Quique González, el camino de la sencillez

Las luces rojas, verdes y amarillas aparecen de forma intermitente en el escenario. En el medio, una figura no se ilumina en ningún momento. Es un hombre sentado en una pequeña silla. La cabeza apoyada en las manos y unos pies que se dejan llevar por ritmos imaginarios. Ese hombre es Quique González. Faltan pocas horas para el comienzo del espectáculo. El concierto es lo máximo para el cantante. Y Quique lo sabe, por eso lo mide con sumo cuidado, cada detalle, cada segundo. Cantante y concierto deben ser uno desde el principio. Por eso nunca se pierde ni un ápice. La prueba de sonido es concienzuda, hasta que salga bien hay que repetir. No hay malas caras, no hay molestias. Simplemente hay que repetir, no hace falta decir nada más.

Falta poco. Los murmullos del público empiezan a entremezclarse con los nervios de la banda. Es uno de los momentos mágicos, por eso se envuelve en un silencio sepulcral. Quique espera apoyado en la puerta del backstage. Por fuera no hay impaciencia, por dentro sólo ganas de no defraudar. Mantiene su eterna pose de tímido chico de barrio que le ha acompañado de la nada a la fama. No debería haber lugar para pensar en los primeros batacazos, ya están lejos, pero la mirada perdida revela miles de pensamientos en un carrusel movido por los nervios. Es inevitable, lo sabe cualquiera que haya tenido un poco de tiempo para acercarse al chico tímido que se convirtió en el mago de la melancolía. Todavía sonríe cuando escucha esa palabra. Melancolía. Y su cara de pillo endurecida por una madurez complicada responde más que sus palabras: “No entiendo por qué la melancolía tiene que ser siempre algo triste”, dice con una sonrisa cansada.

Quedan pocos minutos. Contrariamente a lo que se podía prever, el ambiente se relaja. Asoman tímidamente unas cuantas sonrisas que, poco a poco, se transforman en carcajadas. Quique sonríe un poco, se deja abrazar y animar por sus compañeros, por su manager, por los técnicos de luz y sonido. Ya han pasado más de diez años de ánimos, de caídas, de sorpresas. El que fue animador turístico de un hotel en Mallorca y pisó Londres para preparar hamburguesas con patatas tiene un teatro repleto de seguidores que esperan un concierto inolvidable. Igual que hace un par de días, e igual que dentro de un par de días.

Unos cuantos escalones y un escenario. Avanza despacio, como si no quisiese subir. Todo cuesta al principio, que se lo digan a Quique.

Y si me agarro a tu aplauso como ardiendo a un clavo

Las primeras notas de una armónica triste. Hace unos segundos un público nervioso y entusiasmado ha visto pasar al hombre sencillo con traje oscuro y mirada tímida. Sin decir nada, ha cogido su lugar frente al micrófono y ha cerrado los ojos. Las manos -todavía temblorosas- palpan un bolsillo y sacan un pequeño tesoro. Una armónica. Si la melancolía fuese un instrumento seguramente sería armónica.

Los comienzos nunca han sido fáciles para Quique. Chico tímido pero que siempre ha tenido claras sus intenciones, buscó incansablemente un profesor de guitarra por todo Madrid. Mallorca y Londres habían sido lugares de trabajo, nada más. La suerte se alió con la búsqueda y recompensó al todavía Enrique González Morales con uno de los mejores maestros del momento: Carlos Raya. Junto a él, experimentó el crecimiento necesario, el estirón para alcanzar el interruptor de la música. El trabajo dio sus frutos y en 1997 se escriben las primeras letras que acabarían siendo grabadas. El disco colectivo llamado Cantautores: la nueva generación ha quedado como testigo casi escondido y mudo de los primeros pasos de Quique.

Así, con manos temblorosas de escritor incasable nace la canción que mejor ilustra un comienzo tan trabajado como complicado: Ardiendo a un clavo. Las pocas grabaciones que se conservan hoy en día muestran una voz lejana que narra una historia de amor de hombre dispuesto a todo, a agarrarse a cualquier clavo ardiendo. Así nace Quique González, dispuesto a todo por conquistar el que fue, es y seguro que seguirá siendo su gran amor: la música.

