La venganza de Don Gallardón

El salón de plenos del Congreso de los Diputados presentaba poco más de media entrada, como un partido mediocre de fase de grupos donde lo que se trata es de cumplir el trámite de llevarse a casa los tres puntos. Y poco más. El banquillo azul –allí donde se aposentan sus señorías del Gobierno— vacío durante la mayor parte de la sesión. Jugaban los reservas. Primero, la jurisdicción universal. Un cuento chino. Después, los diputados prepararon su Twitter antes que el voto para comprobar cuántas diaclasas había en el berrocal popular respecto de la ley del aborto. Y allí apareció Gallardón con ínfulas de Pavía sin caballo –en realidad nunca hubo tal— para cerciorarse de las filas prietas con la sonrisa trabada en modo Wert. En el hemiciclo pareció darse la representación de La venganza de Don Mendo. Cuando vieron al ministro y palmeros llegar: «henos aquí los de Pravia». Y llegaron. Y votaron. Y se vengaron de la moción socialista.

Posadas acertó a terminar de enunciarlo: 183 veces no al no a la ley del aborto. Para ocasiones así, hubiese estado bien recuperar el decibelímetro que empleaba el periodista y físico Miguel Ángel Aguilar para medir el nivel exaltación de los antiguos procuradores franquistas según lo sonoro de sus aplausos, cuyas marcas más altas solían coincidir con frases de exaltación al Caudillo y a la Patria. Hubiésemos comprobado si de los aplausos de Villalobos emanaba el ardor de la victoria parlamentaria o la sensación de haber cumplido con el deber —casi castrense— de la disciplina de partido. Una unión «que no es real», ha dicho la exministra. Eso sí, ir contra lo que diga el PSOE «une muchísimo». Comportamientos como los de Villalbos dan razón a quienes piensan que esto del parlamentarismo es, como dice el astracán de Muñoz Seca, «un juego vil/ que no hay que jugarlo a ciegas/ pues juegas cien veces, mil/ y de las mil, ves febril/ que o te pasas o no llegas».