Lo que nos llegó de Alicia

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Ilustración de Dalí para ‘Alicia en el País de las Maravillas’ ǀ © libropatas.com

¡Hola, don Pepito!

¡Hola, don José!

A ver qué me vas a preguntar…

Nada, hombre. No te me alteres así. Otro añito que se nos va, ¡eh! ¿Qué, has ido a comprar el periódico de buena mañana a ver si a última hora nos dan una alegría los de arriba?

De eso vengo. Pero nada, con decirte que lo mejor del periódico son las efemérides… ¡Ah! Y, bueno, había también un artículo interesante sobre ‘Alicia’, la de Carroll, que este año cumplía 150.

Eso ya son cifras mayores, ¡incluso para Gardel! Yo también he leído en los periódicos algo sobre Alicia a lo largo del año. Sin embargo no es que me hayan encantado los escritos: solo hacen que repetir la anécdota de cómo surgió la novela.

Creí que era el único que lo pensaba. ¡Y por no hablar de cómo se ensañan con el pobre autor! Que si depravado, que si pedófilo, y a mí me da que, teniendo esa admiración que tenía por la chiquilla, ni se atrevía a mirarla no fuera a ser que se gastase. ¡Cómo le gusta a la gente el despelleje!

¡Y que lo digas! ¡Chismosos! ¡Bárbaros!

¡Ay, amigo! Pero el vilano sensacionalista está a la orden del día, y nuestro día fue otro.

¡Esos hablabaratos siempre se quedan a las puertas, nunca aportan nada nuevo! Rumian lo que ya está digerido.

Oye, ¿y los traductores, qué?

¿Qué pasa con los traductores?

Esos ya son otra cosa.

Claro. Estaríamos apañados si fueran más de lo mismo. Aunque mira que hay traductores… y traductores.

Hombre, ya. Como en todos lados. Pero me tienen algo de heroico, no sé por qué.

Pepe, te recomiendo que dejes la épica por un tiempo.

Es una profesión muy digna y que exige dedicación. ¡Yo diría que es una fe!

Pepe, me asustas.

En serio. Mira, la traducción es un imposible, y como tal hay que asumirlo: el resultado será siempre imperfecto. Cada lengua tiene su melodía y sus vericuetos, es imposible encajarla en otro molde distinto. La lengua y la cultura son como los bueyes y el carro, no sé si me explico.

De maravilla, hablas como un catedrático.

Pues eso, que esa gente va a la traducción como los espartanos a las Termópilas, sabiendo que es inalcanzable la victoria y que solo queda dar lo mejor de sí. Yo admiro y compadezco a los traductores que se atreven con la obra de Carroll, a riesgo de pasarles como Indiana Jones cuando coge la mejor pieza del tesoro y tiene que salir pitando porque el templo se cae a pedazos. Es una victoria parcial, el resto del botín se queda allí. Sepultado.

Sí, tal cual. Fíjate que yo he pensado más de una vez si algún tarado se aventuraría a traducir a otra lengua ‘El Buscón’.

Sí señor, Pepe, es buen ejemplo, porque los dos tiran de unos juegos de palabras sublimes. Aunque ya sabemos que Quevedo tiene el defecto de ser español, y si uno nunca es profeta en su tierra, imagínate en este país que al mirarnos al espejo solo cabe el narcisismo o el autoodio.

Sí, sí, en España falta objetividad. Pero no me compares a Carroll con Quevedo. Carroll es demasiado infantil.

¿Tú crees? Te digo que nunca se ha entendido bien la novela fantástica en España. ¡La culpa la tienen los Menéndez!

No te quiero ofender, que sé que eres un gran lector. Pero has de reconocer que hay lecturillas de pasatiempo y lecturas de provecho. Yo, por ejemplo, soy muy de rusos, ahora bien, si hay un buen novelón de Galdós no le digo que no. Pero un cuento de niños…

¿Qué dices?

Lo que oyes. Uno ya tiene años y está a lo que tiene que estar.

Si mi cuñado Fernando es de tu quinta y no es la mitad de carroza. No me seas carcunda, concho.

Yo soy muy decimonónico y mucho decimonónico. ¡Y a mucha honra!

