El juguete de Florentino

El Real Madrid vive en una constante bipolaridad, en un cambio emocional continuo y que pasa de un extremo al otro omitiendo pasos previos y situaciones intermedias: de la profunda depresión al más intenso paroxismo. El club, que debería estar avezado ya a este esquizofrénico estado de ánimo, es incapaz de mantener el control. Los éxitos deportivos puntuales, como los alcanzados en la temporada 2013/14 —Copa del Rey y Champions League—, sirven para enmascarar una verdad imponente: el actual Real Madrid, como institución, dista mucho de la grandeza y el señorío del que se autoproclama poseedor. Y como entidad deportiva, muestra con una frecuencia casi insolente la falta de un plan global, la carencia de un camino a seguir, de unas líneas directrices que le lleven a donde quiere estar. La reciente sanción de la FIFA, que le impedirá fichar, salvo que el recurso emitido prospere, hasta verano de 2017, es sólo una evidencia más de la nefasta gestión que se está haciendo del club.

Solucionar estos problemas estructurales parece inviable mientras Florentino Pérez siga a los mandos de la siempre compleja máquina blanca. El empresario, obstinado con sus creencias y principios, ha trasladado esa actitud recalcitrante al equipo, que denota una alarmante falta de autocrítica, como se ha podido observar a la hora de manejar la sanción anteriormente nombrada u otros casos extravagantes como el no fichaje de David De Gea.

La destitución de Carlo Ancelotti no fue bien recibida por los integrantes de la plantilla del Real Madrid, que se manifestaron a favor de que el italiano permaneciese en el club

Así, la deficitaria conducción del Real Madrid ha provocado, lógicamente, repercusiones a nivel deportivo. Existen varias acciones puntuales que desnudan al club y lo dejan inerme ante el siempre doloroso e influyente embate de la opinión pública. En primer lugar, la decisión de destituir en verano a Carlo Ancelotti tras una temporada en blanco ha sido muy criticada por la plantilla del equipo capitalino. El despido del italiano responde a la tantas veces citada “máxima exigencia” del Real Madrid, que no permite que un técnico continúe en el banquillo tras un año sin llevarse ninguno de los tres grandes títulos. Es triste, en el sentido más negativo del término, que esta perspectiva tan resultadista y simplona sea tan determinante. Lo cierto es que el conjunto blanco, que en octubre-noviembre de 2014 parecía imbatible, se encontró con ciertos vericuetos que prosiguieron a dicho cénit: llegaron las lesiones en jugadores clave y el equipo se resintió de tal modo que desde entonces no ha vuelto a demostrar aquella solvencia y aquel control, aquellos mecanismos integrados de forma metódica en su esencia.

Carlo Ancelotti | Revista Kaiser ©

Carlo Ancelotti | Revista Kaiser ©

Esos dos meses de victorias permanecen indelebles en la memoria del aficionado madridista, para recordar una verdad apodíctica: ese Real Madrid, con ese entrenador y esos jugadores, maravillaba. Habían desplegado el juego más convincente de los blancos en la última década, y no parecía una utopía pensar que podría repetirse e incluso elevarse a un nivel superior. Sin embargo, Florentino Pérez decidió que era necesario dar un giro de timón y fichar a Rafa Benítez, avalado por ser un entrenador muy profesional, calculador y con conocimientos muy profundos sobre aspectos tácticos del juego. Lo cierto es que la contratación del madrileño no generó excesiva ilusión en la hinchada merengue, pues la idiosincrasia de Benítez como técnico no coincide con el estilo de juego por el que el equipo parecía apostar. El fichaje, además, evidenciaba el vacío de ese plan global mencionado anteriormente. Todos los centrocampistas que ha fichado el Real Madrid durante el último lustro, salvo un par de excepciones, responden a un patrón claro: tener el esférico y apostar por un fútbol combinativo. Modric, Isco, Kroos, James, Kovacic, Illarra… el perfil de futbolista, más allá de que sus expectativas se viesen colmadas, parece indudable. Por eso mismo resulta incoherente ubicar en la posición de director de orquestra a un entrenador que no cree en el mismo tipo de fútbol en el que creen sus futbolistas. Esa situación, esas posturas opuestas parecían difíciles de compatibilizar. Cierto es que este deporte siempre depara sorpresas, por lo que tampoco se podría descartar absolutamente que luego el Real Madrid funcionase.

