Cómo no gestionar un filial futbolístico

El éxito del proyecto de Eduardo Berizzo al frente del Real Club Celta de Vigo, pese a sus irregularidades y a su todavía falta de constancia a nivel de resultados, es innegable. En dos años, el entrenador argentino y su equipo, partiendo del trabajo previo de Luis Enrique, han convertido al conjunto vigués en un candidato a optar por las plazas de acceso a Europa, dejando atrás un oscuro lustro en el pozo de la Segunda División y reafirmándose como uno de los grandes del fútbol español. Al mismo tiempo, la gestión económica de Carlos Mouriño al frente de la entidad ha trasladado al club una pacífica situación de bonanza y ausencia de deudas, basando su éxito muchas veces en la aplicación de medidas austeras tanto a nivel contractual como en el mercado de traspasos. El hecho es, sin embargo, que la situación del Celta a todos los niveles es envidiable para la mayoría de equipos de nivel medio de España.

Lo cierto, sin embargo, es que la gestión de su filial ha quedado algo desatendida en el proceso. Buscando ofrecer la imagen de un club de cantera, que ofrece oportunidades a sus hombres de casa y a los jóvenes formados en el fútbol base vigués, la realidad es que este proceso cada vez está quedándose más desdibujado por la dudosa concepción de la utilidad de un equipo filial como lo es el Celta ‘B’, actualmente miembro del Grupo I de la Segunda División B, en la cual ocupa el antepenúltimo puesto y ofrece, semana tras semana, una imagen sumamente desangelada y tibia. Los motivos son varios.

El Celta 'B' transmite sensaciones negativas a nivel de grupo | ©Marta Vigo / Canteira Celeste.

El Celta ‘B’ transmite sensaciones negativas a nivel de grupo | ©Marta Vigo / Canteira Celeste.

En primer lugar, la idea de un filial como último escalón de cada futbolista antes de saltar al primer equipo se ha quedado totalmente difuminada. La mayoría de futbolistas que han pretendido hacerlo a lo largo de los últimos tres años, a excepción de Santi Mina, han fracasado en el intento (Borja Fernández, Madinda, David Costas, David Goldar y un largo etcétera). El segundo equipo celeste se ha concebido como una máquina de competir para la cual han comenzado a producirse incorporaciones externas que rompen la cadena de ascenso desde el equipo juvenil al propio filial, fórmula tan exitosa en casos como el de Hugo Mallo, el de Jonny o el del propio Iago Aspas. Los jugadores que juegan en el filial empiezan, cada vez más, a no haberse formado en Vigo.

Esta situación está quedando patente en todas las líneas del equipo. Néstor Díaz, de 23 años, aterrizó este verano en Vigo para acabar frenando la buena progresión que hasta entonces llevaba el local Iván Villar. Lo mismo ocurrió en la zaga con incorporaciones como las de Jonathan de Amo o Lucas Olaza, a las que en este mercado invernal se ha unido la del catalán Roger Riera, los cuales han terminado por esconder el buen trabajo y las opciones de futbolistas como Samu Araújo o Diego Alende, quien también ha perdido parte de su temporada en convocatorias inútiles con el primer equipo a causa de las numerosas lesiones y la falta de recambios en la zaga de Berizzo.

Pape Cheikh es uno de los pocos jugadores formados en Vigo que ha tenido minutos este año | ©Celta de Vigo.

Pape Cheikh es uno de los pocos jugadores formados en Vigo que ha tenido minutos este año | ©Celta de Vigo.

Prácticamente toda la zona de ataque está cubierta por jugadores externos como Luis Rioja, Franco Fragapane, Guille Andrés y los tres fichajes invernales: Gus Ledes, Adrián Cuevas y Pedro Martín. Futbolistas que todos ellos rondan los 25 años y que apenas tendrán la oportunidad de ascender en algún momento a la primera plantilla del Celta. La sensación que todo este panorama deja en el paladar del espectador es que se ha priorizado la necesidad de que el filial mantenga la categoría (actualmente no parece que sea un objetivo fácil de cumplir) por encima del objetivo de formar futbolistas para que puedan reforzar con garantías al primer equipo en su debido momento. Al final, no llegan los resultados y tampoco los futbolistas.

En un universo futbolístico definido por las prisas, los cheques y la impersonalidad, todo señala a que construir un filial en el que reine el buen ambiente y las ganas de triunfar es básico para que cualquier equipo de primera tenga guardadas sus espaldas. Creando un equipo con deshechos de otros y siguiendo una política de fichajes similar a la de cualquier equipo que no está fundamentado en proveer de promesas a su plantilla grande sólo se está consiguiendo caer en la desidia. El Celta ‘B’ ya no respira ilusión, sino que transpira la sensación de que las cosas se están haciendo a desgana. Algo entendible cuando un filial se mercantiliza a este nivel y deja tanto de lado la preparación de talentos. Algo comprensible cuando un filial deja de ejercer como tal.