Hoy prefiero salir a ganar, a quitarme de en medio

La voz se apaga al mismo tiempo que se abren los ojos. El público guarda un silencio casi sepulcral antes de los primeros aplausos, entusiasmados pero comedidos. Quieren más, aún queda mucho.

La timidez se hace a un lado en un descuido y surgen las primeras palabras fuera de canción: “Hola a todos. Buenas noches. Yo soy Quique González y he venido para tocar un poco esta noche. Gracias por estar ahí”. Simple y agradable. Comedido en exceso y encorsetado por un amago de miedo escénico. Despierta simpatía. El murmullo se extiende por el público y acaba prendiendo la chispa de un aplauso digno de cualquier canción. Si las mismas palabras las pronunciase cualquier otro el resultado sería muy diferente, incluso arrogante. Pero con Quique no es así, aunque no se le conozca, la sensación es otra.

Es el chico que vive de despertar sentimientos o, mejor dicho, quiere vivir de despertar sentimientos. Un mercado difícil, desde luego; nadie se convierte en un mago de las emociones de la noche a la mañana. Por eso, cada letra, cada frase es un intento de despertar algo en el que escucha. Intentos de una operación sumamente difícil. Pero intento tras intento alguien escucha algo interesante. Quique había alzado la voz lo suficientemente alto. En 1998, la compañía y gran máquina grabadora PolyGram llama a uno de sus despachos al que aparecía en sus informes como Enrique González.

Con una melena descuidada y una sonrisa de oreja a oreja, Enrique González Morales pasa a convertirse en Quique González al mismo tiempo que estampa su firma en un contrato discográfico para producir su primer disco: Personal.

El primer disco quiere ser un gran baúl para el músico. Los recuerdos de una juventud que empieza a terminarse se entremezclan con canciones de amor. Pero hay un hueco para reivindicarse, así De tanto que lo intenté es una bandera de carisma y constancia: “Con las manos manchadas de barrio, con el gesto cansado… De tanto que lo intenté”. Había conseguido su primera gran victoria y, aunque todo no había hecho más que empezar, parecía que los duros comienzos tenían un final. Hay en todo el disco un espíritu rockero que encaja a la perfección con las letras, parece como si la juventud y las ganas de comerse el mundo se hubiesen filtrado a través del papel y las notas musicales.

Sonrisa cansada y ojos entornados. Los aplausos siguen apareciendo constantemente, pero las sensaciones siguen siendo frías. El nerviosismo cierra el sendero entre cantante y público, como en su momento cerró la relación entre Quique y Polygram. El disco Personal tuvo una escasa acogida y, aunque empezaba a formarse lo que tenía atisbos de público incondicional, la discográfica no manejaba las cifras que quería manejar. Quique agachaba la cabeza y se preparaba para el siguiente tema. Al fin y al cabo, eran solo cifras. Al fin y al cabo, había sido un intento más.

Ahora tendré que salir a buscarme, alguien que me arranque de cuajo la pena

Un leve carraspeo, ojos cerrados. Las notas de una guitarra empiezan a caer como gotas de lluvia. Viendo su cara, podría parecer que hay un dolor físico que machaca al artista. El show continua, se marca entre susurros el comienzo de una nueva canción, hay una sala abarrotada que desea impaciente sentir retazos de vida propia y ajena. Algo empieza a fluir lentamente.

Con la experiencia de vivir dentro de la máquina que transforma música en ventas hundiéndose en el mar de la memoria, Quique no abandona el sueño. Lo coge, si cabe, con más ganas y una cierta dosis de rabia. Así, decide grabar sus canciones por su propia cuenta. Son tres años duros, desde 1998 a 2001, Quique se convierte progresivamente en un artesano de la música, cuidando hasta el más mínimo detalle de todas las fases de creación de un disco. Su taller es la casa de Carlos Raya, que sigue, como no, a su lado.

Son tres años que se pueden resumir en 16 canciones. Canciones viajeras. Por primera vez, Quique nos lleva a varios escenarios diferentes con su música, escenarios que visita y de los que intenta recoger sus sensaciones. Confiesa con la mirada perdida a qué sabe el disco: “Es un disco de carretera, de luna llena, de lluvia”.

