Historia de una ciudad sin esperanza

Chicago era una ciudad con esperanza. En los bares se comentaba la noticia: el salvador estaba en camino. Un viejo conocido regresaba para devolverles la luz, ausente desde hacía años. Las viejas formas, férreas y antipáticas, dejaban paso a las sonrisas y la ilusión. Ya lo decía la prensa. El “complemento perfecto” había llegado. Y es que el equipo predilecto de la ciudad, Chicago Bulls, había dado un giro que parecía llevar directamente a las Finales de la NBA. El conservador Tom Thibodeau, acostumbrado a un estilo correoso pero sorprendentemente efectivo (al menos en temporada regular) había sido despedido. Su lugar lo ocuparía Fred Hoiberg, exjugador de la franquicia y entrenador de prestigio en la universidad. La disconformidad latente de una relación que no funcionaba dio paso a un sueño que, diez meses más tarde, ya se ha convertido en pesadilla.

Y es que los cambios no siempre son buenos… ni fáciles. Todo parecía encajar en un principio: la plantilla de Chicago, a pesar de tener un enorme potencial defensivo, daba la sensación de poder ofrecer más alternativas en ataque, sobre todo con la llegada la pasada temporada de jugadores de la versatilidad de Pau Gasol y Nikola Mirotic. Sí, el equipo mejoró en ataque. Pasó de anotar una media 100.8 puntos por partido a 101.2. Un diferencial testimonial que deja claro que no ha habido ningún tipo de mejoría: el equipo se muestra errático y, más allá de los destellos puntuales de sus jugadores, no parece encontrar una armonía ni un estilo definido. Donde sí encontramos una diferencia es en defensa: de los 97.8 encajados en la temporada 2014/15 pasaron a los 102.9 de la presente. Si lo comparamos con los 91.8 de la temporada 2013/14, cuando los Bulls fueron el equipo que menos puntos recibió de la NBA, la decadencia pasa a ser de otra magnitud. No ha habido mejoría ofensiva, pero la decadencia defensiva ha sido total.

Fred Hoiberg no ha sabido conectar con la plantilla | ©CSN Chicago

Fred Hoiberg no ha sabido conectar con la plantilla | ©CSN Chicago

Muchos echarán de menos a Tom Thibodeau, un entrenador antipático pero con un plan definido que demostró ser más que efectivo hasta la durísima lesión sufrida por Derrick Rose. A día de hoy es imposible distinguir qué buscan los Bulls. No hay una personalidad clara. No hay un estilo de juego que se mantenga a lo largo de la temporada. Ha desaparecido incluso la garra de tiempos pasados cuando, liderados por Joakim Noah, luchaban cada posesión como si fuese la última. El récord del equipo durante aquella travesía por el desierto era mejor que al actual 39-39, pero en el terreno de las sensaciones la diferencia es abismal. Perder el rumbo no es el final. Éste sólo llega cuando no hay esperanzas de volver a encontrar camino. Desahuciados virtualmente de los playoffs, parece que los Chicago Bulls forman parte del grupo de aquellos que se han rendido.

Y es que los Bulls son el noveno equipo de la Conferencia Este, inmediatamente por detrás de Detroit Pistons, equipo igualmente gris pero mucho más efectivo. Los de Hoiberg se encuentran con un récord de 39-39 a falta de cuatro partidos, mientras que los Pistons tienen sólo tres jornadas por delante para defender su 42-37. Es posible que Detroit perdiese los tres enfrentamientos que le restan (Washington, Miami y Cleveland), pero no parece el momento más propicio para que los Bulls encadenen las cuatro victorias consecutivas que necesitan. La regularidad del equipo ha sido terrible: tan solo han conseguido cuatro victorias consecutivas en tres ocasiones esta temporada, siendo de seis partidos su mejor racha positiva. Los rivales tampoco acompañan: Miami esta noche, Cleveland, New Orleans y, para terminar, un duelo contra Philadelphia que amenaza con ser totalmente irrelevante. La alternativa de adelantar a Indiana, con un 42-36, parece todavía más inviable: bastaría con que venciesen a Toronto, Brooklyn, Milwaukee o Knicks para asegurar su plaza.

Jimmy Butler y Derrick Rose siguen intentando (sin éxito) encontrar la forma de coexistir en la cancha | ©NBC Sports

Jimmy Butler y Derrick Rose siguen intentando (sin éxito) encontrar la forma de coexistir en la cancha | ©NBC Sports

Dando por hecho que la clasificación es a día de hoy un sueño inalcanzable, sólo queda analizar las causas de esta catástrofe deportiva. El principal problema es que el equipo es el fiel reflejo de su entrenador: está falto de confianza y de consistencia. Si de algo se ha acusado a Fred Hoiberg desde su llegada a Chicago ha sido de tener una personalidad débil que le impide imponer su visión del juego a sus juegos… y aparentemente a sí mismo. Como ya decía antes, los Bulls no encadenan rachas positivas a lo largo de la temporada, pero también les cuesta tener momentos de brillantez continuada dentro de los propios partidos. Hay destellos aquí y allá (es imposible que no los haya con Rose, Gasol o Butler sobre la cancha), pero rara vez hay una continuidad y una armonía entre todos los integrantes del quinteto. La falta de química entre el entrenador y sus jugadores se puede palpar en cada partido. Si no hay un plan de juego que contraponer al del rival, lo más seguro es que el oponente asuma un papel dominante y convierta al que duda en un juguete roto.

Del anterior problema estructural se desprende otro de alcance más personal: la capacidad para coexistir de un Derrick Rose venido a menos y un Jimmy Butler que se intenta adaptar a su condición de estrella. La que podría ser una pareja exterior letal se ha convertido más bien en una asociación inoperativa entre dos jugadores de gran talento que no acaban de encontrar la forma de aprovechar sus capacidades. Lesiones aparte, las dos figuras de los Bulls han compartido cancha en 53 partidos esta temporada, dejando un escaso balance positivo de 28-25. Se ha hablado de la ausencia de química, algo que ambos jugadores intentan negar, como la causante de esta situación. No es fácil para un MVP ver cómo, mientras se recuperaba de una lesión terrible, un joven emergía para ocupar su lugar. Los rumores de que la dirección quiere traspasar a Jimmy Butler se compaginan con el fin del contrato de Rose al final de la próxima temporada. La franquicia parece haber tirado ya la toalla con respecto a este tándem.

Los resultados son claros; el naufragio, absoluto

Y es que más vale un entrenador rocoso y con una idea definida del juego (aunque esa idea no guste a los propietarios) que uno tibio y maleable que no es capaz de ofrecer una mínima consistencia. La dirección de la franquicia cometió hace dos años el error de obligar a Thibodeau a jugar de una forma diferente a la que estaba acostumbrado comprando jugadores que no se adaptaban a su estilo. El cambio no resultó y fue el entrenador el que cargó con todas las culpas. Para ahondar en ese cambio se confió en Fred Hoiberg. Los resultados son claros; el naufragio, absoluto. Le robaron al equipo su alma y la posibilidad de forjar un destino acorde a sus posibilidades. Por el camino también se dejaron la ilusión de una ciudad volcada con su equipo… y la esperanza de recuperarla.