Trump, el triunfo de la autoparodia

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Comenzar a hablar de un carismático empresario, admirado y odiado a partes iguales, con una empresa que lleva su nombre, con no una sino hasta dos torres neyorquinas en propiedad y con la ambición de convertirse en Presidente de los Estados Unidos podría llevar a alguno de nuestros lectores a una lógica confusión.

Aunque presentarlo de otra forma, como un millonario excéntrico y fanfarrón, con enorme éxito en el mundo de la televisión, capaz de reivindicar su gusto por lo hortera en las páginas de las revistas del corazón y que no oculta su gusto por las modelos y misses podría conducir a un nuevo y desafortunado equívoco.

No es la primera vez que flirtea con la política. Pasó de ser republicano a demócrata y viceversa unas cuantas veces, sin contar su breve intento por encabezar una candidatura alternativa de un tercer partido

Pero “The Donald” (apelativo grabado a fuego por el macarrónico inglés de su primera esposa Ivana) no es Lex Luthor ni Silvio Berlusconi, aunque no faltan artículos en la prensa que le comparen con uno y otro. Trump va más allá. Al contrario que Berlusconi, ni aspira al control de un mediano país europeo sino al de la primera potencia mundial, sin Merkels capaces de descabalgarle. Y al contrario que Luthor, Trump es real.

Y parece que esta vez va en serio. No es la primera vez que flirtea con la política. Pasó de ser republicano a demócrata y viceversa unas cuantas veces, sin contar su breve intento por encabezar una candidatura alternativa de un tercer partido (el Reform Party). Es precisamente el creador de ese tercer partido, el millonario Ross Perot, el antecedente más directo del ‘fenómeno Trump’. Aunque dicho partido fue fundado para un segundo y desastroso intento en 1996, el gran hito de Perot se produjo en 1992 cuando, impulsado por su propia fortuna decidió presentarse como candidato independiente en las elecciones presidenciales. Perot ofreció su habilidad como hombre de negocios como aval de su futura eficiencia como Presidente, llegó a liderar las encuestas y a cualificarse para un debate a tres con Bush y Clinton y, aunque finalizó tercero, logró casi el 20% de los votos.

Trump ha rechazado y abrazado, sucesivamente y en repetidas ocasiones, la idea de una candidatura independiente, pero finalmente (al menos por esta quincena) sigue decidido a evitar emular a Perot y aspira a ser candidato a la Presidencia habiendo recibido la nominación de uno de los dos grandes partidos: el Republicano.

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¿En serio quieres ser presidente, Donald? Fuente: reddit

Huyendo del tupé

En cualquier caso, el difícil matrimonio entre Trump y el Partido Republicano no sólo encuentra pegas por parte del candidato. Es el establishment del partido el que está realmente horrorizado por un liderazgo en las encuestas que está durando demasiado para poder ser considerado una moda pasajera. Nada ni nadie es capaz de descabalgarle. Ninguna de sus estruendosas ‘boutades’ (Politico.com ha contado trece, en un inmenso alarde de generosidad) ha logrado hacerle perder el favor de unos fans incondicionales y tampoco ninguno de sus, en un principio, dieciséis (ahora ya “sólo” once) rivales en las primarias ha logrado plantarle cara en una encuesta a nivel nacional. Sólo el neurocirujano Ben Carson lo logró brevemente, en el punto álgido previo a su imparable caída en las encuestas desde hace un mes.

Día tras día, los estrategas del partido buscan el momento de espetarle a Trump la frase que le hizo famoso en su reality ‘El Aprendiz’: “estás despedido“. Pero el momento no termina de llegar.

Ese desinfle es el que el resto de candidatos y los líderes del partido y la prensa mayoritaria llevan tiempo esperando que le llegue a Trump. La lección aprendida tras la derrota de Romney en 2016 (que el Partido Republicano necesitaba mejorar su imagen, especialmente entre mujeres y minorías) no sólo no sería asumida por una hipotética candidatura de Trump, sino que la experiencia bien podría hacerla inviable durante unos cuantos años. Día tras día, los estrategas del partido buscan el momento de espetarle a Trump la frase que le hizo famoso en su reality ‘El Aprendiz’: “estás despedido“. Pero el momento no termina de llegar.

Como los eurofans patrios que no daban crédito a la candidatura de Rodolfo Chiquilicuatre, la élite política y periodística americana asiste estupefacta al éxito político de este egocéntrico enfermizo. El Trump autor de libros de autoayuda empresarial. El Trump tan poco pudoroso de su fortuna que no sólo no la esconde sino que la exagera. El Trump que nunca da un paso atrás después de cada declaración racista o misógina. Que nunca pide perdón tras insultar, casi uno por uno, a todos sus rivales en la carrera republicana. Ni siquiera tras burlarse públicamente de un discapacitado. El Trump que admite haber donado dinero a políticos para recibir favores. El Trump que pasó años tratando de demostrar, infructuosamente, que Obama no había nacido en territorio americano. El Trump que bromea con ligarse a su propia hija.

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Ese Trump no asusta sino que enamora a una parte de los votantes. En un país en el que el recuerdo deformado de Ronald Reagan ha llegado a rozar la idolatría, el narcisismo y la huida de lo “políticamente correcto” no se penalizan sino que puntúan. Pero Trump no es un mero campechano lenguaraz, sino que, al contrario que Reagan, carece de los más elementales sentidos de la diplomacia o incluso del ridículo. Su automodelada imagen de hombre ególatra, tosco, impulsivo, arrogante y obsesionado por la fama y el dinero le acercan a la caricatura que buena parte del planeta tiende a hacer sobre su propio país.

Como diría otro excelso emprendedor, Lyle Lanley, Trump con el Despacho Oval sería “como una mula con un yo-yo, nadie sabe de dónde lo ha sacado y qué me aspen si sabe utilizarlo”. Nadie sabe todavía si Trump va en serio o si está promocionando su próximo negocio. De momento, en los primeros diez días de febrero serán los votantes republicanos conservadores de Iowa y los moderados de New Hampshire los que hagan la primera criba de candidatos. Si Trump pasa de la encuesta al voto real sabremos si la autoparodia es un gusto personal del propio Trump o si lo comparte con buena parte de su país.

Foto de portada: ©huffingtonpost.com