En 2001, PolyGram juega con una extraña maqueta entre sus enormes manos. Al fin, se decide por crear Salitre48, el segundo disco de Quique González. La segunda oportunidad llega de la mano de un enfoque diferente. Tras unos leves retoques, siempre conservando la esencia creada en casa de Carlos Raya tras meses tallando letras y ritmos, el disco sale al mercado. Es un enfoque mucho más acústico, una manta que arropa a un Quique mucho más intimista, que deja el toque rockero de Personal aparte, aunque no lo hace desaparecer, conservándolo en canciones como 39 grados, Perdone agente o Jukebox.

Quique sonríe tímidamente en sus primeras entrevistas. Parece que Salitre48 está teniendo más pegada que el primer disco. Esconde la mirada. Se mira los zapatos y baja la voz. Es la humanidad llevada a la máxima expresión en la música. Explica como un niño alegre pero con miedo a la cámara el nombre del disco: “La mayoría de las canciones están escritas en la calle Salitre 48. Vivía allí, estuve viviendo un año en una buhardilla cerquita del barrio de Lavapiés”. Simple, sin más explicaciones. Sin embargo, sigue envuelto en un halo misterioso que casi obliga a querer saber más. Pero no hay más, es la sencillez de la grandeza.

El público comienza a contagiarse de un mismo espíritu. Siguen con voz baja y mirada fija las canciones que parten del medio del escenario. Allí, una figura cambia constantemente de guitarra, vigila de reojo todos los detalles, sonríe fugazmente y comienza de nuevo. Todo empieza a fluir cada vez más rápido.

Yo lo que quería era seguir soñando

Viento. La batería da tres suaves toques para marcar el comienzo y el sonido de las trompetas se come a todo lo demás. Eso quería Quique para su tercer álbum. Con la constancia y la exquisitez de un relojero suizo, quiere mantener su sueño y el de los que ya se pueden comenzar a llamar fans. Por eso en 2002 aparece con Pájaros mojados bajo el brazo. El nuevo disco no estuvo exento de dificultades, ya que en 2001 PolyGram se fusiona con la gigantesca compañía Universal, y el nuevo monstruo discográfico decide prescindir de un gran número de artistas sin previo aviso. Como sacudir un mantel después de comer.

Pero algún habitante de esos despachos donde se deciden ilusiones y sueños tuvo la buena idea de recapacitar, y Quique González vuelve a ser contratado, esta vez a cargo de Universal.

Es un punto de inflexión, el primero de una larga carrera. Por primera vez, un colectivo fan formado empieza a dejarse notar: los conciertos comienzan a llenar salas más grandes, los foros de Internet se llenan de opiniones sobre el nuevo disco, las entrevistas se suceden intentando arrancar la timidez del chico de barrio… Es el momento de fortaleza del cantante, las notas suenan libres y el concierto se desarrolla a la perfección.

El disco comienza a ser calificado de maduro y magistralmente instrumentalizado. Canciones como Miss camiseta mojada o mismamente Pájaros mojados dan fe de esta afirmación. Además, el disco tiene un valor añadido, por primera vez Quique decide incluir una de sus canciones más bonitas y que, hasta el momento, había popularizado su gran amigo Enrique Urquijo, líder de la banda Los secretos. Así, Aunque tú no lo sepas aparece acompañada por una suave batería y un ligero piano, algo que suma delicadeza e intimidad. Una versión magistral de una de las mejores declaraciones de amor de la música española.

Juégatela un poco valiente

La actuación sigue su curso, siempre yendo a más. El cantante se permite el pequeño lujo de burlar a la vergüenza unos segundos y separarse del micrófono, sólo acompañado de su guitarra. No tiene que preocuparse por la canción, más de cien gargantas la cantarán por él. Por primera vez, es consciente de sus fans. Una leve sonrisa y vuelta al micrófono. Aún queda lo más complicado, la noche es muy larga. Pájaros mojados da alas a Quique González. Cansado de los vaivenes de discográficas, decide dar uno de los pasos más complicados de su corta carrera musical. En 2003, su web publica un texto llamado Peleando a la contra (título basado en el recopilatorio de poemas de Charles Bukowski, uno de sus escritores preferidos). Quique pone en orden sus pensamientos y mira a su alrededor, no le gusta como funcionan las cosas y, por vez primera, no quiere verse envuelto en ellas. Está separándose del gran micrófono. La carta publicada es muy dura en algunos aspectos, como las discográficas:

