El silencio tras Manchester

Una forma un tanto general de clasificar las películas es entre aquellas que nos gustan por causas que podemos explicar y aquellas que nos hacen sentir. La trayectoria de un director, la fotografía, el guión o cualquier otro aspecto técnico que en ningún caso provoca el silencio inexplicable pero necesario tras salir de una sala de cine. ‘Manchester frente al mar’ (2016) no tiene nada que comentar, al menos no durante las primeras horas después de haberla visto. Apenas tiene diálogos por los que discutir ya que los momentos más importantes discurren prácticamente sin palabras, con tan solo miradas y emociones que hacen desaparecer la distancia que separa la pantalla del espectador. Consigue el silencio que otros ni se proponen.

Uno de esos instantes, uno de los más importantes del filme y que es capaz de concentrar todo el contenido de la película, transcurre en tan solo cuatro minutos (los he contado). Se trata de una conversación que comienza con “No tengo nada que decir” y no logra terminar ninguna de las siguientes frases. Dos personas se encuentran después de mucho tiempo. Se quisieron y quizás aun se quieren aunque se han olvidado de lo que implica ese sentimiento. Nada de eso ha sido contado previamente, pero lo sabemos. Esos cuatro minutos son casi la totalidad de tiempo que aparece en pantalla Michelle Williams y esos cuatro minutos le han valido una nominación a los Oscar en la categoría de mejor actriz.

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Este fenómeno se repite en varias ocasiones en las dos cortas horas de película. Desde el primer momento la expresión del protagonista, interpretado por Casey Affleck, nos cuenta todo lo que necesitamos saber: algo horrible ha sucedido y la vida fluye sin descanso al ritmo de las olas del mar que baña el pueblo de Manchester. El hermano de Ben Affleck sufre la muerte de su hermano ficticio al inicio de la película, uno de los múltiples dramas que son inmunes al humor que surge con sorprendente frecuencia. Esta búsqueda incansable de la sonrisa es la forma que tiene de destrozarnos por dentro.

La carga de la historia original no pierde ninguna fuerza, ni se pierde en su intento. No se explota la emotividad, ni presenta a los personajes. Se van conociendo a lo largo de la película porque se parecen a la vida. Lee, Casey Affleck, se oculta en una cárcel creada por él mismo y no comprende por qué nadie se la ha impuesto. Se aleja de Manchester, un pueblo americano sin mucho pasado pero que se empeña en crear su propia historia con la perpetuación de los juicios emitidos a sus habitantes. Se va para trabajar arreglando los “problemas domésticos” de los demás, su verdadera tarea pendiente. Este guión que emite y que provoca la articulación de tan pocas palabras es, sin embargo, digno merecedor del Oscar. No solo por su originalidad. La historia vista con frialdad no es más que una serie de desgracias que acaban por arruinar la vida de una persona, sino la sucesión de los acontecimientos. El no saber qué ha pasado, pero intuir que algo horrible y chocar con que lo real es mucho peor de lo esperado.

Las críticas ayudan en aquellas creaciones que explotan recursos, que despilfarran millones para hipnotizar al espectador con efectos. Funciona y tiene mucho valor, pero no es el caso de ‘Manchester frente a mar’. Con 8,5 millones de presupuesto, la segunda que menos ha necesitado de las nueve nominadas a mejor película, consigue una narración que apela a todos los sentidos. Consigue que ningún análisis sea más fiable que la propia proyección de la película. Algo que muchos habían olvidado y que, por suerte, este año se ha conseguido recuperar.