El camino es la verdadera meta

Los fines de semana es fácil encontrarse en Vigo con decenas de ciclistas que salen a practicar su afición por las calles de la ciudad y sus alrededores. Pero, desde hace unos cuantos años, una pareja llama la atención sobre el resto. Subidos en un vehículo difícil de describir, a medio camino entre un tándem y un triciclo, circulan por el lateral derecho de la calzada a buen ritmo. Resulta complicado no girar la cabeza al verlos pasar. El hombre que ocupa el puesto delantero lleva la cabeza gacha, como si mantuviese una gran concentración para seguir pedaleando. El que ocupa el puesto trasero es el que dirige el vehículo. No hablan, solo pedalean. Si uno se acercase un poco más, se daría cuenta de que el que va delante ni tan siquiera tiene los ojos abiertos; y si intentara preguntarle la razón, sería muy difícil que obtuviese respuesta. Porque el hombre que ocupa el asiento delantero del extraño vehículo no ve, ni oye.  Su nombre es Gerardo y es sordociego.

© Javier Pitillas

© Javier Pitillas

Gerardo Fernández se presenta siempre de la misma forma: “veo poco, oigo poco y hablo mucho”. Por más que uno lo intente, es casi imposible encontrar una presentación mejor para este joven vigués de 34 años. Aunque no puede oír ni tampoco ver, mantiene la habilidad del habla aunque con ciertas dificultades que le impiden vocalizar y expresarse con facilidad. De todas formas, esto no ha sido un impedimento para que, junto con su amigo y entrenador Javier Pitillas, Gerardo haya logrado completar en más de una ocasión y por diferentes trayectos el Camino de Santiago en bicicleta adaptada. Un reto que para muchos es un llamamiento a la superación, y que para Gerardo es la más alta expresión de felicidad. Porque para él, la meta es el propio camino.

La enfermedad es secundaria

Gerardo es un desafío para cualquier grabadora. Es una ametralladora de frases casi ininteligibles, que suele intercalar con fuertes carcajadas. Desde pequeño fue así, extrovertido a su manera. Sus problemas se deben a una lesión provocada por la enfermedad de la rubeola, que su madre padeció durante el embarazo. Fue el suyo un proceso degenerativo y, aunque nació con considerable resto de visión y audición, el tiempo ha ido trazando un camino oscuro y silencioso que ya es prácticamente noche cerrada. Además de la sordoceguera, tiene graves problemas de equilibrio, por lo que desplazarse sin apoyos es casi imposible para él. Es capaz de permanecer sentado durante horas, como una estatua sin mirada que perder en el vacío.

Pero todo esto es secundario. Gerardo nunca ha permitido que la enfermedad caracterice su vida. Eso se lo ha dejado al deporte. Porque Gerardo, sobre todo, es pura energía, una energía que no entiende de barreras de ningún tipo y a la que el deporte ha sentado de maravilla.

El idilio entre este joven vigués y el deporte nació ya hace unos cuantos años, concretamente dieciocho. Fue Javier Pitillas, policía local de Vigo que empleaba su tiempo libre en ayudar a jóvenes con discapacidad, el que ayudó a encauzar la pasión de Gerardo, que en aquella época estaba interno en el Centro de Recursos Educativos de Pontevedra. La ONCE contrató a Javier y a un compañero de éste para que entrenasen a algunos de los chavales que vivían en el centro. El tiempo y las ganas acabaron construyendo una amistad que sobrevivió a la finalización del contrato de Javier.

Fueron probando un poco de todo lo posible. Empezaron con el atletismo, primero en las carreras y más tarde en el lanzamiento de peso. Pero cuando los problemas de equilibrio aumentaron, pasaron a la bicicleta. Los fines de semana, en el campo de fútbol del Colegio Hogar, en Vigo, Gerardo daba vueltas con su bicicleta bajo la atenta mirada de Javier. Pero un día un parpadeo fue suficiente para que sucediese lo temido. El padre de Gerardo lo dejó claro: no más bicicletas. Y el punto lo puso la tapa del contendor cerrándose tras un par de ruedas abolladas.

Pero no se había acabado, tan solo era otra barrera.

El Camino de los Sentidos

La gran gesta llegó con la sencillez que caracteriza a Gerardo y a los que le rodean. Se lo dijo un día a Javier: “Quiero hacer el Camino de Santiago”. Fue como el desenlace de un proceso que parecía haber nacido con una esperanza de vida muy limitada: la pasión por la bicicleta.

Cuando Gerardo formó parte de una excursión del centro Aspavi (Asociación de padres de personas con discapacidad intelectual de Vigo) que realizó una caminata por un tramo del Camino, no tardó en tenerlo claro: él iba a recorrer aquel Camino. Había pasión y había objetivo. No podía quitarse la bicicleta de la cabeza. Javier recuerda aquellos días con una sonrisa: ““Muchas veces, en vez de ir a hacer la actividad que teníamos prevista, Gerardo quería ir al Alcampo a ver bicicletas, tocarles las ruedas… Quería comprarse una bici. No le entraba en la cabeza que ya no iba a poder andar más en bicicleta”.

