La enfermedad que cayó en el olvido

Son 28.601 casos, entre los que se cuentan 11.299 muertes y más de 17.000 supervivientes. Pero los números no deben quedar reducidos a eso porque, detrás de cada cifra, se esconde el rostro de un enfermo de ébola. La cepa de ébola zaire de este virus comenzó a cobrarse vidas en diciembre de 2013 y a día de hoy puede decirse que África Occidental ha quedado libre de casos, según informa la Organización Mundial de la Salud (OMS) en un comunicado de prensa emitido el pasado 14 de enero. Sin embargo, desde el organismo advierten “que no pueden descartarse nuevos brotes” y que es necesario mantener la alerta.

Este brote de ébola, de una virulencia sin precedentes, alcanzó unas elevadísimas tasas de mortalidad que no solo afectaron a la población adulta, también a los sectores cuya salud es más vulnerable: los niños y las mujeres embarazadas. Según recoge el artículo ‘Enfermedad por virus ébola: un año después‘, publicado en la revista científica Anales de Pediatría en 2015, se asegura que “desde que se inició el brote actual (…) la evidencia es que los niños tienen el mismo riesgo de tener EVE – Enfermedad por Virus Ébola – que los adultos”.

De todas formas, la afirmación es más precisa si se analiza por rangos de edad. A este respecto, la coordinadora médica en terreno de Médicos Sin Fronteras (MSF), Esperanza Santos, que actuó en Sierra Leona, asegura que “la mortalidad en niños menores de cinco años es muy, muy alta. Parece que desde los cinco hasta los quince se recuperan y, algunos, incluso mejor que los adultos”. En el artículo de la revista Anales de Pediatría se especifica, al respecto de la afirmación de Esperanza Santos, que puede deberse a que los más pequeños son más propensos a deshidratarse y tienen menor volumen de sangre circulante que los adultos.

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©OMS

Sin embargo, también existen excepciones que confirman la regla. En este caso, la delegada de MSF, recuerda el caso de un niño de 18 meses que llegó al centro de Sierra Leona en el que trabajaba, enfermo de ébola y solo, porque sus padres no estaban infectados. “Era como el niño de todos”, asegura evocando las semanas en las que el pequeño estuvo hospitalizado. Y, a pesar de las estadísticas y las altas tasas de mortalidad en su rango de edad, consiguió sobrevivir. Eso sí, Esperanza Santos añade que el apoyo y cuidado de una madre embarazada, también contagiada de ébola que había perdido a su bebé, fue crucial para salvar al pequeño Ibrahim.

El otro grupo vulnerable y de alto riesgo son las mujeres embarazadas. Según asegura, desde el Hospital de San Joan de Deu, la Doctora Victoria Fumadó y, desde el Hospital Clinic de Barcelona, el Doctor Antoni Trilla,  en el citado artículo de Anales de Pediatría, “las tasas de mortalidad maternas están cercanas al 95%”. La enfermera Esperanza Santos ratifica este dato, afirmando que es la cifra que aparece en gran parte de los estudios elaborados al respecto. Sin embargo, también apunta que gracias a su experiencia en el Centro Materno del barrio de Kissy Mess Mess, en la capital de Sierra Leona, pudo comprobar que las tasas de mortalidad no son tan elevadas. A este respecto, incluye que “la mortalidad de mujeres embarazadas si se someten a tratamiento no es tan elevada como se había visto hasta ahora”. Y concluye que “no ha habido ningún niño de una mujer embarazada que haya salido para adelante”.

De nuevo, la excepción viene de la mano de una pequeña superviviente llamada Nubia que logró romper con las estadísticas y nacer libre del virus, a pesar del fallecimiento de su madre, que sí estaba infectada. El Doctor Trilla, coautor del artículo referenciado, asegura que “es un caso excepcional y una buena noticia”. Añade que “si mejoran las condiciones de asistencia básica sobre el terreno y se garantiza la adecuada protección del personal sanitario, se podrán tratar más pacientes, mejor y precozmente, lo que sin duda hará reducir la mortalidad”.

