Cineuropa 2016: El último verano

El primer largometraje de Leire Apellaniz, que arrastra sobrada experiencia en el mundo audiovisual habiendo trabajado como productora y también como ayudante de dirección en múltiples proyectos, es ante todo una historia cargada de realidad. Hablamos de un hombre común, Miguel Ángel, un pequeño empresario que está viviendo como su negocio, con treinta años de historia, está siendo devorado por los avances tecnológicos.

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En este caso, el protagonista se dedica a la organización de proyecciones veraniegas al aire libre, aunque lo cierto es que en el panorama actual hay muchos gremios que se podrían ver ilustrados en él. La triste historia de este hombre, es la de muchos otros, a los que un gran cambio les ha pillado en medio y se los está cobrando como daños colaterales. La nueva tecnología de los proyectores digitales no está al alcance de todos los bolsillos y los proyectores analógicos y películas de 35 mm. no parecen ser válidas en los tiempos modernos de Miguel Ángel.

La fijación en los detalles del proyector analógico, de las películas rodando por los carretes y la música de estos al ponerse en funcionamiento en primer plano sonoro, parece ser un homenaje, una despedida por todo lo alto, al formato y al costoso trabajo de los operadores de cabina que el señor Alfredo nos enseñaba en el Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore y que ahora, sin embargo, parece haberse quedado atrás. En la pantalla el espectador ve cada vez películas más costosas, con más efectos especiales y con más trabajo de postproducción en general, mientras que el trabajo realizado tras el proyector se limita cada vez más a conectar una memoria USB y darle al play.

Es una película bonita de ver, precisamente por evitar los paisajes de colores brillantes y las ornamentaciones innecesarias que estamos hartos de ver en pantalla, para fijarse en los detalles y las imperfecciones que nos rodean y que suelen pasar desapercibidos. Ilustra así Apellaniz una dura crítica al mundo cambiante actual y especialmente a la industria en la que lleva más 16 años trabajando y en la que justos cobran por pecadores. El futuro de los pequeños empresarios cinematográficos es incierto, tanto de aquellos que, como Miguel Ángel, se dedican a la proyección, como de aquellos pequeños productores y directores que cada vez se mueven en un círculo más cerrado bajo el eclipse de la parte más brillante, ostentosa e impresionante de una industrial en la que solo las compañías más grandes viven bien.

Sin duda, ha sido una buena decisión por parte de esta nobel directora estrenarse hablando de algo que realmente le importa y le toca de cerca. Es una película que invita a la reflexión, pues cuando se encendieron las luces y salí de aquella sala, aún no era consciente de todo lo que se escondía detrás de Miguel Ángel y su pequeño negocio. Sin embargo, la mosca se quedó detrás de mi oreja obligándome a pensar sobre el tema. Vivimos en una época que será estudiada como un tiempo de grandes cambios y sé, que como persona que ha nacido a mediados de los años noventa, que debería estar a favor de que la tecnología nos haga la vida más fácil, pero no puedo evitar sentir cierta pena al pensar que nunca veré una película rodar por los carretes de un proyector si no es, irónicamente, en una pantalla proyectada de forma digital.