La falta de comunicación y las divergencias con respecto al estilo de juego fueron los dos grandes motivos que provocaron que los jugadores nunca estuviesen cómodos con Rafa Benítez

Pero no funcionó. Y no lo hizo fundamentalmente por dos motivos, y probablemente ambos se retroalimentan. El primero de ellos es la comunicación. El feeling entre Ancelotti y la plantilla era indiscutible, y pese a que los resultados del equipo la pasada temporada fueron decepcionantes, había esa convicción y certidumbre de que se podían hacer las cosas bien. Por el contrario, Benítez nunca llegó a estrechar lazos con los jugadores: muchos de ellos demostraron su descontento con su método en varias ocasiones, y las tiranteces con el técnico, pese a su corta estancia en el Real Madrid, fueron abundantes. Lo cual, por su parte, era de esperar: la de excelso comunicador no forma parte de las aptitudes de Rafa Benítez, y las divergencias con respecto al estilo de juego incidieron en la brecha que se abrió, fatídicamente, entre entrenador y club. A partir de ahí, parece difícil dirimir hasta qué punto los jugadores forzaron la situación para provocar el despido del madrileño.

La contratación de Zinedine  Zidane, por su parte, supone lanzar una moneda al aire. Como entrenador, el franco-argelino todavía tiene, obviamente, mucho que demostrar. El estilo que promulga, por ahora, parece más orientado a apostar por el fútbol ofensivo, lo cual es del agrado de la afición, pero habrá que ver cómo responde el exjugador en partidos de entidad. Como mínimo, que no es poco, ha generado ilusión, motor fundamental del buen funcionamiento de un conjunto de dimensiones pantagruélicas como es el Real Madrid. Sobra decir que la simple ilusión no es suficiente. Pero lo que está claro es que este equipo, por historia y por calidad de la plantilla, debe ser atrevido y proponer. Benítez lo intentó, a medias: ni desplegó un fútbol ofensivo ni fue fiel a su ideario futbolístico, permaneciendo en una posición ecléctica que no dio resultado.

Luka Modric y Toni Kroos | Visión Noventa ©

Luka Modric y Toni Kroos | Visión Noventa ©

Lo obvio, reincido, es que el Real Madrid está conformado para ser eminentemente ofensivo, básicamente porque no tiene mimbres para jugar de otro modo. Cuando es dominado, se ven todas las lagunas del equipo. La línea de zagueros, pese al alto nivel individual de sus componentes, ha evidenciado síntomas de desorganización y escasa solidez. El doble pivote, formado por Toni Kroos y Luka Modric, brillantes en la organización y manejo del balón, es deficitario defendiendo —al fin y al cabo, son dos mediapuntas reconvertidos—, y ese espacio entre líneas que queda entre centrales y mediocentros es uno de los principales puntos débiles de los madridistas. Otro problema con respecto al centro del campo recae en la errónea creencia de que Kroos debe desempeñar el rol de Xabi Alonso, de que son dos futbolistas de perfil similar y de que el alemán debe ejercer de pivote posicional. Kroos, que es un fantástico futbolista, más fino técnicamente que el tolosarra, carece de dos atributos fundamentales para jugar en esa posición que sí tiene el actual jugador del Bayern: intensidad defensiva y ocupación de campo. El teutón no tiene las características adecuadas para desempeñar ese rol con garantías de éxito, y el único futbolista de la actual plantilla que sí cumple con esas dos funciones es Casemiro, si bien es evidente que el brasileño escasea de la calidad técnica y de las nociones tácticas necesarias para ejercer como mediocentro posicional.

Por último, toca analizar el trío de atacantes madridistas: Cristiano Ronaldo, Gareth Bale y Karim Benzema, sociedad indiscutible y piedra angular del equipo. Que los tres tienen cualidades y capacidad no necesita argumentación, pero su convivencia en el once titular conlleva la condición prácticamente sine qua non de que vas a contar con tres futbolistas que no aportan nada defensivamente (salvo casos muy puntuales). Esto implica, por consiguiente, que cada vez que los laterales rivales se proyecten en ataque, se encuentren con facilidades para crear situaciones de dos contra uno, fuente evidente de desequilibrio. Por tanto, si dicha actitud defensiva es innegociable, es vital tener el esférico lo máximo posible y llevar la iniciativa, para evitar que este tipo de situaciones proliferen.

Hasta ahora, el equipo parece experimentar una mejoría, con dos goleadas clarividentes que han vuelto a infundir ilusión en el Santiago Bernabéu, el lugar donde el estado de ánimo vive en constante transformación y mutación. Parece que la felicidad comienza a resurgir de nuevo. Eso sí, veremos por cuanto tiempo.

Fotografía de portada: ©Goal