Spoiler alert! De la imprenta a la pantalla: las 20 mejores adaptaciones cinematográficas

Las producciones de El Hobbitt, La Vida de Pi Los Miserables han continuado una tradición permanente en el mundo del séptimo arte: la adaptación de obras escritas para la gran pantalla. El matrimonio entre literatura y celuloide se demuestra, así, vivo y permanente. Además, se retroalimentan mutuamente: no sólo el cine sobrevive de recuperar la trama y los personajes de las novelas hológrafas, sino que un número ingente de novelas utiliza la perspectiva o el entramado que caracteriza al cine para confeccionar los espacios donde se desarrollará la historia que narran. Es evidente que las adaptaciones al cine no siempre resultan exitosas; en determinadas ocasiones, los esfuerzos tanto del guionista como del director resultan insuficientes (algunas veces, hasta insultantes), y el proyecto resultante es un crimen tanto contra la novela original como contra el propio cine. Sin embargo, y no pocas veces, la rara destreza o el buen hacer de los miembros del equipo técnico y de los transcriptores rúnicos logra acercar con completa fidelidad y con belleza visual el trabajo original del escritor, regalando al espectador un producto de tal calidad y magnitud que se establece como referente en el séptimo arte y, además, descubre al consumidor la novela con la que ya se había deleitado. Si bien existe una cifra inexacta de este tipo de trabajos, recojo aquí los que considero los mejores, tanto en la fidelidad con la obra original como con el desarrollo cinematográfico. No son todos los que son, pero sí todos los imprescindibles.

La Naranja Mecánica (1971): En la novela del prolífico Anthony Burgess, se nos presenta una distopía futurista donde los jóvenes habían abandonado todo síntoma de empatía altruísta y se habían entregado al disfrute de la ultraviolencia y al consumo de moloko, una combinación de leche con narcóticos; además, Burgess creó el nadsat, un idioma que combina lenguas eslavas (primordialmente el ruso) con el cockney, y que Alex DeLarge, protagonista de la obra, utilizaba para comunicarse con sus drugos o compañeros, a la vez que salían a cometer fechorías por el Londres paupérrimo y sometido. Para la adaptación, Stanley Kubrick demuestra su buen juicio como lector: logra atrapar la atmósfera cargante de la ciudad y la psicología neurótica de su protagonista, además de atraparnos con su composición perfeccionista, edulcorando los excesos de Alex y sus compañeros con música clásica, en especial Ludwig Van Beethoven, que cobrará un papel decisivo en el devenir de la trama. La versión cinematográfica nos regala uno de los grandes villanos del cine: el sabelotodo Alex, cuyo traje de faena, con el mono de trabajo, los tirantes, el taparrabos, el bombín, el bastón y las pestañas postizas alimentaría carnavales y halloweens y atemorarizaría vagabundos. Además, la película, con su preciosismo cuidado y, no obstante, su crudeza explícita, contiene una de las escenas más significativas del cine: el método pavloviano al que Alex se somete para reformarse. Kubrick obvió el último capítulo de la novela, donde el recuperado Alex regresa a sus maneras; el director británico se ganó la enemistad de Burgess, que boicoteó así la más polémica de las obras de Kubrick.

