Lemmy Kilmister, el genuino espíritu del rock

Corría el ya lejano 1975 cuando la banda de space rock londinense Hawkwind expulsaba a su problemático y díscolo bajista. Tras una breve temporada en el calabozo por posesión indebida de drogas, el joven decidió continuar con su vocación de estrella del rock and roll hasta sus últimas consecuencias (incluyendo, según él mismo, el beneficiarse a las novias de tres de sus ex compañeros), e instaurar un legado como la banda más sucia y auténtica del género. Esto sería el inicio de la leyenda de Motörhead, un grupo que se convertiría en uno de los pilares más sólidos del heavy metal, de influencia incorruptible e imperecedera.

Lo cierto es que Ian Fraser Kilmister, conocido por las masas como Lemmy, nunca fue un adecuado modelo de conducta para una vida sana y equilibrada. Alcohólico, amante de las mujeres (en general, de casi todas ellas), coleccionista de parafernalia nazi, incluyendo un tanque, y adicto a las máquinas tragaperras, del fundador de Motörhead se llegó a decir que tenía la sangre tan contaminada que no podía donar ni recibir donaciones de otra persona (cosa que él mismo llegó a aseverar en su autobiografía). Nuestro protagonista nació en 1945, poco después del final de la Segunda Guerra Mundial, en Stoke-on-Trent, una pequeña ciudad inglesa, vecina de Newcastle, de donde también proviene Robbie Williams. Su afición al rock, pese a que, en su juventud aún no se había inventado del todo, le llegó pronto, pero durante sus primeros años como músico perteneció a bandas pequeñas, de menor importancia, hasta que en 1971 consiguió un puesto de bajista en Hawkwind, con el final que todos conocemos.

Armed Rockers

De jóvenes Motörhead ya apuntaban maneras / TeamRock

El primer gran éxito de Motörhead, y por ende, de Lemmy, llegó en 1980. Tras unos prometedores inicios con los veloces Overkill y Bomber, de los cuales salieron los primeros singles de éxito de la banda, el LP Ace of Spades, comandado por el single homónimo, fue un verdadero trallazo musical. Daba igual que fueses punky, rockero o heavy, esto te iba a gustar. El álbum era un caballo ganador y se convirtió en un clásico instantáneo por méritos propios. Desde el primer al último tema, incluyendo la portada, todo era una declaración de intenciones. “Si te gusta el juego, te diré que soy tu hombre“, rezaba la canción de apertura. Motörhead habían llegado para quedarse. Y haciendo mucho, mucho, ruido. No obstante, la banda no se durmió en los laureles pese al imprevisto éxito y, apenas un año después, nos brindaron No Sleep ‘till Hammersmith, uno de los mejores álbumes en directo habidos y por haber. Era difícil imaginar en la época cómo un grupo compuesto por únicamente tres personas podía lograr semejante cantidad de estruendo y volumen. Pese a los abandonos del virtuoso guitarrista Eddie “Fast” Clarke y del batería Phil “Philty Animal” Taylor, Lemmy no se dio por vencido, consiguió rápidamente sustitutos y siguió a lo suyo. Another Perfect Day, Orgasmatron o, sobre todo, el más reflexivo 1916 tuvieron mayor o menor acogida entre el gran público, pero siempre destilaron la energía y carismática personalidad que caracterizaba al líder de la banda.

Todos creímos, quizás infantilmente, que Lemmy era una suerte de espíritu inmortal

Por su parte, pese al paso de los años, Lemmy nunca se casó con nadie. Para él, un concierto era algo mucho mejor que el matrimonio (pues, como aseguró una vez, una actuación duraba hora y media y las relaciones carnales unos escasos 30 minutos) y, entre disco y disco, y gira y gira, nunca tuvo tiempo de consumar una familia tradicional, más allá de la familia que le suponía su grupo. No obstante, durante un tiempo pasaron por su cama un número de mujeres similar al de las visitantes de Julio Iglesias, que se dice pronto. Cuenta la leyenda que muchas fanáticas de la banda tenían la curiosa parafilia de intentar lamer las verrugas faciales del músico en la intimidad. Para gustos colores.

Durante los 90. las ventas cada vez más modestas relegaron a la banda casi al ostracismo en las tiendas especializadas y les obligaron a girar de forma continua alrededor del mundo, impidiendo ese acomodo que en demasiadas ocasiones resulta terminal para la creación (y el ego) de un artista. Lemmy y los suyos se vieron impelidos a dar conciertos mes tras mes, año tras año, y eso les mantuvo en forma más tiempo del que podrían haber imaginado jamás, recibiendo constantemente el cariño de un público quizás pequeño, al menos comparado con gigantes como Metallica, pero totalmente fiel. Con el paso de los años los álbumes vendidos podían ser menos, pero su leyenda nunca dejó de crecer ni, desde luego, sus ganas de hacer música. Prueba de esto resultan sus tres últimos trabajos, publicados tras su sexagésimo cumpleaños, The Wörld is yours, Aftershock y Bad Magic, que no dan muestras de haber perdido ni un ápice del espíritu original del proyecto.

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Pese a rondar los 70, Lemmy nunca dejó de subirse a un escenario mientras pudo / Metalcoholiks

Anoche, finalmente, el señor Kilmister, quien dijo que prefería morir el día antes del Juicio Final para evitar los atascos, falleció inesperadamente a los 70 años de edad. Ya en su concierto del reciente verano en el Resurrection Fest, el último que realizó en España, aparentaba cansado, falto de garra, y su frágil mirada se perdía a veces en el horizonte, pero todos creímos, quizás infantilmente, que Lemmy era una suerte de espíritu inmortal. ¿Qué no iba a superar un hombre que había sobrevivido a un número inimaginable de vicios y abusos, incluyendo el intentar colocarse con belladona? Pero fue ahora cuando, de golpe, toda una vida de impunes excesos le devolvió de golpe la moneda. Aparentemente le venció un cáncer que le habían diagnosticado con solo unos días de antelación. Es tradición mantener respeto por los difuntos, pese a que en las redes sociales actualmente sucede justo lo contrario pero, vamos, es Lemmy. Haced todos los chistes que podáis, y cuanto más bestias mejor, porque él, ahora mismo, se estaría riendo de vosotros. Con su gorra alemana puesta en la cabeza, un buen puro entre los labios y una botella de whiskey en sus manos. Como los rockeros de verdad.

 

(Imagen destacada de rockandrollarmy)