Occupy Taksim

Puede que de hace unos años para aquí se nos antoje que el mundo entero esté en pie de guerra, como si un dragón milenario hubiera estado entretenido en un letargo infinito y, de repente, despertase con muchas ganas de vivir y, sobre todo de protestar, de quemar todo aquello que se ha hecho mal en su ausencia. Lo hemos podido comprobar, por un lado, en la gestación de movimientos ciudadanos de protesta al calor del rechazo de las políticas económicas que han fraguado una crisis financiera cuyo yugo todavía corta la respiración: el 15M español, el Occupy Wall Street americano… Por otro, hemos sido testigos de las importantes revoluciones que se han sucedido en los países de Oriente Medio, que han recibido la denominación de Primavera Árabe. Y ahora, los últimos en probar la actitud guerrillera de una población volcada en la lucha por la justicia social, han sido Turquía y Brasil, que en este verano fueron objeto de grandes levantamientos y protestas multitudinarias. Pero lo más curioso de estos dos países es la similitud evidente que existe en el nacimiento de los movimientos revolucionarios, así como en la errónea y salvaje manera en que sus gobiernos los han combatido.

TURQUÍA: EL FINAL DE LA PACIENCIA

En el Estado Turco no hizo falta más que la proposición de un plan urbanístico por parte del primer ministro Recep Tayyip Erdogan, líder del AKP (Partido de la Justicia y del Desarrollo) para que estallara la indignación de la sociedad turca, convirtiendo lo que en un principio era una protesta medioambiental en la mayor revuelta antigubernamental en Turquía desde la época kemalista.

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La famosa mujer de rojo, símbolo de las revueltas turcas. El País

Política y religión: Atatürk, Grbakan y Erdogan

Tras la época del Imperio Otomano, el modernismo en Turquía entró de la mano de Mustafa Kemal Atatürk, quien fundó la República Turca en 1923, mostrando la bandera del laicismo como principal credo político. Pero los kemalistas llevaron a cabo un gobierno “por el pueblo, a pesar del pueblo”, generando una represión estricta hacia los kurdos y los musulmanes practicantes, ya que entendían que debía existir una ausencia total de religión. De esta manera, fueron sofocando cualquier tipo de manifestación religiosa que intentara asomar la cabeza. Dada esta intransigencia, los kurdos decidieron tomar la vía más violenta e iniciaron una guerra terrorista, solidificada en el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), contra la República. En cambio, los musulmanes practicantes optaron por la opción pacífica de aspirar a tener un gobierno islámico o, en su defecto, un gobierno democrático que les permitiera profesar su religión libremente.

La consecuencia del vacío religioso que se creó en una Turquía dominada por los kemalistas, fue la entrada de las ideas islamistas radicales de Oriente Medio, que comenzaron a calar hondo en el país.

Así, nació una corriente islamista radical paralela al laicismo del gobierno. Este nuevo movimiento islamista político encontró su primer líder en Necmettin Grbakan y contenía fuertes matices antioccidentales y antilaicistas (incluso algo de antisemitismo). Pero fracasó en su intento violento de conquistar el poder, lo que llevo al movimiento a rebajar el extremismo que habían enseñado al mundo. De esta forma nace, en 2001, el AKP, bajo la mano de Erdogan, incidiendo enormemente en que abandonaban la línea islamista radical y que apostaban por la libertad religiosa y la aceptación del pensamiento occidental. En noviembre de 2002, esta formación ganó el 34`3 % de los votos y una mayoría clara en el parlamento. Erdogan emprendió reformas liberales, pidió la admisión de Turquía en la UE e impulsó una dinámica de prosperidad económica que llevó al país a situarse como novena potencia mundial. Dadas estas premisas, ¿qué problema tiene la población con un gobierno tan eficaz? ¿Cuál es la realidad que se esconde tras la cara amable de un partido con raíces islámicas radicales?

La vuelta de Erdogan a la radicalización islámica. Democracia entre comillas

El AKP decía haber abandonar su lado más radical, pero Erdogan volvió a recuperarlo, intentando democratizar Turquía bajo los preceptos del islam, cometiendo gran cantidad de negligencias democráticas que el pueblo sufría en silencio, puede que aún aferrado a ese modelo AKP que prometía un islamismo de Estado controlado. Pero Erdogan perdió el control. Se sucedieron los arrestos a periodistas e intelectuales (cuando no asesinatos, como el del periodista Hrant Dink), se condenaba la blasfemia de escritores y humoristas que pretendían mostrar la cruda realidad de un gobierno falso, se volvían a apreciar brotes de antisemitismo, los kurdos y otras minorías fueron de nuevo objeto de represiones, la idea de integrarse en la UE y comenzar un proceso de “occidentalización” atraía cada vez menos al primer ministro turco; el rechazo constante a la herencia de la época kemalista, todo un referente de apertura turca y de lucha por la modernidad en el país…

Erdogan, ese líder tan afable y recomendable para Turquía, que había conseguido ser la envidia de todo país musulmán y el orgullo de todo portavoz internacional, no era más que una sombra de sus antepasados políticos.