El Padrino (1972): Ofertas irrechazables. Cabezas de caballo. Voces rasgadas. El relicario icónico que rodea a El Padrino es hoy inconmensurable. La novela de Mario Puzo era una denuncia evidente al estamento de la Mafia, un ataque directo contra la concepción del poder, de la jerarquía y del nepotismo violento que existía en Italia y que regía todas las instituciones desde la sombra. Sin embargo, la versión de Francis Ford Coppola logró el efecto contrario: en un alarde de genialidad magnífica, Coppola convirtió en anti-héroes a los miembros de la estirpe de los Corleone, glorificando las maneras de la Mafia y aleccionando al público con enseñanzas comunes sobre el poder, el gobierno, la familia. Vito Corleone, un Marlon Brando  con bolas de resina en sus muelas traseras para lograr ese curioso acento que proyecta en toda la cinta, es un moderno Sun Tzu, un patriarca y pensador que instruye a sus hijos en la mejor manera no sólo de salvaguardar el negocio familiar, sino en el dominio de Norteamérica. Los carismáticos gángsters de Coppola, desde el pálido y calculador Michael (Al Pacino) hasta el impulsivo Santino “Sonny” (James Caan) han entrado a formar parte de la conciencia popular, y sus escenas viscerales han sido parodiadas y homenajeadas hasta la saciedad en todos los ámbitos posibles. De hecho, algún que otro cargo público quizás aprendió demasiado de la educación de Don Vito, o llevó la imitación demasiado lejos… Coppola aprovechó el éxito logrado y algunos capítulos de libro para publicar la segunda parte, con la infancia de Vito y la confirmación de Michael como el nuevo Padrino. Obviaremos que hubo una tercera parte…

Solaris (1972): El best-seller de Stanislaw Lem, una novela de ciencia-ficción en primera persona, relata la historia de una estación espacial que procura el contacto con especies alienígenas en un océano universal sobrecargado de substancias protoplasmáticas, donde la posible existencia de inteligencia en un planeta es el punto primordial en torno al que se gira. El libro ofrece párrafos meticulosos y en ocasiones estáticos, dado que la acción transcurre lenta y paulatina, a modo de un análisis fotográfico, donde se pone a prueba la conciencia humana, el conocimiento científico y la influencia de los sentimientos en los momentos de vulnerabilidad solitaria. El ruso Andrei Tarkovsky, sin embargo, alcanzó con su adaptación un punto mayor de reflexión: sus científicos parecen más desorientados, más débiles, más humanos. No es una película de ciencia-ficción al uso; el exiguo presupuesto obligó a la supresión de efectos especiales o de explosivos impactos visuales. Sin embargo, Tarkovski logra que su protagonista, el psicólogo Kris Kelvin (Donatas Banionis) se nos revele como el paradigma del ser humano; nos ofrece una realidad ascética, donde Kelvin atraviesa por la estación descubriendo la naturaleza, descubriéndose a sí mismo, como un eremita intergaláctico. La realización es sencillamente soberbia: los largos y metódicos planos del creador ruso dotan de imaginería la destrucción progresiva del raciocinio de Kelvin, hasta que llegar al punto de que el espectador deja de cuestionarse la trama para deleitarse en cómo se narra.

La trilogía de El Señor de los Anillos (2001-2003): Tolkien era un verdadero erudito de la cultura británica y celta; estudioso de los mitos y de las leyendas, percibió la historia de su propia civilización como escasa, insuficiente, y a modo de ejercicio profesional y lúdico, recuperó dragones, duendes, orcos, magos y elfos para darle un lustro necesario a la identidad legendaria de Gran Bretaña, al tiempo que se recreaba con su papel de lingüista, dotando a cada una de las especies, razas y pueblos que había creado con una lengua propia. El resultado: uno de los trabajos de mayor impacto en el folklore universal en la historia de la literatura. Peter Jackson convirtió la adaptación de la trilogía en un fenómeno mundial: su versión es enérgica, detallista, y su capacidad de fagocitar éxitos de taquilla resulta inapelable. Toda una sub-cultura de tribus urbanas adoptó el modelo practicado por esta saga, que va desde las reyertas con espadas hasta el misticismo élfico. El dolor de portar el anillo, la guerra contra el oscuro Sauron o la ambición y la codicia que posee a algunos personajes (en especial, el fantástico y fascinante Gollum) han quedado para siempre en la retina del espectador y de los académicos, que premiaron con 11 Óscars la última de las entregas, El Retorno del Rey

