¿Por qué estamos luchando?

Estamos viviendo un momento político histórico. La irrupción de dos nuevos partidos en el Parlamento ha cambiado por completo un panorama que había permanecido inalterable durante años. El partido en el Gobierno ha perdido la mayoría absoluta y, tras cuatro años ganándose enemigos a pulso, parece improbable que alcance un acuerdo para conservar un poder. La oportunidad que se le presenta al principal partido de la oposición es única: podría pactar con otras fuerzas para así poder dar un giro de 180º con respecto a la que ha sido, objetivamente, la peor legislatura de la historia de España. Pero no: la lucha por el poder interno es mucho más importante.

Mientras tanto, en el Comité Federal... |  © Malagón / eldiario.es

Mientras tanto, en el Comité Federal… | © Malagón / eldiario.es

Los partidos políticos son, por definición, un instrumento para canalizar la voluntad ciudadana. Esto es, no han de ser un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un determinado fin. Cada día observamos, sin embargo, que no son pocos los que hacen de la búsqueda del poder interno su único objetivo. No se dan cuenta de que esa herramienta carece de sentido si no se dedica a ofrecer soluciones a los problemas que viven día a día los ciudadanos. Estos días, durante la celebración del Comité Federal del PSOE, hemos visto un ejemplo palmario de esta tradición. No se debatió sobre el pacto que estaba sobre la mesa en clave de formar un Gobierno. El debate que se dio obedecía a una lucha interna por el poder. Gran respuesta ante un momento histórico.

En el Congreso nunca han sido necesarios pactos del nivel de los que ahora se plantean. Estamos ante la oportunidad única de sentar un precedente: si se fracasa seguiremos abocados al continuo intercambio de mayorías absolutas. La forma de proceder con respecto a estos pactos tiene, por lo tanto, un cierto aspecto didáctico. Pero tendremos un problema si queremos extraer una conclusión de la actitud que está teniendo el PSOE a este respecto. Aunque Pedro Sánchez se muestre ofendido, acudir a una negociación habiendo hecho públicas una serie de líneas rojas es razonable y, en aras de la transparencia, lo correcto. Tan respetable es que Podemos presente sus cinco condiciones para pactar como que lo haga el PSOE con las ocho que salieron de su Comité Federal. Luego hay que sentarse y discutir sobre ellas. Negarse de forma rotunda a dialogar siquiera si la otra parte no renuncia a una de esas condiciones está haciendo un flaco favor a una ciudadanía que merece tener un Gobierno diferente al que lleva sufriendo estos últimos cuatro años.

El PSOE ha ofrecido pocas soluciones a la situación catalana | © El Roto

El PSOE ha ofrecido pocas soluciones a la situación catalana | © El Roto

Esta negación absoluta es incluso más inverosímil si profundizamos en la línea roja que el PSOE se no quiere traspasar: el derecho a la autodeterminación. ¿Cuál ha sido la evolución del partido a este respecto? En el Congreso de Suresnes (Francia) de 1974, los socialistas compartían plenamente este principio como única solución al problema territorial: “La definitiva solución del problema de las nacionalidades que integran el Estado español parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación de las mismas que comporta la facultad de que cada nacionalidad pueda determinar libremente las relaciones que va a mantener con el resto de los pueblos que integran el Estado español”. Ése era el primer punto de la resolución sobre nacionalidades y regiones en la que, entre otras cosas, también aparecía la transición hacia un modelo territorial federal. A día de hoy ésa es la única propuesta que queda de ese documento, aunque en él se reconocía el derecho a la autodeterminación como condición sine qua non para solucionar los problemas de convivencia para, posteriormente, caminar juntos hacia un Estado federal.

Sin embargo, la postura a día de hoy del PSOE, sobre todo en los términos que la defienden los “barones” del sur peninsular, no dista demasiado de la del PP. Escuchamos continuamente cómo se repite el mantra “garantizar la unidad de España”, pero siempre desde una postura inmovilista: no se plantea ni un solo gesto, ni una sola medida concreta, para atajar el problema territorial de la España actual. No se habla del plan estrella, la transición hacia un modelo federal que tampoco se explica ante la opinión pública. Basta con ver el apoyo cosechado por el PSOE en las Elecciones Generales en Cataluña para percibir que su propuesta no goza del respaldo de la ciudadanía. ¿Cómo va a garantizarse la convivencia y la sacrosanta unidad de España si una parte de su ciudadanía no está satisfecha y no se le ofrecen soluciones? Sigan enrocados, luchando por sillones en un partido mientras dejan de lado los problemas que viven los ciudadanos a los que debe representar. De esa forma observarán como tendrán un precioso sillón, sí, pero la ciudadanía les habrá abandonado. Habrán estado luchando para nada.

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Los dos habían estado peleando durante días: no había nada más allá. No se molestaron en ver qué había a su alrededor. Un combatiente se dio por vencido, fruto del agotamiento de días de lucha estéril. Antes de exhalar su último aliento, en un momento de lucidez, tuvo la oportunidad de formular una pregunta: “¿Por qué estamos luchando?”. Su oponente hizo caso omiso: había ganado. Lentamente se dirigió al trono que tanto le había costado conquistar. Se sentó sobre él, satisfecha. Desde ahí contempló por primera vez todo aquello que la rodeaba: un erial devastado, sin un ápice de vida. El combate había acabado con todo. Pero esa tierra baldía era al fin suya. Esbozó una sonrisa.