‘Silencio’, más que nunca, de Scorsese

A estas alturas, Martin Scorsese no tiene nada que demostrar a nadie. Lo cierto es que es un poco triste el hecho de que un cineasta del descomunal talento del neoyorquino haya tenido que demostrar algo alguna vez, como si su cine no fuese suficiente aval de su capacidad para hacer bien las cosas. Pero Hollywood es así. De hecho, Scorsese ha vivido vilipendiado en cierta medida por los académicos, que decidieron, en 2006 -tarde, mal y arrastrándose-, ceder finalmente ante su calidad premiando a Infiltrados, como si eso fuese recompensa suficiente para el que probablemente es el director más innovador y con mayor peso de los últimos cincuenta años. Aunque la verdad es que lo más probable es que eso a Scorsese no le importe lo más mínimo.

El italoamericano es un director lleno de manías y de defectos teóricos que, con el tiempo, ha convertido en virtudes de su sello personal: los excesos en el empleo de la voz en off, una propensión temeraria hacia la incorrección política en sus contenidos y el hecho de hacer siempre cine únicamente sobre las cosas que le interesan. Nunca por encargo. Nunca por obligación. Nunca por servir a un bien superior. Siempre sirviéndose a sí mismo con un egoísmo casi reconfortante, el egoísmo que permite ver en cada una de sus secuencias el reflejo de la pasión con la que afronta cada uno de sus proyectos. Scorsese trabaja como lo hacen los genios: huyendo de todo academicismo pero haciendo que todo su cine sea el origen de nuevos estilos académicos.

La verdad es que todos los trabajos que dirige Marty son proyectos de fe. Pero con Silencio la cuestión sobrepasa los límites de lo literal y lo figurado. Scorsese leyó Silencio: la aventura de los jesuitas en el Japón del siglo XVII y desde entonces se le metió entre ceja y ceja -y sus cejas son gruesas, de las que no dejan escapar cosas- la idea, o más bien la necesidad, de trasladar la historia de Shûshaku Endô a la gran pantalla. El problema era que la historia que contaba Endô tenía dos características muy poco cinematográficas: era lenta y profundamente reflexiva. Además, trasladarla al cine conllevaba afrontar un monstruoso proyecto de producción, un tipo de proyecto de los que en Hollywood no se financian demasiado a menudo.

Las breves apariciones de Liam Neeson absorben por completo al espectador.

Las breves apariciones de Liam Neeson absorben por completo al espectador.

Afortunadamente, a Scorsese le fue bien. Continuó haciendo películas y éstas continuaron siendo brillantes sin excepción, y, pasada ya la séptima década de su vida, finalmente encontró la oportunidad de rodar Silencio. El resultado no puede ser más revelador e impresionante. La cinta resultante, que se queda cerca de alcanzar las tres horas de metraje, es el apasionante viaje a través de la moral occidental que su director absorbió del libro. Silencio supone el clímax de la carrera de Scorsese en términos de producción, culminando el ascenso irrefrenable que ya está patente en otros proyectos de vida como Uno de los nuestrosLa última tentación de Cristo Gangs of New York. Su implicación en la historia narrada por Endô ha provocado que incluso se encargase él mismo (junto a Jay Cocks, quien ya escribió para él Gangs of New York La edad de la inocencia) de la adaptación del guion a la gran pantalla, algo que no hacía desde Casino, hace más de 20 años.

El desarrollo argumental de la película es aparentemente sencillo. Dos jóvenes sacerdotes jesuitas de origen portugués (Andrew Garfield y Adam Driver) viajan a Japón en pleno siglo XVII, cuando el catolicismo era perseguido en el país asiático, para buscar a su mentor, de quien se dice que ha apostatado y se ha convertido al budismo, la religión imperante. El personaje principal, un Sebastiao Rodrigues magníficamente interpretado por Andrew Garfield, encarna a través de todo ese viaje cada una de las debilidades y fortalezas consecuentes del arraigo hacia una religión concreta. Scorsese toma distancia para explicar las desavenencias entre cristianismo y budismo y se muestra especialmente crítico con la intolerancia, quizá el elemento alrededor del que gira el film al completo.

Garfield muestra una interpretación llena de prismas y profundamente sensible, pero en ningún momento se convierte en protagonista por encima de la reflexión que baña la película. Rodrigues es un elemento vehicular de lo que Scorsese nos quiere contar, y el mérito del intérprete norteamericano es funcionar como un salvoconducto limpio para todo este coro de sensaciones. El trabajo en la dirección de fotografía de Rodrigo Prieto colabora en este sentido, trabajando movimientos de cámara y encuadres de suma belleza pero también de absoluta pulcritud y perfeccionismo, dotando a la película, a nivel visual, de una total transparencia emocional y una sensación constante de ahogo y represión, como si Scorsese pretendiese encerrarnos en su jaula y conectarnos directamente con su visión del conflicto.

Rodrigues encuentra en Kochijiro el significado del perdón.

Rodrigues encuentra en Kochijiro el significado del perdón.

La edición de sonido es fundamental para comprender la belleza estética de Silencio, ya que a través de ella y de sus múltiples silencios -la película carece de banda sonora de ningún tipo- Scorsese busca comunicar más de lo que lo hace con su propio guion, que solo en ciertos momentos se convierte en absoluto protagonista del film. Uno de ellos es, sin duda, la secuencia de la primera aparición de Liam Neeson en pantalla, quien encarna al mentor de Rodrigues, el padre Ferreira. La presencia envolvente de Neeson y el vertiginoso diálogo en el que ambos se introducen resultan hipnóticos por sí mismos más allá de todos los instrumentos estéticos que Scorsese saca a relucir en cada plano. Mención aparte merece la escalofriante interpretación de Issei Ogata como el Inquisidor Inoue, que en cada una de sus apariciones resulta absolutamente absorbente y perturbador.

Rodrigues experimenta, al igual que el espectador, el pavor con el que vivían los japoneses católicos en el siglo XVII, y se ve obligado a reducir todos sus conceptos a cuestiones de lógica fundamental, viéndose a menudo obligado a elegir entre la fe y la vida, pese a lo absurda que pueda llegar a resultarle la necesidad de plantear ese debate. De la superioridad moral de la religión nace el personaje de Kochijiro (Yôsuke Kubozuka), un personaje profundamente humano y, en consecuencia, profundamente miserable ante los ojos de los grandes jueces. Pero Rodrigues aprende, igual que aprendió Scorsese, que en Kochijiro hay más de nosotros de lo que hay en ningún dios. Kochijiro no se rinde ante sus propias convicciones, sino que se rebela y lucha por mantenerse en pie. Kochijiro huye del silencio.

Es difícil juzgar una obra de la magnitud de Silencio en virtud a criterios puramente cinematográficos, aunque lo cierto es que sobreviviría a ese juicio y lo haría con nota. El proyecto de vida y de fe de Martin Scorsese huye de ser un producto y de hecho no lo es. Carece de fórmulas y renuncia a ser objeto de ocio o entretenimiento. Silencio está hecha para inspirar, y dentro de ella contiene toda la belleza que el cine puede ofrecer, ya sea con imágenes, ya sea con palabras, ya sea con silencios. Qué más se puede decir, si hay gente que muere abrazando sus convicciones, por mucho que de vez en cuando el mundo les pida a gritos que las dejen de lado. Brindemos por esa gente.