Fue en 2008 cuando a Javier empezó a planteárselo en serio. Ese año le tocaba trabajar en carnaval, y la respuesta pasó literalmente por delante de él. En el desfile había una bicicleta de cuatro ruedas, en ese vehículo Gerardo podría pedalear sin miedo a caer. Tras realizar algunas gestiones, consiguió probarla. La idea era buena, pero no demasiado. La bicicleta pesaba demasiado y era muy difícil moverla. Pero era el primer paso. Tras rastrear Internet, en una web holandesa encontraron una bicicleta adaptada con dos ventajas: era un triciclo en su parte delantera (lo cual permitía que Gerardo fuese delante, para poder darle indicaciones) y podía conducirse desde atrás. Sin dudarlo un segundo, se pusieron a buscar patrocinadores para reunir el dinero para comprarla, aproximadamente unos 5.000 euros. Tras varias gestiones, el sueño rodaba por las calles de Vigo.

Y todo fue exageradamente simple. Una vez se pusieron a entrenar con un objetivo, éste fue tomando cuerpo sin que ellos se lo propusieran. El Camino de Santiago francés (Roncesvalles – Santiago de Compostela) se convirtió en el Camino de los Sentidos. Así fue como se popularizó la iniciativa, que incluso llegó a llamar la atención de un equipo de documentalistas que se ofrecieron para grabar la aventura. El documental adoptó el nombre de la iniciativa, pero no su suerte, y todavía sigue esperando alguna oportunidad. Incluso la Televisión de Galicia llegó a plantearse la compra, pero en el último momento se echó atrás alegando que aparecían imágenes del Presidente de la Xunta hablando en castellano.

El Camino de los Sentidos transcurrió en 2009, con una duración de 14 días. Contrariamente a lo que se podría pensar en un principio, fue mucho más sencillo de lo esperado. Gerardo dio buena cuenta del entrenamiento y de su propia pasión, y terminó entrando en la Praza do Obradoiro haciendo sonar un silbato que él no podía oír, pero que anunciaba que había superado el reto.

Pero nada más bajar el pie del pedal, y mientras Javier respiraba aliviado porque la aventura había llegado a buen puerto, Gerardo volvió a ser Gerardo. El verdadero reto acababa de empezar. Se lo dejó claro a Javier: había que buscar más personas con problemas, para hacer muchos años el Camino con esas personas.

Javier no pudo negarse: “A alguien que nunca ha comido un caramelo, no puedes darle un día uno y después decirle que se han acabado”. Aquello no había hecho más que empezar.

© Javier Pitillas

© Javier Pitillas

Había un sueño que era Roma

“La ilusión nunca la va a perder, otra cosa es que el cuerpo siga rindiendo”, comenta Javier mientras Gerardo se afana en pedalear en una bicicleta estática del gimnasio de la Comisaría de Policía de Vigo. Cuando llueve, entrenan a cubierto. Tienen más tiempo para hablar, ya que cuando van en la bicicleta la comunicación se limita a un sistema de toques en la espalda que Javier da a Gerardo cuando quiere avisarle de algo, como la proximidad de un repecho o una bajada. Fuera de la bicicleta se comunican de otra forma. Hay varias maneras de hablar con un sordociego, en función de lo que éste y el interlocutor sepan. Lo que habla Gerardo es una mezcla entre el lenguaje dactilológico y el de signos, ya que Javier le ayuda representando las ideas con sus propias manos. El lenguaje dactilológico se basa en la representación de las letras del alfabeto a través de gestos con las manos. En el caso de la mayoría de los sordociegos, estos gestos se realizan sobre la palma de la mano. Aún así, si el interlocutor del sordociego no conoce el dactilológico, puede escribir letras mayúsculas en la mano de éste, que irá juntando y leyendo.

@ Javier Pitillas

Lo cierto es que, aunque Gerardo se hace mayor y el esfuerzo se va notando, desde que iniciaron el primer reto en 2009 no han parado. Realizan un Camino por año. Lo único que ha cambiado es la compañía: ya no han vuelto a estar solos. La determinación de Gerardo ha inspirado a otros que han acabado uniéndose a él. En 2010, Javier y Gerardo conectaron Madrid y Santiago acompañados de Francisco y Juancho, padre e hijo colombianos. Juancho tiene parálisis cerebral, por lo que aprovecharon el viaje para visitar el máximo número posible de centros de ASPACE (Asociación de Parálisis Cerebral Española). En 2011 tocó el Camino del Norte, desde Irún a Santiago. Los acompañó Roberto, un sordociego con síndrome de Usher. Y en 2012 repitieron el Camino Francés, acompañados por Antonio, un niño cordobés con parálisis cerebral y su padre, Javier. Esta última iniciativa es la que fue bautizada como “Discamino”.

Cuando se le pregunta a Javier si hay nuevos retos a la vista, asiente. Siempre hay algo cociéndose con muchas ganas y trabajo. El sueño dentro del sueño estuvo identificado desde el primer momento y creció en paralelo al Camino de los Sentidos: Roma. Unir la capital italiana y Santiago de Compostela con Gerardo y su bicicleta adaptada. Más sueño que reto por el momento, pero sólo por el momento.

Lo difícil, como muchas veces en la vida, es reunir dinero y tiempo. Además, se trata de un esfuerzo físico al alcance de pocos. Un reto superior en todas sus dimensiones a todo lo realizado anteriormente.

Pero con Gerardo Fernández nunca se puede decir “no”.

© Javier Pitillas

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