Psicosis (1960): La novela  de Robert Bloch era ligeramente truculenta, algo fastidiosa pero, en cualquier caso, un buen producto sobre el asesino en serie de Wisconsin, Ed Gein. El libro destila párrafos estremecedores sobre Marion Crane, una joven que roba 40.000 dólares y huye, con la esperanza de reunirse con su amante. Antes, hace noche en un motel de carretera, que regenta un joven algo nervioso pero encantador y cordial llamado Norman Bates. Sin embargo, Bates parece presentar un fuerte apego por su madre, que permanece en un casón detrás del motel debido a su enfermedad. Esa misma noche, Marion muere, asesinada por la propia madre de Norman. Hasta aquí puedo leer. Alfred Hitchcock fue un buen lector: supo descubrir el tono asfixiante de la trama, y además su habilidad sorteó los intentos de la censura de prohibir determinadas escenas por considerarlas obscenas, incluyendo aquellas que añaden un retrete o la escena de Marion en la ducha (probablemente la escena más famosa del cine, con una banda sonora que se ha convertido en sinónimo del pánico); en la escena del asesinato, Hitchcock incorporó hasta 37 cámaras distintas no sólo para llevar al espectador hasta la estridencia, el pavor y el sufrimiento, sino para evitar el desnudo de Janet Leigh, a la vez que pasaba de la excitación a la relajación del asesinato, mientras nos perdemos en la pupila  fúnebre de Marion. La adaptación es sencillamente sublime; Hitchcock logró crear un monstruo demasiado humano, al unir sexo, locura y celos en esta fábula sórdida y grotesca. Además, Anthony Perkins ejecuta el papel de Norman con tanta naturalidad que su figura, su rostro pálido y su nerviosismo materno lo han llevado a convertirse en un icono del cine de terror. Y en el hijo ideal para cualquier madre.

Blade Runner (1982): “Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”. Inspirada en el ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, se trata de la película de ciencia-ficción definitiva (exceptuando la sensacional 2001, Una odisea en el espacio y el culto al merchandising de la trilogía original de Star Wars). Con Ridley Scott al frente de las cámaras, esta ambiciosa distopía se sitúa en Los Ángeles en 2019 (tan cerca y, sin embargo, tan lejos). Seguimos al detective Rick Deckard, encarnado por el desconcertado Harrison Ford, que busca “replicantes”, androides con aspecto humano que buscan sublevarse contra sus creadores. Si bien se basa libremente en la obra de Dick, apenas respetando la estructura básica de la psicología de sus personajes, la excepcional obra de Scott entrega una fantasía artística sencillamente genial, con un cuidado minucioso por el detalle, la estrategia de observar lo inédito y envolvernos con el misterio de nuestra identidad. Y Rutger Hauer como el replicante Roy Batty es, sin duda, el personaje más genial de este portento de la producción norteamericana. Yo también quiero ser un Nexus 6. 

El gatopardo (1963): Es difícil que una película logre un mayor impacto que un libro que ha definido la inmutabilidad política y la desesperada permanencia en el poder; la novela de Lampedusa es un excelente manual de teoría política, además de una de las mejores crónicas de la Italia post-Risorgimento. Sin embargo, el prodigioso talento de Luchino Visconti a la hora de recuperar la historia para la gran pantalla tuvo como resultado el monumento más grande a la historia italiana reciente. Se nos revela un fresco vívido, coloreado y de un metraje abrumador que, sin embargo, mantiene sumido al espectador por la pasión de las relaciones entre los aristócratas, en especial en el ejercicio dramático de la tríada protagonista (Burt Lancaster, Alain Delon, Claudia Cardinale). La insolencia, la vanidad de la riqueza o las transformaciones sociales son sólo algunos de los temas que este estudio fotógraficamente impecable brinda, descubriendo la radiografía sentimental de la nobleza más superficial, de la alta clase más introvertida. Porque, a veces, cambiarlo todo no es cambiar nada.

