Lo maté de madrugada

Aquí sólo estamos el frío de Central Park, Holden y yo. Hace demasiado frío para un hombre que ha pasado tanto tiempo en Hawaii; el viento es tan gélido que no puedo sentir las tapas del libro que sostengo entre las manos. Llevo tres días sin poder dormir bien; el hotel donde paso las noches, cerca de la calle 63, es demasiado ruidoso para un hombre con mi insomnio. Parejas de homosexuales se reúnen para acostarse en la habitación contigua: sus gritos de placer frustran cualquiera de mis duermevelas. Los ojos se me caen a cada paso; apenas logro entrever nada a través de las gafas.

Soy un hombre anónimo rodeado de hipócritas y de farsantes. Papá era uno de ellos: se creía grande y poderoso cuando llegaba borracho de madrugada y nos golpeaba a mí y a Mamá hasta que la sangre le ensuciaba los nudillos… Míralos, vagando sin rumbo ni sentido, rezando a dioses paganos. Yo mismo los haría pedazos por tanta herejía, por tanto engaño; a veces temo ser demasiado vulnerable, y temo que me atrapen con su dolor, sus mentiras, su falsedad. Si me escucharan por un momento, si su atención fuese tan incondicional como la de la gente pequeña de mi estantería… Pero no, no temen a Dios, no temen Su Juicio, y algún día pagarán con su muerte sus pecados: pero hoy no es ese día. Holden lo sabe; yo lo sé.

Hoy no luce el sol, y sin embargo el edifico Dakota parece forjado entero de luz, como si lo hubiesen sacado de la pelícua de El Mago de Oz; su fachada entera parece un espejo de la ciudad, un homenaje a la victoria del hombre sobre el cielo. Como en estos tres últimos días, hay más de una veintena de personas parapetadas en sus puertas, esperando y esperando a que el pálido ídolo emerja como una epifanía. ¿A quién no le gusta el rock ‘n’ roll? Yo…yo mismo he disfrutado de ese sonido hipnótico algunas tardes con Mamá. Recuerdo la primera vez que escuhé el Help! como si fuese ayer. Ayudáme si puedes, oh Dios, me siento deprimido… 

Llevo tres días esperando mi oportunidad para conseguirlo. He estado cargando con el Double Fantasy a la espera de que el pálido ídolo se atreviese a dar la cara. John. John. John…Su ausencia se prolonga por semanas, según dicen los botones del Dakota. “No sabemos cuándo viene o cuándo se va”, y las jóvenes se inquietan entre sus abrigos de poliéster. Pero yo sé que hoy es el día:  sé que está aquí, pude sentirlo en cuanto me levanté esta mañana. Por eso dejé cuanto me identifica en la habitación del hotel: mi pasaporte, mi carta de recomendación, mis fotografías más íntimas…Hace demasiado frío. Me meto las manos en los bolsillos para calentarlas un poco, pero el revólver está tan frío como Nueva York, como Holden, como yo mismo.

El edificio Dakota, donde sabía que sería

Gloria no sabe que estoy en Nueva York. Se cree que he ido al terapetua, se cree que aún puedo curarme. No se da cuenta de que el problema no es mío, sino de todos los hipócritas que hay en este planeta decadente y venenoso. Gloria… La quise desde el aquel primer día del periplo mundial. Estaba atendiendo en su oficina de viajes, y con ella vinieron Tokio, Hong Kong, París, Seúl… Yo amo tanto la manera que tiene de apoyarme, cómo me acaricia la barriga por la noche, como si me perdonase cada vez que la defraudo…La voy a echar mucho de menos a partir de mañana. Pero hoy es necesario que complete la misión. Gloria, amor, en el corazón te llevo a sangre firme, a fuego eterno.

Jude y Jerry están de pie, junto a la puerta del edificio. Son fans como yo, como Holden, que buscan desesperadamente un autógrafo del genio británico. Apenas los conozco; he hablado con ellos un par de veces, sin referir el motivo real de mi viaje a Nueva York. Es casi la hora de comer, pero yo no tengo hambre; puedo aguantar mucho tiempo sin comer porque estoy especialmente gordo. Nunca me gustó el deporte; recuerdo las palizas que me dieron mis compañeros de colegio por ser tan mal deportista. Recuerdo la marginación y mis lágrimas, y luegos las drogas, las resacas, las faltas en clase. Por suerte encontré a Dios a tiempo; y conocí a Holden, que me enseñó la verdad de este podrido mundo.

Se ha hecho de noche en Central Park; he esperado durante todo el día, y no me pienso ir todavía. Sé que hoy es el día, sé que tiene que venir: lo dicta el evangelio según san John. Hago tiempo leyendo este libro, mi confesión personal, mi debilidad última. Apenas puedo ver nada entre el sueño y la oscuridad; voy pasando páginas que ya he leído muchas veces, y Holden las vive una y otra vez para mí, Holden de nuevo confesor y cómplice de mi formación como hombre de bien. El hojear me lleva de vuelta a la primera página. La editorial ha escrito El guardián entre el centeno con letras pomposas y fúnebres, como de una esquela. Al pie del título, leo lo que escribí al comprarlo esta mañana. Ésta es mi confesión. Subrayo la primera palabra, la enfatizo para que no quepan dudas. Lo he firmado como Holden Caulfield. Lo ha firmado Holden Caulfield.