Con mi anterior compañía las he visto de todos los colores. Han llegado a regalar mis discos sin darse cuenta. He sentido que me sacaban la navaja al señalarme con el dedo una cláusula del contrato. Siempre he trabajado para ellos con dignidad y profesionalidad. He sido exigente pero no me considero un tipo conflictivo. Y me tomo mi trabajo muy en serio. No quiero estar a hostias todo el día con una compañía, pero si ves que te la están colando siempre, se te hace muy difícil estar centrado en lo único realmente importante. Yo quiero hacer canciones sin pensar en singles, marketing ni playbacks chungos en Música sí, donde por cierto no me dejaron tocar en directo, así que deberían llamarlo Música no”.

Es un desengaño. Un desengaño en un mundo en el que tanto había luchado. Por eso, siendo consciente de que se avecinan tiempos difíciles, toma una decisión que marcará su carrera irremediablemente:

No quiero participar de esto. No creo que tenga nada que ver conmigo. No quiero salir en esa foto. Ante la posibilidad de firmar por otra compañía me vería en la obligación de renunciar a mi libertad. Y yo quiero que mi libertad sea el motor principal de actuación en mis próximos proyectos. No estoy resentido con la industria, simplemente no me veo dentro en ésas condiciones. Esto es lo que pienso y solo puedo defender mi postura desde la independencia. Así lo siento ahora y debo ser coherente. Si volviera a firmar con una multinacional estaría aceptando una serie de condiciones que en algunos puntos me parecen indignas y en otros directamente esclavistas.

En conclusión, voy a intentar editar mis propios discos, sin grandes pretensiones, con el espíritu de un artesano que pule sus propias piezas y las vende en su pequeña tienda. Algo sencillo. Mi equipo está conmigo, aunque me avisen del golpe que me van a dar. No pienso en las consecuencias, no escucho a los que me dicen que no es lo más inteligente. Para mi lo más inteligente es hacer lo más coherente. No me importa que me veten, que me nieguen ciertos medios, porque no me da ningún miedo acabar tocando en el metro o en la calle, siempre habrá alguien que quiera escuchar una canción, o no?. Nos educaron con la idea equivocada de relacionar músico con millonario, si no vendes mucho, o si no te venden mucho, sobrevuela la idea del fracaso. No hay que llegar a ningún sitio. Para mi el único fracaso sería hacer una puta mierda de disco”

Había nacido Varsovia!!! Records. Una discográfica con un propietario que no soportaba a las discográficas. Desde este momento, todo vuelve a sus orígenes. Los conciertos se dan en pequeñas salas. El cantante, una silla, un micro y una guitarra. Quique pide a los asistentes que fabriquen el concierto, que pidan las canciones; cada actuación es diferente a la anterior.

En este contexto nace en 2003 Kamikazes enamorados. Canciones compuestas aprovechando la inspiración de la gira del último disco. Por eso hay una vuelta al intimismo más profundo. Sólo guitarras acústicas y pianos crean maravillosas composiciones como Calles de Madrid o Piedras y flores.

Es el cantante que se convierte en empresario para dar un gran paso. La vuelta a los orígenes es acogida con mucho entusiasmo por sus incondicionales. El disco es un éxito y las grandes multinacionales giran la cabeza para ver quién hace tanto ruido desde su pequeño taller musical, pero nadie les hace caso. Se apagan las luces, los instrumentos vuelven a sus fundas, hace falta un pequeño descanso.

El campeón, va a volver, siempre tiene alguna razón

Las luces se han apagado. Se escuchan los lamentos del público, pero hay que hacer oídos sordos. Es necesario. Hay que parar un poco, demasiadas emociones en muy poco tiempo.

