Nosotros, no ellos

Hace unos días, Daesh volvía a atacar al motor de las máquinas que durante años han acercado a los pueblos de Europa. Otro tiro en la nuca a la libre circulación de personas en Europa, aunque la hayamos reducido únicamente a los europeos. A esa misma hora en la que la violencia se cobraba unas cuantas víctimas inocentes en el metro y aeropuerto de Bruselas, yo me encontraba a punto de despegar en dirección a Barcelona desde Santiago. Toda la acción del fatídico suceso transcurrió durante mi vuelo, y hasta que llegué a tierra no supe nada de lo sucedido. En mi cabeza no paraba de pensar que mientras yo conseguía facturar mi equipaje, otros morían en la misma situación .

Otro tiro en la nuca a la libre circulación de personas en Europa, aunque la hayamos reducido únicamente a los europeos

Recién llegado a mi destino, la radio vociferaba sobre el asunto: “En Catalunya reside el mayor número de inmigrantes de toda España” y “Barcelona es la mayor exportadora de personas captadas por el Daesh de toda la Península”. Ambos comentarios señalaban al mismo culpable: el inmigrante. A pesar de que en los últimos 15 años Europa no ha sufrido ni el 1% de los atentados de todo el mundo. Algún malnacido ha hecho bien su trabajo, y probablemente ahora mismo esté con un puro en la boca siendo aplaudido por sus asesores. El mensaje que nos han hecho llegar viene en sobres pequeños, pero conserva intacto su sabor y rotundidad; desconfía, el extranjero es peligroso.

El Roto.

El Roto.

Me subo a un bus y en la radio escucho a tertulianos católicos, de esos que dejaron su pietismo ya en la pila bautismal. Piden que por nuestro bien haya un mayor control de las fronteras. Que desalmados de este tipo nunca lleguen (como si las murallas lo parasen todo) y no nos destrocen así la vida. El “nosotros contra ellos”, el “los pobres de aquí van antes que los de allí” y esas memeces que luego no aplicarán. Por supuesto, no lo han dicho, pero todos sobreentendemos que cuando hablan de “esos desalmados” son de un país “poco serio”, en el que “la gente no puede decir lo que piensa”, probablemente con poco PIB y en el que a los niños que recitan mal el abecedario les pegan hasta perder la inocencia. El perfecto maritaje entre los apologetas de la aporofobia y los escolásticos del racismo y la xenofobia.

…desconfía, el extranjero es peligroso

Al bajarme del bus, veo en la Rambla del Raval a un montón de países encarnados en rostros, haciendo sus vidas, como cualquier otra persona. En sus caras se ven las preocupaciones de todas las personas de una gran ciudad, no parece que la combinación de explosivo plástico con fanatismo ocupe sus mentes por el hecho de ser “de fuera”. Sigo observando las calles y disfrutando del olor oriental. Mi mirada termina al final de la calle termina en un centro paquistaní de oración. A su lado, uno de los encargados del santuario gestiona una pastelería de delicias paquistaníes y entra y sale alternativamente de ambos.

Entro en su tienda, y hablamos de la vida en Barcelona. Con tono serio y enfadado comenta lo que piensa sobre el Daesh y lo sucedido. Me comenta que tiene por seguro que nosotros, las personas de buena voluntad y fe nunca caeremos en el error de responder a la violación con más violaciones. Que mientras haya personas que quieran y peleen por ganarse el pan para sus hijos desde la paz, no se habrá escrito la última página sagrada. Que el mensaje del islam es autónomo y no responde ante manipuladores. Asiento y afirmo con rotundidad, y me dirijo a comerme esas sabrosas delicias.

Ha trascendido a millones de culturas, cientos de naciones, fronteras y lenguas

Con el sabor de Asia en la boca, de repente entiendo que ese “nosotros” que ha empleado al principio de su discurso no era por el colectivo inmigrante, ni por la gente de España, ni los musulmanes. Ha trascendido a millones de culturas, cientos de naciones, fronteras y lenguas. Todo ese tiempo se refería a él, a mí y a miles de millones de personas en una sola afirmación clara y rotunda. Él, que puede sentir el calor de la mira láser en su frente, acaba de fundir la primera y segunda persona del plural para unirlas frente a la tercera. Al cabo de unas horas veo cómo cierra su local de delicias, y más tarde la mezquita. Un grupo de amigos aparece para ir a recogerlo y juntos pasean en la noche del Raval.

Ojalá aprendiésemos algo de sus palabras. Ojalá no hagamos que se equivoque. Nosotros, todos “nosotros”, porque no existen “ellos”.