Sin City (2005): Incluyo la novela gráfica de Frank Miller porque el desprestigio del cómic como literatura de calidad me parece innecesario; es más, los diseños, estructuras y tramas de Miller son de una calida mayor que muchas novelas que hoy pululan por las estanterías más iluminadas. En el cómic, se nos presenta, con unos escenarios envueltos en una nigérrima niebla, la ciudad de Basin City, dominada por el vicio, el deshonor, la corrupción, el crimen. Robert Rodríguez supo interpretar perfectamente las pecaminosas intenciones de los habitantes de la ciudad, donde la naturaleza del héroe no es la tradicional, sino que éste aparece envuelto en una misteriosa culpabilidad, rechazando su  intrépido destino. Además, el trabajo de fotografía es soberbio: se yuxtaponen el blanco y el negro con honrosa solvencia, dando lugar a un acabado que presupone las figuras, las intuye en la pantalla, y crea pósters fáciles para la retina del espectador, cuidando con esmero los perfiles, las sombras, las facciones; casi se respeta dogmáticamente la disposición en las viñetas. Entre la galería de atormentados y bizarros personajes que pasean por la cinta, me quedo con el sufrimiento de Hartigan, con ese Bruce Willis cicatrizado y adepto acérrimo de la justicia.

Cadena Perpetua (1994)Stephen King es un bestiario impasible de la producción; su obra siniestra y definitoria de la concepción moderna del terror ha cautivado a miles de lectores alrededor del mundo. Además, es una fuente común de inspiración para guionistas perezosos en Hollywood; sus ingeniosas tramas, sus sorprendentes diégesis, permiten adentrarse en el laberinto claustrofóbico de la imaginación.  Darabont, un director afortunado, rastreó el punto más fuerte de la novela en su adaptación a la gran pantalla: la relación entre Red (Morgan Freeman) y Andy Dufresne (Tim Robbins), que sobreviven durante más de tres décadas en una prisión de Maine. La película es una gozosa joya de disfrute familiar; Robbins calca su rol como el inocente preso que sufre las injusticias de un sistema penal negligente y de un director de prisión corrupto y manipulador. Freeman, en su rol habitual de conciencia moral (está ciertamente encasillado, ¿verdad? ¿Para cuándo un Morgan Freeman malvado?) nos entretiene con su narración pacífica, calma, como quitando el tonelaje de hierro de la situación. Si no la han visto todavía, les aseguro que Cuatro la repone dos o tres veces al año. Hasta entonces,¡ les espero en Zihuatanejo!

Trenes rigurosamente vigilados (1967): Cine checo en toda su grandiosidad. La novela de Bohumil Hrabal funcionaba en el contexto de la Checoslovaquia ocupada por los nazis, pero que superponía la educación sentimental del protagonista, el guardajuas Milo, y su evolución de la adolescencia hasta la vida adulta. En la adaptación cinematográfica, lograda por Jiří Menzel,  se dispone la trama con un humor agridulce (a diferencia del libro, cargado de drama), ofreciendo una comedia que toma como base las pequeñas manías del tímido y sensible Milo (Václav Neckár), que aprende sobre la vida, las mujeres y el amor gracias a su mentor e inmediato superior en la estación de tren, Hubi-ka (Josef Somr). Menzel dota la historia de humor, a la vez que define con claridad la relación jerárquica y, sin embargo, académicamente íntima de los dos protagonistas; además, logra bascular tanto los momentos de comedia que caracterizan a sus personajes con el contexto en que estos se desarrollan, puesto que la estación es un puesto de paso en la II Guerra Mundial. En estos casos, Menzel se presenta como un alquimista preciso de la ironía: no demoniza a los agentes de ningún bando, tan sólo los ridiculiza, dejando el juicio de actitudes al propio espectador.

