aunque cada vez con menos efectividad), sus actos habían conseguido ser maquillados por su equipo y defensores lo suficiente como para que fuera visto como un padre cariñoso y tradicional, aunque a veces pecase de sobreprotector. Sin embargo, desde los eventos de Taksim se ha convertido en algo que Turquía llevaba tiempo temiendo: un dictador suave. Después del remanso de paz, por llamarlo de alguna manera, que supuso para el país la década de los 90 y principios del milenio, Erdogan se ha acabado erigiendo en los últimos años como un metafórico punto de inflexión, prácticamente en un cambio de sentido que está obligando al país a remontar en sus pasos y regresar a tiempos más retrógrados. Antes se creía que sus decisiones más alejadas del centro eran un guiño al partido neo-otomano, en un intento por consolidar el voto de los sectores más conservadores. Ahora está claro que en realidad es una decisión propia y totalmente independiente de la búsqueda de alianzas políticas.

Su obsesión por controlar hasta el más pequeño de los detalles de la República islámica levantaron las alarmas de los más precavidos desde el principio, sin embargo la alarma comenzó a sonar el verano pasado durante las revueltas de Taksim en Estambul, cuya propagación por el resto del del país, especialmente la mitad occidental (Esmirna, Ankara, Eskisehir, etc) fue tan violenta y espontánea que dejó tambaleando al primer ministro, aunque no dudó en emplear toda la fuerza necesaria para detenerlas.

Será interesante ver cómo esta escalada, desde su gestión en las revueltas en Taksim hasta la prohibición de twitter, afectará a las negociaciones entre la UE y Turquía en sus planes de anexión a la Unión, cada vez más en el aire. Sea como sea, Turquía puede jugar un papel clave en el pulso entre Occidente y Rusia, donde la Bruselas y Washington cuentan a su favor, como expresó Charles Tannok en un violento editorial en El País hace unos días, con la ventaja de poder cerrar los Dardanelos a cualquier navío ruso. Una de las últimas opciones que la Unión Europea o EEUU infligirían a Rusia en caso de que la escalada de sanciones siguiese su curso actual.

Lo que está claro es que las reuniones del Partido Popular Europeo, ahora que las Elecciones europeas están al caer, van a estar repletas de silencios incómodos y de asesores devanándose los sesos por ver cómo camuflar la cada vez más radicalizada derecha europea.

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