Quique decide cambiar de aires. Cantabria es su nuevo destino. Abandona la gran ciudad dejando allí los comienzos y las dificultades. Quiere dejarlo todo por un tiempo y reencontrarse consigo mismo en Santander. Son casi dos años de descanso, de casi desaparición. Algún pequeño concierto en las salas de la ciudad. Nada importante.

Pero en 2005 la chispa vuelve a prender y nace La noche americana, la segunda creación del sello independiente Varsovia!!! Records. El disco nace como un arrebato, un chaparrón en un periodo de larga sequía. Es el resultado de una vuelta a los orígenes. Un disco rockero, con mucho de Personal y el mismo olor a carretera que en Salitre48. La grabación se realiza tan sólo en once días, sacada de diferentes directos de la banda. Vuelven las guitarras eléctricas, y la producción corre a cargo del maestro Carlos Raya. Además, por vez primera, las canciones viajan a una de las cunas de la música, Nashville (Tennessee), para su masterización. No es un proyecto tomado a la ligera, eso sería faltar al compromiso que el propio Quique había establecido desde el principio.

Así, el rock se ve representado en temas como Alhajita o 73, pero sigue habiendo un hueco, como siempre, para el intimismo y la tristeza más melancólica en temas como Hotel solitarios o Días que se escapan. Quique sigue ganando adeptos con un nuevo trabajo independiente, y la presentación del disco a través de varios conciertos no tarda en llegar, pero esta vez sin Carlos Raya, que pasa a formar parte del grupo M-Clan.

Paso a paso y tema tras tema se llega muy lejos. El concierto es ya un todo que engloba cantante y público, como uno solo. Queda lo más difícil. El descanso parece que ha desaparecido, y con él sus efectos. Pero hay que seguir.

Puedes ser el rey, puedes ser un tipo de ley

La regularidad es una marca de clase para Quique González. Por eso en 2006 nace Ajuste de cuentas, quizá la apuesta más ambiciosa del cantante madrileño. El cansancio se hace notar, forzar la máquina al máximo para ser un cantante empresario pasa factura. Por eso la multinacional Dro Atlantic decide ofrecerle en 2006 una oferta prácticamente imposible de rechazar: además de la libertad total y absoluta para llevar a cabo sus ideas, Quique podría realizar un proyecto a la altura de los mayores artistas de la música. Sale a la venta Ajuste de cuentas, un CD acústico recopilatorio de sus mejores temas, además de cuatro novedades, como Caminando en círculos. El CD consiste en un grabación íntegra en Madrid el 2 de febrero de 2006.

La principal novedad es el DVD incluido en el álbum. Se trata del mismo concierto incluido en el CD, pero grabado y montado de una forma primorosa. Una puesta en escena magnífica unida a unas colaboraciones de auténtico lujo. Miguel Ríos, Jorge Drexler o incluso Bunbury.

Quique González es ya una realidad en el panorama musical español. El concierto sigue adelante, ahora más que nunca, de forma imparable. Un público totalmente entregado corea una tras otra todas las canciones. Más de cien gargantas dejan salir los sentimientos más profundos ante el hombre tímido armado con una guitarra. Se avecina el final de la actuación, pero todavía queda lo mejor.

La vida te lleva por caminos raros

Los focos se apagan, los músicos se van. Un hombre encima del escenario. Se hace el silencio absoluto, sólo algún murmullo de entusiasmo. Uno de los momentos más geniales de la noche. Una voz y los acordes de una guitarra que parece hecha a medida de las canciones. El momento más íntimo y, a la vez, el más valorado por el público. El artista se desnuda a través de su voz. Ya no hay cansancio.

A Quique le esperaban con los brazos abiertos los caminos -para él raros- de la fama. Pero no pierde por esto la regularidad. En 2007 sale a la venta Avería y redención #7. Este álbum representa el triunfo musical absoluto de Quique González. Es un disco lento, lo más íntimo hasta la fecha, con algún pequeño toque de rock, que pasa casi desapercibido. Canciones como La cajita de música o Doble fila dan fe de esto. El disco fue seleccionado como Mejor álbum nacional de 2007 en la revista Rolling Stone y como el quinto mejor del año según los lectores del suplemento EP3 del diario El País. Además, obtuvo el reconocimiento de la nominación a Mejor álbum de Rock en la 12ª gala de los Premios de la Música. Llegó también el reconocimiento en forma de asistentes a los conciertos, las entradas se agotaron en un gran número de teatros y salas de toda la geografía española. Y fueron más de 60 conciertos dentro del Avería y redención Tour.