Doctor Zhivago (1965): La novela del Nobel Boris Pasternak, que sufrió fuerte censura por parte del gobierno soviético, al superponer al individuo frente al conjunto de la sociedad, marca una etapa en la literatura comunista, al acercarse a un modelo narrativo ciertamente occidentalizado, con un frío escepticisimo acerca de la gestión gubernamental del régimen estalinista. El relato versa sobre el médico e idealista Yuri Zhivago, que sobrevive a los distintos estadios de la nación rusa de comienzos del siglo XX, desde la miseria paupérrima en la I Guerra Mundial hasta el ascenso y consolidación de los marxista-leninistas.  David Lean, el creador de epopeyas más importante de la industria hollywoodiense, no dejó escapar este suntuoso guión, y entrega una de las películas más épicas de todos los tiempos, que enlaza los diversos devaneos amorosos del Zhivago (un ciertamente melindroso Omar Shariff), que divide su corazón entre Tonya (Geraldine Chaplin) y Lara (Julie Christie), con escenas de s0brecarga bélica e histórica, incluyendo la escena del enfrentamiento de los cosacos contra los manifestantes. Lean no pretende hacer apología del sistema crítico de Pasternak, pero no puede evitar reafirmar la amplia individualidad de la que hace gala Zhivago, un hombre que supera a las naciones, a las prisiones.

El resplandor (1980): Here’s Johnny! De nuevo, Stephen King vuelve a aparecer en esta lista. En este caso, con el que probablemente sea el relato más espeluznante de su bibliografía: Jack Torrance es contratado para cuidar del Overlook Hotel durante el invierno, y se lleva a toda su familia, incluyendo a su hijo pequeño, Danny, que tiene una extraña habilidad que le permite percibir pulsiones de muerte y resonancias siniestras en un hotel que resulta haber sido objeto de numerosos y sangrientos crímenes. Stanley Kubrick vuelve a demostrar ser un lector ejemplar, sobrecargando cada escena de la película de un grado mucho mayor que el pánico neutral de los párrafos de King; con Kubrick, la locura que respira Torrance y que le lleva a querer asesinar a su familia se nos percibe cercana, demasiado familiar. Pero, sin duda, lo más estemecedor resulta la interpretación espasmódica de Jack Nicholson, cuya sobreactuación resulta en este caso sobrecogedora; a quien la haya visto, todavía le atormenta la imagen de Jack blandiendo un hacha mientras persigue a su familia por el hotel. Sólo hay que ver el rostro inusualmente picassiano de Shelley Duvall, con esas muecas de miedo, para comprender que la interpretación de Nicholson resulta fidedigna. Sin embargo, Kubrick cambió el final, por uno de resonancias más fantasmagóricas, obligando a Jack a conjugarse, para siempre, con la historia del Overlook Hotel. All work and no play makes Rubén a dull boy. All work and no play makes Rubén a dull boy. 

Apocalypse Now (1979): Sí, está bien, lo reconozco: ésta no es una adaptación cinematográfica al uso. Mientras que la novela de Conrad El corazón de las tinieblas trata sobre un marinero que busca en la selva a un antiguo coronel extraviado que ha sido convertido en Dios por una tribu indígena, la versión del séptimo arte es un ataque contra el horror (¡el horror!) de la guerra de Vietnam, que se sustenta en el trabajo excelente (y agobiante hasta el punto de la ira, según muestra el documental Hearts of Darkness: A Filmmaker’s Apocalypse) de Francis Ford Coppola. Dejémoslo en que es una actualización del cuento.Pero ¿quién puede negar la credibilidad de la destrucción de la jungla, el rostro infranqueable del coronel Kurtz (un irreconocible y rapado Marlon Brando), el olor a napalm de la victoria? Martin Sheen, en su doble papel de capitán Willard y Cicerón narrativo a través de las locuras únicas donde ha caído Kurtz, esa verdadera selva de neurastenias y demencia, está simplemente exquisito. Por no hablar del carismático líder destructor que encarna Robert Duvall, un aficionado al surf en los momentos de mayor desesperación. Al final de la película, nos preguntamos quién es exactamente el monstruo al que temen los indígenas en ese infierno de helicópteros y llamas, y asumimos de nuevo el absurdo psicótico de la guerra, su inutilidad, su frenesí orgiástico de cadáveres. Y todo esto, con música de Wagner.

