Prohibido el paso: amianto

Las horas de trabajo en las astilleros acabaron de la peor forma posible. Una manipulación continuada del amianto, sin protección, hizo que naciese un denominador común para toda una generación de ferrolanos. Los síntomas no aparecieron de forma rápida y fácilmente asociable a una causa, sino que llegaron paulatinamente, discretos, sin que nadie pudiese presagiar la tragedia que había caído sobre aquellas familias. Hasta que las coincidencias dejaron de lado a la suerte y el afán de extrabajadores y médicos consiguió demostrar lo que ya era un secreto a voces pasados los años: la exposición prolongada a las fibras del amianto provocaba enfermedades como la asbestosis o el cáncer del pulmón, en una variante solamente asociable a ese brillante material.

El amianto, o uralita si se recurre al nombre de la marca, tenía numerosos usos. Las propiedades del mineral hacían que la resistencia, debido a la buena tolerancia al frío, el calor o la fricción, se combinase con el bajo coste que suponía para los compradores. No sólo en los astilleros se manipulaba, sino que también en construcción era útil para los tejados o las tuberías de los hogares. Sus ventajas se conocieron rápidamente en todo el mundo, pero para descubrir lo que podía producir hubo que esperar algo más. Pese a que los primeros estudios sobre los daños derivados de la manipulación del amianto se remontan a los años 40, las empresas de los diferentes países hicieron caso omiso a las advertencias de seguridad y no tomaron medidas de protección para sus trabajadores. La Organización Mundial de la Salud clasificó en 1977 al amianto como material cancerígeno. No se puede decir que no se conociese la situación. Las empresas, como se relata en el programa Salvados, tapaban en ocasiones las etiquetas para ocultar que se trabajaba con amianto. Los trabajadores llevaban a sus hogares pegados en la ropa los restos del gran enemigo con el que trabajaban, afectando a sus familias. En los astilleros ferrolanos se dejó de utilizar el amianto en 1982.

Una manipulación continuada del amianto, sin protección, hizo que naciese un denominador común para toda una generación de ferrolanos

Los astilleros de Ferrol en la actualidad, un símbolo para la ciudad | ©Andrea Oca

Los astilleros de Ferrol en la actualidad, un símbolo para la ciudad | ©Andrea Oca

Fue demasiado tarde. Los síntomas comenzaron a manifestarse de manera demasiado general, lo que jugó en contra de los afectados. Tos, dolor en el costado, pérdida de apetito, presión el pecho… Los médicos podían achacarlos a cualquier otra circunstancia, como el consumo de tabaco, sin embargo los parecidos no dejaron lugar a dudas. Facultativos como Carlos Piñeiro investigaron sobre los efectos del amianto en la salud. La asbestosis es una enfermedad pulmonar causada por las fibras del asbestos o amianto. El mesotelioma es una variante de cáncer de pulmón derivada también del amianto. Esto no parece convencer a las empresas. El perito contratado por Navantia, Alberto de la Cruz Mera, defiende a la empresa hablando de consumo de tabaco, contacto con el excremento de gallinas e, incluso, llega a hablar de una especie de obsesión existente en Ferrol por vincular cualquier enfermedad al amianto.

Las negativas de las compañías no son nuevas. Rober Amado relata en su libro Peregrinos del amianto cómo nació el Comité permanent pour l’amiante, un lobby que apoyaba a las empresas que trabajaban con amianto y que consiguió frenar varios intentos de prohibiciones. Esto ejemplifica el proceso lento, de peregrinación, que han tenido que vivir las víctimas. El Tribunal Superior de Xustiza tardó años en reconocer al primer afectado. La política también está de por medio, al ser Navantia una empresa pública. Los trabajadores de los astilleros no sólo han tenido, y tienen, que lidiar con sus enfermedades sino que además han tenido que demostrar lo que es innegable. La justicia empezó a darles la razón y las empresas se vieron obligadas a pagar indemnizaciones, sin embargo, lo que ellos solicitan es un fondo de compensación que evite tener que ir denunciando de forma individual cada vez que surge un nuevo caso. También exigen un listado oficial de construcción en las que se usó amianto con el fin de que pueda ser retirado.

No se trata sólo de dinero. Los trabajadores han visto morir a muchos de sus compañeros y otros conviven con la enfermedad y con la rabia de saber que no recibieron protección por parte de unas empresas que conocían, como demostraron diversas sentencias judiciales, las consecuencias. Un fragmento del libro del periodista Rober Amado incluye la frase “algo se escapa cuando las cosas coinciden sin haberlas tocado”. Quizás sea el mejor resumen: el reproche para los que tacharon la verdad de coincidencia.

La política también está de por medio, al ser Navantia una empresa pública

Contenedor con una banda de prohibición por amianto situado al lado del puerto de Ferrol | ©Andrea Oca

Contenedor con una banda de prohibición por amianto situado al lado del puerto de Ferrol | ©Andrea Oca