Pasar página

La pérdida, en cualquiera de las formas en las que se manifiesta, es el estado perpetuo del ser humano. Las identidades de cada uno de nosotros se conforman alrededor de pequeños episodios de dolor, de sufrimiento, de luto. A la pérdida la sucede un ligero estado de asimilación que nos permite crecer hasta que nos estancamos y volvemos a perder. En el transcurso de cada uno de estos procesos, nuestro cuerpo se encoge y se arruga como si se tratase de papel mojado, y nos convertimos en seres vulnerables completamente expuestos a las inclemencias del universo, ese ente cósmico e incomprensible tan alejado de lo terrenal, de la esfera en la que encontramos nuestro pequeño rincón de comprensión. Cuando el cuerpo se desdobla, cuando recuperamos la compostura, ya nunca somos los mismos.

A veces, la pérdida llega como fruto de nuestro impertinente inconformismo, y muchas otras nos sorprende como un puñetazo en pleno estómago. En cualquier caso, de toda esa serie de procesos se extrae siempre un aprendizaje, y así, unos más rápido que otros, vamos madurando hasta comprender una cosa que nunca habríamos querido llegar a entender: la verdad no se reduce simplemente al hecho de que existen cosas en la vida que no podemos controlar, sino que se extiende a un nivel superior. No hay nada que podamos controlar más allá de a nosotros mismos. Y muchas veces ni eso.

Alrededor de este concepto dibuja su hermosa parábola The Leftovers, la última gran serie de culto producida por la HBO que ayer lunes llegó a su fin tras tres temporadas en las que Damon Lindelof -creador de Lost– y Tom Perrotta, autor de la novela en la que se inspira la serie, han creado un pequeño universo literario para explicarnos una serie de cosas sobre todo aquello que no entendemos de nuestras vidas. La explicación, de hecho, llegó pronto, y es que lo más probable es que simplemente deban existir esas cosas para hacernos mantener la perspectiva. Hay cosas que nunca podremos entender, y quizá sea mejor así. Al fin y al cabo, la vida no estaría tan viva si no hubiese nada de misterio en ella.

La premisa de The Leftovers es sencilla y demoledora: un buen día, sin explicación previa, desaparece el 2% de la población mundial. ¡Puf! Ya no están. A partir de ahí, el 98% restante debe enfrentarse a dos cuestiones fundamentales. La primera, aprender a vivir sin las personas que se han ido. La segunda, aprender a vivir sin entender por qué se han ido. Entre esta serie de desapariciones y la muerte apenas existe mayor diferencia que el hecho de que funcionasen de forma simultánea, como un fenómeno mundial. Por lo demás, sus consecuencias son las mismas. Sin embargo, después de dos milenios y medio de filosofía y pensamiento occidental, la sociedad ha llegado a asumir, casi por derribo, que la muerte es parte de la vida. Quién sabe qué pasaría si la gente siguiese desapareciendo sin más durante otros dos milenios. Quizá también acabaría siendo algo normal, ¿no?

El retrato psicológico que realiza de las personas que permanecen en la tierra –remanentes– es uno de los puntos fuertes de la serie. Para ello, se ampara en cuatro personajes fundamentales: el jefe de policía, una psicóloga, un sacerdote y una mujer que acaba de perder a toda su familia. Y ahí entra en juego el asunto de la condición. Cada uno se enfrenta a la pérdida de un modo distinto, agarrándose a aquello que más tranquilidad de espíritu le reporta. A menudo resulta sencillo ser crítico con los caminos elegidos por los demás para hacer frente al mismo acontecimiento, pero lo cierto es que no existe ninguna manera correcta de sobrellevar el dolor. No existen medicinas ni tratamientos especiales. Simplemente se camina sobre él, con los pies sobre los clavos, hasta que deja de doler. Y es importante recordar una cosa: que haya dejado de doler no implica que los clavos dejen de estar debajo de tus pies.

Primero alrededor de Mapleton y después alrededor de Jarden, Texas –Miracle-, las personas se remueven y se reúnen buscando lo mismo, con el mismo objetivo: pasar página. Pero, ¿qué es pasar página? Alrededor de este concepto existen también numerosas teorías, a menudo enunciadas en lo que podríamos denominar EL REFRANERO POPULAR o algo por el estilo. Todo el mundo tiene su opinión al respecto y, como suele ser frecuente, no todas las opiniones son igualmente válidas. La mayoría de ellas, de hecho, se invalidan a sí mismas por resultar profundamente carentes de empatía. Es imposible que una persona que atraviesa un estado emocional delicado escuche o asuma unas palabras que llegan sin empatía, con la frialdad de encontrarse por completo fuera de la situación que está sufriendo. Esas palabras el cerebro las recoge, las ridiculiza y las lanza a la papelera.

Sin embargo, en The Leftovers la empatía es casi una asignatura obligatoria, y es que en el universo de Lindelof y Perrotta casi todo el mundo ha perdido algo. La vida ya no es como antes, y no lo es para nadie. En ese estado de excepción, incluso las actitudes más irracionales son tomadas como lógicas, y nadie reprocha a nadie el hecho de no ser capaz de pasar página. Lo normal, de hecho, es no poder hacerlo. Así que todo el mundo le da la vuelta a la situación. Si pasar página es imposible, ¿cuáles son las opciones? ¿Se reduce la vida entonces a un constante llanto por lo que quedó atrás? La respuesta a estas preguntas, una vez más, vuelve a ser un rotundo e implacable NO.

Lo que nos cuenta The Leftovers es tan crudo y doloroso como profundamente bello. Si cada proceso de pérdida es una oportunidad para el aprendizaje, en el universo de las desapariciones todo se acelera y, si quieres vivir en este mundo, en el de la gente que se ha quedado aquí, no tienes otra opción que redefinirte y prepararte para seguir viviendo. Pero la belleza radica en el modo que los personajes de The Leftovers eligen para hacerse fuertes. En un mundo echado a perder, en el que nadie se encuentra a sí mismo, ellos deciden no encerrarse. La única forma de vivir, de estar realmente vivo, es hacerlo exponiéndonos a los demás. Es dejando que el amor se filtre en nuestra sangre, no repeliéndolo por miedo a la pérdida.

Perder a las personas que queremos es una cuestión igualmente inexplicable e inevitable. Pero eso no significa que vayamos a dejar de quererlas. No lo digo yo, lo dice The Leftovers: no es cuestión de pasar página, sino de mantener siempre el libro abierto. Es la única forma de seguir escribiendo.