Double Fantasy, el álbum que me firmó

¿Qué ocurre? Un grupo de gente se agolpa a la puerta del edificio… ¡Es él! ¡Ya viene! Intento guardar el libro en el bolsillo, y sin querer me golpeo el dedo contra la culata del revólver. Hago lo imposible para que no se me caiga el Double Fantasy al suelo y me voy acercando al gentío inclemente que recibe a su salvador. Inopinadamente  aparece  con su mujer, bajita y escuálida, como enferma de tuberculosis. Es más alto de lo que yo esperaba;  tras sus cristales oscuros, se adivina un conocimiento único, y su sonrisa, aunque forzada, destila euforia por el cerco de seguidores que le rodea. Se le ve cómodo entre todos sus adeptos. Me voy a aproximar, pero por un instante me mira; me atraviesa con sus ojos infinitos, con sus ojos de horizonte, y consigue que me paralice. No puedo mover ni una articulación, y el esfuerzo en seguir respirando es como una agonía. Pero Jerry me empuja hacia John y me anima a pedirle un autógrafo. De repente, me veo ante él como ante un gigante o ante un tótem al que venerar; poco a poco, acerco el álbum hacia su campo de visión, y él me atrapa otra vez en su mirada. Nos contemplamos cuatro, cinco segundos sin pestañear. Lo sabe. Sabe que vengo a matarlo. Sabe que no puede escapar, que no tiene opción. “¿Tienes un bolígrafo?”, me espeta. Le alcanzo mi pluma y estampa su nombre en la portada del álbum, y acto seguido se meta en la limusina, que desaparece rápido perdiéndose en las fauces de la ciudad. Yo me quedo de pie, atónito y boquiabierto, sosteniendo la pluma y el álbum y resistiendo el peso del libro y del revólver en el bolsillo.

No. No puedo haber perdido la oportunidad. ¡Es hoy; tiene que ser hoy! Otra vez vuelvo a fallar; mi vida ha sido un continuo fracaso desde que nací. No entiendo por qué frustraron mi intento de suicidio. Nada se hubiera perdido, salvo un montón de grasa apelmazada con varias dioptrías y con incipiente calvicie. No; me niego a aceptar que no lo vaya a lograr. Voy a esperar un poco, a ver si esta vez nada se me resiste.

Es muy tarde ya. Queda apenas una hora y media para que amanezca el sol entre las Torres Gemelas. He esperado en vano toda la noche, con Holden haciéndome compañía ¡Espera! Una limusina ha aparcado frente al edifico. ¡Son ellos, han vuelto! Me incorporo de la barandilla de gárgolas y espero a que Yoko pase primero; me ve entre las sombras, pero no me presta apenas atención. Avanza unos metros y vuelve la vista hacia el coche, donde su marido conversa con un hombre de traje. Entonces John sale del coche, y camina hacia el portal. No se le ve con miedo; sabe que hoy es su último día. Lo has ensayado mucho, Mark; no falles ahora. Le llamo “¡Eh, John!” pero el me da la espalda y sigue hacia la puerta. Saco el revólver; la mano me tiembla y el sudor me resbala por la palma, pero disparo. Bang. Por Papá. BangPor los abusones. BangPor los hipócritas y los farsantes. Bang. Por Gloria. Bang. Por Holden Caulfield, por mí.

Las balas se instalan en su espalda, de la que empiezan a brotar amapolas como en un campo fértil. El cuerpo sin vida se desploma como un ángel sobre el suelo del hall del edificio Dakota. Yoko sale del portal, donde se había metido al oir los disparos, y se abraza al cuerpo inerte de su marido, mientras sus lágrimas se funden con la sangre que se arrastra lentamente hacia mis pies. El olor de la pólvora hace que a mí también me lloren los ojos. Me siento aturdido, y dejo caer el revólver sobre la acera, que lo recibe con un hueco sonido metálico. Rápidamente, busco en mi bolsillo el libro, y me pongo a leer a Holden. Es el único refugio que existe ahora. Queda poco para el amanecer; Nueva York parece un fantasma de sí misma, un eco mudo para la mente. Solamente se oye el llanto de una mujer desconsolada a esta hora; hace frío, mucho frío en la ciudad. Casi tanto como en mi corazón.

John y yo, aquella fría noche de Diciembre

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Mark David Chapman asesinó a John Lennon el día 8 de Diciembre de 1980 a las puertas de su vivienda en el Edificio Dakota. La policía llegó al lugar del crimen, donde Chapman los esperó leyendo El Guardián entre el Centeno, obra que, según el asesino, le inspiró para matar a Lennon, indicando que el era el mayor farsante de la tierra. Preguntado por los motivos de su crimen, Chapman indicó “Una mitad de mí es Holden Caulfield. La otra debe ser el Diablo”. Chapman fue condenado de veinte años a cadena perpetua en 1981. Se le ha denegado la libertad en siete ocasiones, la última el pasado mes de agosto de 2012. Actualmente, Chapman continúa preso en el correccional de Attica, y ha expresado que “ahora mismo, mi comprensión del ser humano es mucho mayor”. Yoko Ono ha afirmado que todavía no está dispuesto a perdonarle.