De todas formas, aunque el virus haya remitido en los países más afectados, son muchas las consecuencias que afectan a la vida de los enfermos de ébola. Por una parte, aquellas que inciden directamente sobre salud y “que van desde la fatiga crónica al dolor articular, hasta problemas oculares que, si no se tratan a tiempo, pueden derivar en ceguera”, tal y como informa la delegada de MSF en Madrid, Raquel González. En cuanto a las consecuencias desde un punto de vista social, cabría destacar el estigma que sufren los supervivientes, el trauma por haber pasado el trance de la enfermedad o, incluso, la soledad de muchos de ellos al haber muerto la mayor parte de sus familiares.

Aspectos en los que coinciden tanto Esperanza Santos, que hace referencia a casos en los que los supervivientes se quedaban totalmente desamparados, como los doctores Fumadó y Trilla en el artículo-resumen sobre el virus ébola.

Un virus devastador

Hasta el último brote, el ébola nunca había incidido de forma tan virulenta entre la población. Los primeros casos, que se desarrollaron entre las décadas de 1960 y 1970, habían tenido elevadas tasas de mortalidad pero la duración de la epidemia no superaba los dos meses. Sin embargo, desde que se desarrolló en 2013 hasta el momento han transcurrido dos largos años.

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©Elaboración propia. Datos de la OMS

Considerada una enfermedad “infravalorada”, el doctor Trilla asegura que “se tardó demasiado tiempo en reaccionar y esto, desafortunadamente, significa tarde”. También apunta que los datos que se habían cosechado, gran parte de ellos gracias a la actuación de MSF, indicaban una situación difícil de controlar. De hecho, desde la propia organización de ayuda internacional declaran que “cuando MSF alertó de la epidemia de Ébola y tacharon de alarmistas, al poco tiempo esta enfermedad llamó a las puertas de Europa y el Ébola empezó a ser noticiable”. El propio doctor Trilla concluye que “las consecuencias fueron más víctimas y más difícil control de la epidemia”.

Hoy en día, el ébola no acapara portadas pero, tal y como se indica en el último comunicado de la OMS, es necesario seguir manteniendo las precauciones. Por ello, el doctor Trilla asegura que lo importante es “actuar en el punto de origen de estas enfermedades: en el terreno”. Esperanza Santos también se suma a la afirmación del científico añadiendo que la enfermedad “está muchísimo más controlada pero hay que ver como evoluciona, si se queda como algo endémico o si va a ser epidémico, porque ha habido tanta población afectada que se están llevando a cabo estudios de inmunidad”.

La delegada de MSF en terreno también apunta que se está barajando la posibilidad de que existan portadores sanos. Es decir, personas que no sufran la enfermedad pero que sí puedan transmitirla. De todas formas, Esperanza Santos insiste en que hay que tomarse esto con cautela puesto que los estudios que se han llevado a cabo sobre la materia todavía son muy recientes y hay que esperar a conocer más de cerca las conclusiones.

Lo cierto es que, para una gran parte de la población, el virus ha desaparecido. Para ellos no existen enfermos y no volverá a surgir en ella el temor de sufrir tan virulenta enfermedad hasta que sus efectos devastadores lleguen a las fronteras de sus países. Liberia, Sierra Leona y Guinea todavía lloran a sus muertos y también a los supervivientes que se han visto privados de sus familias, de sus casas y de sus vidas. Incluso, tal vez, de una salud resentida por las secuelas del virus ébola.

En esa parte del mundo, no tan lejana de las sociedades más avanzadas, el ébola todavía supone un peligro latente. Por eso, por las 28.601 personas afectadas, por las 11.299 víctimas y las más de 17.000 supervivientes. Por los niños, mujeres embarazadas y adultos que lucharon contra ella. Y para evitar que algo así vuelva a suceder, hay que recordar que esos números son personas. Y, como tal, no deben caer en el olvido.

Fotografía de portada: ©Samuel Aranda