Rashomon (1950): La historia definitiva sobre la contrariedad y la desconexión entre las versiones interesadas. Inspirada en el  relato de Ryunosuke Akutagawa, que se inspira en la tradición feudal japonesa para contar el relato, esta película de Akira Kurosawa nos presenta el encuentro de tres hombres en un templo (Rashomon) que usan para refugiarse de la lluvia: El Leñador, el Sacerdote y el Estudiante. Para entretenerse hasta que cese la tempestad, comienzan a contarse historias y descubren que los tres poseen diferentes perspectivas de un mismo crimen, si bien coinciden en los puntos comunes.  La estructura de la película se edifica a través de flashbacks, que nos ofrecen la percepción interesada de los protagonistas del crimen, incluyendo el que a priori es el asesino (un Toshirô Mifune sobresaliente), el viajante asesinado y su mujer. Kurosawa entretiene al espectador con un juego de luces y sombras donde se difumina la verdad y la realidad de este turbio asunto; sin embargo, una lectura más meditada nos permite entrever que tanto los personajes que se refugian en el templo como los protagonistas de sus historias evocan comportamientos del ser humano, desde la cobardía hasta la arrogancia. Al menos, eso dijo el Estudiante.

Saló, o los 120 días de Sodoma (1975): El desencuentro emocional que el Marqués de Sade tenía consigo mismo era uno de los síntomas que le obligaba a dejarse llevar por sus emociones más brutales y prescindir de todo protocolo moral o decoroso para la redacción de sus novelas; su perversa imaginación dibujó las mayores y más obscenas escenas que la humanidad ha conocido, y esa lírica interna no las hace más digeribles, pero si más tolerables. Éste es el caso de Los ciento veinte días de Sodoma, que el director Pier Paolo Pasolini recuperó para el cine. Sin embargo, mientras que en la obra de Sade la sátira es exclusivamente anticlerical, Pasolini lo reconstruye para emitirlo contra todo el gobierno italiano. Se nos presenta la república ficticia de Saló, un gobierno independiente creado por el líder fascista Benito Mussolini donde cuatro grandes cargos de su gobierno detentan todo el poder y, aprovechándose de una grey de jóvenes subyugados, los someten a las más humillantes y vejatorias prácticas sexuales, llegando incluso a animalizarlos en su disfrute hedonista. Desengáñense: Saló… no es una película para ver mientras se come, pero es un documento necesario para comprender el absurdo del deseo y del desgobierno.

Los santos inocentes  (1984): El difunto Miguel Delibes escribió en 1981 la novela que llevaba deseando toda su vida; en ella, utiliza el lenguaje idóneo, propio del cortijo extremeño donde la trama tiene lugar, para ilustrar la opresión del hombre a sus propias pasiones, además del desencanto del ser humano una vez ostenta el poder. En la cartografía común de la ignorancia, los serviles son los más catetos, y sufren los abusos desmesurados de los señores, cuyos privilegios provocan que humillen indiscrimadamente a quienes le son fieles. En la versión para la pantalla, Mario Camus logra reunir un reparto sin fisuras, en especial gracias a la interpretación de los dos protagonistas masculinos, Alfredo Landa y Paco Rabal, si bien este último está peculiarmente excelente en su papel del analfabeto y deficiente mental Azarías, con un apego significativo por una milana que rescata y que cuida. Percibimos el desequilibrio jerárquico en todas sus dimensiones, hasta que la crueldad es sobrehumana y hasta el más oprimido se rebela.

El tambor de hojalata (1979): La excepcional alegoría sobre el infantilismo de Günter Grass deja entrever una crítica fiera contra la consolidación del régimen nacionalsocialista en Alemania. Seguimos la evolución de su comportamiento desde los ojos inocentes de Oskar, un niño omnisciente desde su nacimiento que decide no crecer para no formar parte de ese mundo tan insulso y desolador como es el de los adultos. Volker Schlöndorf crea la adaptación para el cine, y golpea arduamente el auge del nazismo al igual que Oskar golpea el tambor que da nombre a la película. Oskar (David Bennent) es un personaje atormentado por su realidad colectiva e individual; cada vez que se siente defraudado, deprimido o incluso excitado, emite sonoros aullidos cuya frecuencia rompe cristales. La trama es casi de circo ambulante, al igual que la vida del propio Oskar; precisamente porque el circo, con su absurdo espectáculo, con sus inexplicables equívocos y contradicciones, es la única manera de expresar tanto el régimen nazi como la vida adulta.