Que está muy bien eso de mirar para atrás, que los antiguos sabían mucho; pero eso no quiere decir que la literatura se acabara en el diecinueve.

¡Yo no he dicho tal cosa!

Lo sé, no te me pongas basilisco. Bueno, lo que te estaba diciendo de la traducción, Wonderland se ha traducido como País de las maravillas, cuando yo creo que wonder, en este caso, tira más hacia el significado de ‘preguntarse o querer saber’, porque, no me negarás, que la curiosidad en ‘Alicia’ es lo central, una curiosidad sana que pone en jaque costumbres, concepciones, jerarquías, cuestiones profundas o incluso la mismísima lógica. Es un alegato para la revisión de las doctrinas que nos parecen normales, cuando algunas son un disparate, y todo es culpa de la costumbre.

Siempre me ha gustado de los ingleses ese humor sutil y la ironía cortés. Por cierto, ¿sabías que el nombre Alicia deriva del griego y significa ‘verdad’?

Pues no tenía ni idea, pero ya ves, todo apunta en una dirección.

Ya veo.

A mí me fascinan estos mundos imaginarios que muestran lo que podría ser o que nos sacan de la costumbre para ver nuestro reflejo desde fuera. En el fondo, la fantasía no está nada desligada de lo social, aunque muchos no lo quieran ver así. El envoltorio nunca empaña las cuestiones de fondo, al revés: el tono infantil parece una llamada de atención.

Claro, visto así… Qué te diría yo… Yo del libro me quedo, sin dudarlo, vamos, con las metáforas del tiempo: la del conejo siempre con prisa y la de los ociosos para los que el tiempo no pasa, ¡menuda desgracia la suya, eh! ¡Juer!

Para ociosos, nosotros, que llevamos aquí un buen rato. Oye, ¿y qué opinas de Alicia como ejemplo de contracuento, en el sentido de escapar de los roles tradicionales?

¿Cómo dices? No te sigo.

A ver, un cuento sabes que trae mucha carga ideológica, ¿no? Por lo general, los cuentos les ofrecen a los niños patrones y pautas de conducta social: el bueno siempre gana, el malo siempre pierde, uno es listo y guapo, el otro feo y tonto, etcétera, etcétera. Sin embargo, y ahí reside uno de los encantos del libro, no se extralimita en las beatificaciones o demonizaciones de los personajes, hay una voluntad de intentar comprenderlos por parte de la protagonista y, en esa tarea, el lector la acompaña.

Totalmente de acuerdo, compañero. Visto lo visto, caben tantas lecturas como públicos; pasa un poco como con Lope: todo el que se aproximaba a sus comedias, ya fuera letrado, rufián o plañidera, hallaba en ellas algo a su gusto.

¡Mucho te gustan las letras castellanas!

¡Coño, si tenemos buena literatura se dice y punto!

Vale, chulapo. Una cosa, y ya tiramos cada uno para su olivo, ¿a ti realmente te parece que la literatura nonsense se queda en mero pasatiempo? Yo no termino de estar convencido del todo. Creo que todo tiene un sentido, una lógica profunda, aunque nosotros no alcancemos a entender.

Compañero, sigues tan leibniziano como de costumbre. ¿Por qué siempre acabamos hablando de trascendentalismo?

No sé. Yo siempre hablo de lo mismo con los mismos. ¿Preferirías que fuera otra persona para hablar de otras cosas?

¿Serías capaz?

Probablemente no.

Entonces déjalo estar y vámonos a casa, que nos van a dar las uvas.

¡Y nunca mejor dicho!

Tienes razón. ¡Qué tarde se nos ha hecho! Bueno, venga, que ya llevamos un buen cacho hablando. Mándales un abrazo a tu señora y a los chavales.

Lo mismo, recuerdos a Mercedes y a Antonio.

Venga, con Dios. Feliz año y esas cosas.

Venga, ¡lo mismo! ¡Hasta luego!

¡Oye, Pepito! ¡Una cosa!

¿Qué?

¿Pasó usted por mi casa?

La madre que te parió, José. ¡Sabía que me la ibas a hacer! Ale, ¡hasta más ver, canalla!

Fotografía de portada: © vanityfair.mx