La mecha que incendió Turquía. El efecto mariposa que dio voz a los turcos

50 personas se manifiestan en el parque Gezi, situado en la plaza Taksim, en la ciudad de Estambul. ¿El motivo? El Gobierno propone un plan urbanístico con el objetivo de destruir el parque para levantar un cuartel militar histórico de la época otomana, un centro comercial y una mezquita. Cada vez, la reivindicación fue aumentando en número y se asentó una acampada en el parque, a modo de protesta pacífica. Pero, a veces, parece que el pacifismo sólo es cosa de manifestantes y no de gobierno, que a toda amenaza ideológica sólo sabe hacer frente con violencia (debe ser que son conscientes de la debilidad de sus ideas frente a la fortaleza de quién se le enfrenta). Así, el viernes 31 de mayo, se procedió a desalojar la acampada con una represión policial espectacular. Todos aquellos que éramos testigos a través de los medios de comunicación (o más bien a través de las redes sociales) de la violencia ejercida por las autoridades, no podíamos sino asustarnos y preguntarnos cómo una democracia en nuestros tiempos puede acoger este tipo de actitudes. Una vez más, la máscara democrática de Erdogan se desmoronaba, dejando a plena luz la radicalización de su postura y su forma de dirigir el país. Hubo cañones de agua y gases lacrimógenos. Hubo pulverizadores a presión de gas pimienta que no entendían de edades ni profesiones. Hubo heridos. Hubo personas hospitalizadas, cuyas cifras bailaban según la boca que las publicara.

El País - gases larimógenos

Manifestantes que sufrieron las consecuencias del gas lacrimógeno. El País.

La sangrienta y más que excesiva reacción policial fue lo que convirtió la defensa de un parque de Estambul en una revolución

La sangrienta y más que excesiva reacción policial fue lo que convirtió la defensa de un parque de Estambul en una revolución, en el levantamiento de toda una sociedad en contra de un autoritarismo que rayaba en la obviedad, en la ruptura de un silencio que llevaba cocinando demasiado tiempo una fracción social turca laica, joven, formada y con aspiraciones occidentales. Comenzaron siendo 50 personas, pero pasaron a crear una acampada con 3000 tiendas de campaña, convirtiendo al Parque Gezi en su símbolo de lucha, de resistencia, de ocupación, de libertad, de justicia. A los manifestantes se les unieron diputados de la oposición, escritores, artistas e intelectuales. Todos contra Erdogan. Todos contra una dictadura que se había disfrazado de niña buena.

Las razones de las protestas iban en aumento. Al intento de frenar el plan urbanístico se le sumaron las quejas sobre los atentado en Reyhanli (sur de Turquía), donde 52 personas murieron y las autoridades barrieron la culpa debajo de la alfombra de un grupo leal al gobierno sirio; el rechazo a la ley contra el alcohol recién aprobada por el AKP… En definitiva, la clara oposición de la sociedad a que Erdogan reislamizara Turquía. Ya era suficiente.

8 de julio - El País. Manifestante

Manifestante en las protestas del 8 de julio. El País

“Pueden hacer lo que quieran (los manifestantes). Nuestra decisión está tomada y seguiremos adelante”, decía el primer ministro. Pero la población no se amedrentó. Por el contrario, comenzaron a generarse manifestaciones de apoyo por todo el país. Estambul, Ankara, Izmir, Adana, Bursa…Todas estas ciudades vieron florecer en las calles gritos de “Resistencia por el Parque Gezi” (DirenGeziParki), frase convertida en Trending Topic global.

Erdogan veía impotente cómo el poder se le escapaba de las manos y decidió dar un ultimátum. “Lo digo abiertamente. Si mañana el parque no está vacío, las fuerzas de seguridad lo vaciarán. Este Estado no es vuestro juguete”, dijo en un mitin en Ankara.

mitin de erdogan a las afueras de estambul - el pais

Erdogan, en un mitin a las afueras de Estambul. El País

Dicho y hecho. Al día siguiente, las excavadoras se llevaban todo por delante, destrozaban tiendas de campaña y todo el origen de una rebelión. Hubo 5000 heridos y 4 fallecidos. De nuevo la violencia a flor de piel, denunciada por organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch, que pedían que “se investigasen supuestos abusos”.

Y, poco a poco, las protestas comenzaron a dar sus frutos. El primer ministro aseguró que no emprendería la reurbanización que implica la destrucción del parque hasta que los jueces determinen si ese proyecto es legal. También aseguró que, en cualquier caso, se realizará un referéndum. Pero, lo más increíble que consiguieron las protestas turcas fue dar la vuelta al mundo, internacionalizar su conflicto.

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La ya llamada por algunos medios Primavera Turca cruzó las fronteras hasta convertirse en una causa que unió a millones de personas conectadas a través de la gran familia que acogen las redes sociales. Facebook y Twitter fueron las plataformas que hicieron posible la multiplicación de la difusíon hasta el infinito de una revolución que no conoció el miedo. Manifestantes que no se doblegaron ante las dificultades de ejercer la libertad de expresión en un país donde callar puede que sea la opción más segura. Población que no abandonó sus ideas a pesar de tener que enfrentarse a chorros de agua que empujaban, pimienta que ardía, gases que infectaban… Personas que decidieron alzar al viento su grito de ¡basta! para dejarle claro a su gobierno que ya había jugado bastante con sus derechos, que ya habían mancillado lo suficiente el término democracia, que ya valía de tanta hipocresía y tanta represión.

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Manifestante ondeando la bandera turca. Google Images

No es posible hablar con seguridad del futuro que le aguarda a Turquía, pero es para todos conocido el hecho de que algo ha cambiado, algo ha despertado. Ese dragón milenario ha demostrado de lo que es capaz y esperemos que ahora consiga mantener su fuerza y unidad para conseguir esos objetivos tan lógicos que defiende.