Cineuropa 2016: Dog Eat Dog

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La fama de Paul Schrader tiene mucho que ver con la maestría con la que Martin Scorsese supo recoger sus guiones malhablados, suburbanos y sucios para convertir Taxi Driver Toro Salvaje en dos obras de suma elegancia y desmedida fuerza narrativa. Sin embargo, su carrera alejado del cobijo del extraordinario talento de Marty ha dejado mucho que desear. Su mejor obra como guionista y director es, sin duda, Aflicción, el thriller protagonizado por Nick Nolte en los 90 que incluso llevó a James Coburn a ganar un Oscar. Por lo demás, su filmografía como realizador, más allá de ciertas obras de cierta calidad, se mantiene alejadísima de la exuberante demostración de facultades que supuso escribir un guion de la vigorosa fuerza del de Taxi Driver.

Sin embargo, de un cineasta con este pasado siempre cabe esperarse algún destello de talento. Dog Eat Dog, desafortunadamente, no disfruta de ellos en exceso. El propio Schrader se desentiende por completo del área en la que más destaca -el guion- para centrarse en un trabajo de dirección que resulta insustancial y a veces incluso cargante, dando por hechas unas pretensiones a las que el film nunca puede llegar. El libreto, firmado por Matthew Wilder, es pobre a la hora de introducir a los tres personajes principales, tres exconvictos aterrorizados por la idea de volver a la cárcel pero con la necesidad casi visceral de mantenerse ligados a la vida criminal. Las introducciones a sus personalidades resultan banales, aunque no por falta de esfuerzo al buscar explicar todas las aristas de cada uno de ellos. Resulta incluso pedante el modo en que se obliga al espectador a temer al personaje interpretado por Willem Dafoe, un hombre hacia el que, sin embargo, solo es posible sentir una profunda lástima.

Los tres delincuentes lastimeros se ven inmersos en una trama argumental de lo más absurda: su contacto en la mafia de la ciudad les encarga el trabajo de raptar al bebé de uno de sus rivales para marcar territorio, y las cosas les salen todo lo mal que podían salir. No es de extrañar, al tratarse de tres criminales tan simples y, en cierto modo, idiotas, aunque empeñados en transmitir un aura de misticismo y una oscuridad que terminan por convertirse, en alguna que otra ocasión, en un sentimiento tan diferente como la repugnancia. Es imposible que un personaje produzca más pena al espectador de lo que lo hace Diesel, interpretado de forma inexpresiva por Christopher Matthew Cooke, en la escena de la habitación junto a la chica a la que ha conseguido ligarse. Ella le pregunta si está familiarizado con la obra del músico Elliott Smith y él no solo rehuye la cuestión, admitiendo que no sabe mucho acerca de nada, sino que rápidamente se pone a la defensiva y le pregunta si lo trata con superioridad por el hecho de que ha estado en la cárcel. A partir de ahí todo se desmorona para el pobre Diesel. El hecho de humanizar a sus criminales es habitual en Schrader, aunque lo cierto es que en este caso los desnaturaliza: los convierte en caricaturas de sí mismos, en seres sin convicciones y llenos de apatía. Y lo peor de todo es que esa no es ni mucho menos su intención.

A nivel visual, busca aproximarse a la psicodelia en tanto eso le permita huir del clásico cine de acción seco y barriobajero, un género a la que la novela en la que está inspirada el film, escrita por Edward Bunker en el 1995, se adscribe de un modo casi simbiótico. De sus excesos visuales y la imperiosa necesidad de dotar de modernidad a una historia de perdedores mediocres, buscando convertirlos en una suerte de refinados gángsteres con una temible experiencia a sus espaldas, hace que la película resuene como un artificio plagado de falsedad, incapaz de diseccionar a sus propios elementos y culminándose a sí misma con la construcción trillada del personaje central, interpretado de un modo que transpira resignación por Nicholas Cage, quien parece estar igual de frustrado que el espectador ante la soberbia inutilidad de sus dos partners in crime.

Cage se esfuerza por dotar a su Troy de una carga emocional y un doble fondo moral que en ningún momento llegan a salir con la fuerza necesaria a la superficie, sino que más bien se esconden cada vez mejor a medida que avanza el metraje de la cinta. El resultado de todo ese cóctel de indecisiones y medias tintas es un producto tibio, de dudosa capacidad para el entretenimientoDog Eat Dog no es, ni mucho menos, un triunfo de Schrader, sino que este pretendido acercamiento al cine de acción indiepop lo desvirtúa por completo, arrancándole su esencia, la del tormento y la soledad genuina.