Qué bonito es ser de Independiente del Valle

Independiente del Valle se ha convertido en mi nuevo equipo de fútbol favorito. Y lo ha hecho porque este club ecuatoriano me hace sentir cosas. Creo que la belleza de las cosas reside, valga la redundancia, en que te haga sentir cosas. Y la belleza del fútbol reside, por ende, en eso mismo. De hecho, soy un defensor acérrimo de la idea de que la esencia del deporte trasciende a la dicotomía victoria/derrota, de que su belleza etérea va más allá del factor tangible del resultado. De que al final, lo que te llevas, lo que realmente perdura, es lo que te hace sentir.

Creo que no he visto más que un par de partidos de Independiente del Valle en mi vida, pero han sido lo suficientemente sugestivos para que se convierta en mi equipo favorito de todo el mundo mundial a 9 de julio de 2016. Os pongo en situación. Eran las tres y pico de la madrugada del miércoles al jueves, cuando recordé que esa misma noche se disputaba el partido de ida de semifinales de la Copa Libertadores entre el ya mencionado equipo ecuatoriano y Boca Juniors. Y me puse a verlo. Mi apoyo incondicional iba para los locales, porque Independiente del Valle desprende puta magia. Es un equipo débil en comparación con los colosos del continente, pero ya ha dejado en el camino, en dos eliminatorias épicas, a River Plate y a Pumas de la UNAM. Y se han plantado en semifinales, y donde probablemente se despidan de la competición, pero después de lo conseguido hasta ahora, tienen licencia para soñar con convertirse en ganadores de la Libertadores.

Independiente del Valle ha eliminado a River Plate en octavos y a Pumas en cuartos. En ambos casos venció el encuentro como local y perdió como visitante.

Lo cierto es que apenas conozco a cuatro o cinco jugadores de Independiente del Valle. Y tampoco me ha hecho falta nada más para establecer con ellos este vínculo emocional que se ha creado mediante vete tú a saber qué proceso químico. La fascinación que me produce el equipo ecuatoriano, asunto relevante el siguiente, es mucho mayor cuando juega en casa. Su feudo, el Estadio Rumiñahui —¡cómo no va a ser genial un equipo que juega en un estadio con ese nombre!—, de la ciudad de Sangolquí, en la provincia de Pichincha, está a 2500 metros de altitud, un aspecto supuestamente muy ventajoso para Independiente y lo que viene siendo una putada para el conjunto visitante. Lo cierto es que no veía tanta influencia en este aspecto desde aquellos años en los que el inexpugnable El Sadar convertía a Osasuna en un rival imbatible cuando jugaba en casa.

Digresiones aparte, Independiente del Valle es un club apasionante porque no tiene miedo de nadie. Les da igual jugar contra un Boca Juniors comandado por Carlos Tévez, que ellos van a buscar la victoria con el balón como protagonista principal. En un continente en el que el juego directo, con muchos balones colgados y numerosas disputas aéreas, es el estilo predominante, el espectador medio agradece bastante que existan equipos, como Independiente, que tratan bien el esférico.

Empecé a ver el partido tras el descanso, cuando el marcador reflejaba un 0-1 a favor de Boca. Pero la sensación era de que Independiente dominaba el partido. Apenas se había sobrepasado la hora de partido cuando, tras una buena jugada, los locales empataban el partido. Y yo grité un “¡vamos!” con el puño en alto. En ese momento uno se pregunta qué cojones le pasa en el hipotálamo para celebrar de forma efusiva un gol de Bryan Cabezas a las cuatro y media de la mañana mientras engulle un bocadillo de queso de Philadelphia con fuet* —juro que esto es verídico—. Supongo que todos hacemos locuras alguna vez en la vida. El tanto de la igualada, además, supuso un punto de inflexión en el encuentro, pues el dominio de Independiente ya no fue sólo latente sino también patente. Se mascaba la remontada.

La remontada en la segunda mitad permite a Independiente soñar con clasificarse a la final de la Copa Libertadores. Es la tercera vez que disputa la competición continental; en las dos anteriores quedó eliminado en fase de grupos

Y ésta llegó, porque hay días en los que las cosas acaban bien. A poco más de diez minutos para el final, el ‘Tín’ Angulo, que es un buen delantero, pero que no destaca precisamente por tener una técnica especialmente pulida, dejó un magnífico toque para dejar sentados a los dos centrales de la xeneize y, posteriormente, anotar el 2-1. La excitación alcanza el paroxismo, que bulle en mi interior con fuerza, pero me abstengo de exteriorizarlo, por eso de que van a ser las cinco de la mañana, y me limito a saborear el momento en silencio.

El 2-1 fue el resultado definitivo, pero aún hubo tiempo para más. Azcona, portero local, intentó regatear a Tévez, perdió el balón y la jugada no acabó en gol porque se alinearon diecisiete planetas y cuatro meteoritos. Aunque a decir verdad, Azcona está hecho a imagen y semejanza de su equipo, aleatorio e imprevisible, que de tan atrevido que es siempre acaba rozando la temeridad. Es algo inevitable, forma parte de la idiosincrasia del equipo, de su propia esencia.

Independiente sueña con alcanzar la final de la Libertadores, pero la diferencia de un único gol provoca que Boca, en casa, ostente el favoritismo para lograr el pase. No obstante, los ecuatorianos tratarán de resistir. Pase lo que pase, lo que está claro es que será un partido no exento de toneladas de épica.

*El bocadillo de Philadelphia con fuet lo estaba comiendo yo, no Bryan Cabezas, que me he percatado de que la frase puede resultar un poco ambigua y causar confusión.

Fotografía de portada: ©API