Volvía a hacerse necesario un descanso. Por eso, a finales de 2008, el músico madrileño volvía al puro rock en forma de una serie de actuaciones para conmemorar el décimo aniversario de su carrera. Las canciones las escogían los fans mediante votaciones en la página web. Para cualquier otro, una celebración no debería relacionarse con el trabajo. Pero Quique no es amigo de las celebraciones. Y además no se toma lo que hace como un trabajo. Es una pasión.

¿Cuándo vas a venir otra vez por aquí?

Llega el final de un concierto majestuoso. La combinación de rock e intimismo ha conquistado por completo a un público que se ha ido entregando poco a poco. Los cientos de asistentes ya están pensando en el próximo concierto. El artista vuelve a quedarse sólo, los músicos ya se han despedido. Las luces han comenzado a encenderse.

Quique vuelve a tomar las riendas. Rompe el contrato con Warner Dro en 2009. Sabe lo que quiere hacer y sabe que va a hacerlo solo. Con lo ganado durante la última gira se va a Nashville. Desaparece del mapa. Viaja a los dominios del productor Brad Jones, uno de los más admirados por el cantante madrileño. Tras varios meses fuera de España y con los bolsillos prácticamente vacío Quique regresa con su última creación: Daiquiri Blues, un cóctel de deliciosa melancolía destilado en Nashville. Él mismo sonríe como hace ya 10 años cuando le preguntan por el título del disco: “Me gusta el Daiquiri, es alegre; pero yo le pongo el blues, la melancolía. Me parece un cóctel fabuloso. La melancolía no tiene que ser siempre triste”.

Vuelve la instrumentación reposada. El aliento contenido. Saborear dulcemente hasta la última letra de cada palabra. Delicadeza, musicalidad y un sonido más que limpio. Frases como: “Tengo que luchar con la cabeza y pensarlo con el corazón” (Tema Restos de stock), son un resumen perfecto de lo que ha sido, es y será Quique González.

El disco es un completo éxito, por primera vez las tiendas cuelgan el cartel de AGOTADO. Los conciertos son un éxito total, el Daiquiri Blues Tour da varias veces la vuelta a toda España agotando las entradas en todas las salas y teatros. Llegó la verdadera fama.

Al arder la rama, las estrellas ardieron también, y una vez en calma, me largué

Las luces están totalmente encendidas. El público canta la última canción, que ha quedado flotando en el aire. El cantante está sólo en el escenario. La sonrisa puede verse desde cualquier punto de la sala. Se da la vuelta. Ha terminado. De repente, un giro de cabeza, la sonrisa es todavía más grande. Alejado del micro, se lee en sus labios la frase mágica para levantar por última vez a un público totalmente entregado: “Una más”. Sin previo aviso empieza a sonar una última melodía.

Las primeras palabras de Vidas cruzadas casi se ven superadas por los gritos del público. La canción la canta casi entera la gran garganta que forman los asistentes. Quique sonríe. Con los ojos entornados, quizá por la emoción, parece al borde de la carcajada en varias ocasiones, pero todavía mantiene la concentración.

Durante dos horas, las vidas de un hombre que peleó por escribir y ser escuchado y las de un público que le ha regalado el placer de la fama por hacer lo que siempre quiso se han cruzado. Ya lo están echando de menos. Ya lo están esperando. Seguro que volverá -se dicen-, en el fondo, nunca ha dejado de ser el chico melancólico de mirada escurridiza que disfruta escribiendo y cantando.

Pero el backstage es demasiado pequeño como para pasar un rato largo ahí dentro. Hace una semana las ansias de muchos fans se tornaron realidad en forma de anuncio. Un anuncio sobrio, nada más. El nuevo disco ya está grabado, llegará en febrero y se llamará Delantera mítica. Parece que el concierto no ha terminado todavía, siempre queda un poco más de show. Que así sea y que Quique nos lo cante.