La beca Pedrerol

Los períodos de crisis ponen a prueba los nervios de los que los sufren. Obviamente, la entereza o, más coloquialmente, el “saber llevarlo” es lo que suele diferenciar actitudes en momentos complicados. Básicamente, los hay que pierden los nervios de forma moderada, dejando escapar algún que otro improperio, y los que -bien por ellos- aguantan mejor la presión. Si es cosa de ponerse más concretos podemos decir que “cada persona es un mundo” y todas esas frases que suenan a reviejo. Pero lo cierto es que hay un determinado tipo de individuo que reacciona francamente mal ante la presión. De esta especie se suele decir que “pierden la careta” al llegar las crisis. Demasiado ocupados en sudar, gritar y lamentarse -ordene el lector a su gusto-, destapan involuntariamente el tarro de sus esencias y todos los demás se ven abocados a soportar el olor como puedan.

Dentro de esta categoría, hay dos tipos. Los primeros son más difusos: cambian de opinión constantemente, no suelen aclarar sus intenciones y tienden a no dialogar con nadie. No voy a profundizar en este tipo porque no he venido hoy a hablar del Gobierno. El segundo tipo es más llamativo, más rock&roll: gritan, ordenan, su carácter se torna chulesco a cada palabra y, si la razón está situada en el 100, ellos creen tener el 200.

Tenemos la suerte de contar con un ejemplo reciente. Hace unos días, Josep Pedrerol, que pasaba por ese ser entrañable que intentaba dar una pátina de seriedad y sentido a todo un despropósito como Punto Pelota, también sucumbió a una crisis. Pero ni él mismo se imaginaba que la careta iba a hacer tanto ruido al caer.

Situémonos. Entra mal un “importante” rótulo sobre una encuesta en el programa Punto Pelota. Pedrerol, ejerciendo su inflexible rol de conductor del programa, interrumpe la seguramente muy interesante intervención de Siro López dispuesto a solucionar el entuerto. Les dejo con el solo de Josep Pedrerol.

“Hay un torpe”, y no se refería a nadie que estuviese delante de la cámara. Esto ya podría ser una novedad, pero Josep no se detiene. Es su noche, ha empezado el tsunami. Su impaciencia no para de crecer, hay alguien que es demasiado lento quitando la publicidad que hace posible la realización de su programa. Qué aberración. Y luego el derrumbe: “nos ha tocao un becario”.

Rayos y truenos. Los que están aquí, cobrando una mierda por hacer un “programa” a las tantas de la madrugada, han cometido un error. Y se habla entonces del equipo “vital/habitual” de Punto Pelota. Por un momento se le va a uno la imaginación y piensa en un montón de hombres y mujeres con batas blancas rodeados de máquinas de última tecnología, intentando dilucidar la encuesta de la noche: “¿Ha llegado el fin de ciclo del barça?” o “¿Quién te cae mejor, Cristiano o Messi?”. Ni un neurocirujano tiene tanta responsabilidad, oiga.

“Con todo el cariño, pero becarios no, ¿eh?, becarios no. Nunca más”. Sigo sin encontrarle el cariño a la frase, y eso que ya le he dado unas cuantas veces al botón de reproducir. En la cresta de la ola, Pedrerol mete un viraje digno de un maestro del surf y engancha tema con una pregunta a uno de los presentes.

“En Intereconomía yo no trabajo así”. Y se nota. Se nota desde el momento en el que los becarios se convierten en las cabezas de turco, y de forma pública. Desde el momento en el que un error que puede cometer cualquier otro se convierte en la mayor ignominia porque lo comete alguien que está aprendiendo. Alguien que probablemente tiene más ganas de trabajar y ganarse la vida que todos los que integran ese equipo juntos. Alguien que suele compaginar su trabajo con estudios y que las pasa canutas para llegar a fin de mes. Pero todo eso, “nunca más”.

A mí no me importaría un país de becarios. Gente que tenga ganas de sacrificarse aunque el objetivo esté lejos y muchas veces sea casi un imposible. Gente contratada para lidiar con lo que nadie quiere hacer y que muchos incluso entienden como una deshonra. Sin perder la paciencia ni arrojar la toalla. Nadie quiere hacer el trabajo de una cañería pero todo el mundo quiere que funcione. Esa gente es necesaria. Aguantando lo indecible para aguantar un poco menos el día de mañana. Personas que intentan transformar la utopía de la vida en una realidad. Tal vez con un país de becarios nos iría mejor, quién sabe.

La almohada de Pedrerol debe pensar algo parecido, y quizá por eso le susurró mientras dormía para avisarle de que no había estado fino. Y surtió efecto. Otro escenario, otros problemas. Un Punto Pelota especial desde Barcelona para apoyar a Tito Vilanova. Y Pedrerol que utiliza 13 minutos para pedir disculpas e intentar justificar su patinazo. Se sitúa como una especie de mártir al que poco le importa lo que la audiencia opine de él y sus métodos. Lo único que le importaba era no manipular a nadie con una encuesta errónea. Podríamos caer en el debate sobre si lo peor que hace su programa es manipular las cifras de una consulta  con un valor más bien bajo, pero mejor lo dejamos para otra ocasión.

Resulta que ni siquiera era becaria la muchacha. Cosas de la vida. Yo, que soy mucho de la esperanza, me quedo con lo reparador del descanso. Tal vez tenga razón Pedrerol con lo de las vacaciones y la reflexión. Sin preocupaciones, tómate tu tiempo Josep, que quizá tus ojeras han engordado de más. Por cierto, no te preocupes por tu puesto, hay un montón de becarios dispuestos a mantenerlo calentito.