Ladrón de bicicletas (1948): El paradigma por excelencia del neorrealismo italiano (junto con el Roma, cittá aperta, de Roberto Rossellini) es fruto de la adaptación por parte de Vitorio De Sica de la obra menor de Luigi Bartolini. Tenemos ante nosotros a Antonio Ricci (lamberto Maggiorani), un desempleado en la Roma de la posguerra que, tras lograr al fin encontrar trabajo, ve como su único medio de transporte, su bicicleta, es robada, con lo que se ve obligado a perseguir al criminal junto con su hijo, el inocente Bruno. De Sica aprovecha la búsqueda del vehículo para presentar los distintos aspectos de la sociedad italiana de aquel entonces, recreándose en la miseria, en la pobreza, en la desolación y en la desesperanza. Es un retrato crudo y angustioso, muy lejos del optimismo entristecedor de Benigni en La vida es bella. Hay que decir que esta película es una apología velada del comunismo, alegando las fuertes connotaciones críticas que De Sica utiliza y reprocha a Mussolini. Nuestro sufrimiento es su sufrimiento, puesto que la catarsis, en los casos más extremos, es siempre un hecho natural, no un acto de cara a la galería. Se podría considerar el filme como un tratado de urbanismo con tintes pesimistas.

 

Las uvas de la ira (1940): John Steinbeck, premio Nobel, supo documentar el sentir común de los norteamericanos durante la Gran Depresión; en su novela, se aúnan las amargas odiseas que cientos de miles de ciudadanos tuvieron que emprender en busca de dicha y empleo o, sencillamente, en busca de supervivencia. El desastre nacional narrado por Steinbeck fue llevado a la gran pantalla por un John Ford en estado de gracia, que supo plasmar y respetar en su plenitud la angustia y la exasperación de la novela. Tom Joad (un excepcional Henry Fonda) es el protagonista, que cruza los desiertos norteamericanos hacia California con su desarraigada familia a medida que resiste los azotes de la vida. Se demuestra su templanza y sus presuposiciones inciertas. La película destaca los aspectos más atroces de la novela, dándole una definición más recrudecedora y ostensiblemente menos amable, que permite interpretar y comprender el por qué del comportamiento de los personajes.

El club de la lucha (1999): Aunque voy a violar la primera norma al hablar de éste, El club de la lucha merece estar en esta lista. La turbadora novela de Palahniuk es, per se, un documento magnífico de contracultura contemporánea. Sin embargo, sin la exitosa adaptación por parte de David Fincher, su mensaje pudiese haber caído en un umbrío cul-de-sac. El filme es una de las piedras de toque más importantes de la cultura moderna: su consecución extraordinaria de lecciones sobre el entendimiento del consumismo, de la personalidad dócil y servil y de la necesaria,perpetua e idealizada rebeldía convirtió a toda una generación de esclavos de tendencias en sumisos inconformistas de su mensaje. Edward Norton es el protagonista sin nombre, cuyo insomnio y dependencia antibiótica le llevan a arrastrar una vida miserable, hasta que conoce al imponente Tyler Durden (Brad Pitt, en su papel más memorable), un hombre que lleva la vida a la que el siempre aspiró, que le convence de que pelee violentamente para mejorar su vida. La película es un desafío visual, pero también moral; nos sumergimos en las cloacas más putrefactas de la sociedad, y nuestro único salvavidas son los valores que nos han enseñado desde nuestro nacimiento, incluyendo el juicio de los sentidos. ¿Qué es real, de qué me puedo fiar? Y ahora, si me disculpan, me voy a fabricar jabón; por si acaso…

Pd: Faltan películas, desde  luego. Aporte el lector aquéllas que considere más imprescindibles que éstas.

Foto de portada: negrowhite.net