Chewie, estamos en casa

Se sabe que la industria del cine está en horas bajas. Los abusivos precios de las entradas, derivados de una falta de respuesta correcta ante el implacable avance de la piratería (tan palpable como ineludible dentro de nuestras fronteras) han dejado numerosas butacas vacías en todas las salas. Y, pese a ello, siempre hay películas que logran dar la campanada y batir récords de audiencia y recaudación, aglutinando a millones de personas frente a la gran pantalla. Este 2015 ya ha ocurrido con el entretenido pero discutido blockbuster Jurassic World y, a nivel estatal, con ese aglomerado de retales de comedias norteamericanas de los 90 llamada Ocho Apellidos Catalanes. No obstante, y con permiso de la reconocida saga sobre dinosaurios, la producción reina del año está siendo Star Wars VII: El Despertar de la Fuerza.

Siendo complicado contar algo del argumento del film sin incurrir en un incivilizado spoiler, lo más sensato sería revelar únicamente que el planteamiento inicial empieza con un piloto que consigue una pista sobre el paradero del desaparecido Luke Skywalker, una nueva facción en la galaxia llamada Primera Orden, surgida de las cenizas del Imperio y obsesionada con oponerse a la Nueva República y exterminar cualquier resto de los caballeros jedi, una Resistencia clandestina amparada por la República que se enfrenta con las armas a la Primera Orden, un soldado de asalto arrepentido de su destino (en general los stormtroopers son ahora más capaces, ya le aciertan a la gente cuando disparan) y, en medio de todo esto, una chatarrera del desierto de Jakku, un árido planeta similar a Tatooine. A partir de ahí se genera una de las más maravillosas historias de los últimos años.

Hablar de la saga galáctica más famosa de todos los tiempos no es dar un paseo por el campo. No pocos alzaron las manos al cielo y clamaron al desastre cuando, hace tres años, Disney adquirió Lucasfilms (siempre hay un pez más grande) por más de 4.000 millones de dólares. Tenían un mal presentimiento. ¿Qué iban a hacer con sus películas? No obstante, a favor de la compañía californiana jugaba la revitalización del universo cinematográfico de Marvel y el auge actual de las películas de superhéroes, capitaneadas por la excelsa saga de Los Vengadores. Lo cierto es que, para dejarlo claro desde el principio, lo que se ha logrado con El Despertar de la Fuerza ha sido devolver a La Guerra de las Galaxias a la categoría de mito del cine, de donde nunca debería haber descendido.

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El nuevo droide BB-8, principal Mcguffin de la película, junto a la nueva heroína, Rey. / es.gizmodo

Vaya por delante que los episodios I, II y III no son, ni por asomo, tan malos como muchos fanáticos se esfuerzan en recordar. Bien es cierto que personajes como Jar Jar Binks son particularmente molestos y que algunas secciones del guión de El Ataque de los Clones resultan, siendo generosos, pienso de bantha, (y vale, comparadas con la trilogía original eran netamente peores, argumentalmente hablando) pero, en general alcanzaban un nivel bastante digno. Tenían al villano con mejor diseño de la franquicia (Darth Maul), a Liam Neeson, efectos especiales alucinantes y una carga dramática en el Episodio III que, si bien se hacía desmedida al final, sí crecía de forma inquietante y bien lograda. Con la trilogía de precuelas, George Lucas intentó, en un sublime ejercicio de valor, añadir un contexto, una base, una credibilidad, al universo al que había dado luz en 1977. Podía haber elegido el camino fácil, el del mero fanservice, pero no se limitó a eso (pese a olvidables instantes como la infancia de Boba Fett o el momento de Chewbacca y Yoda en plena exaltación de la amistad). Ambas trilogías se enfrentan en un contraste muy marcado. La original estaba repleta de mística, considerando la Fuerza como un funesto culto a una antigua religión, a los jedi como meras leyendas y, en resumen, dando las pinceladas maestras de una realidad tan vasta como levemente explorada. Por extrapolarlo a otra obra fantástica de sobras conocida, cuando en La Comunidad del Anillo Aragorn relata a los hobbits el poema de Beren y Lúthien mientras acampan en la Cima de los Vientos, otorga a la Tierra Media una profundidad inesperada, como enseñando algo real, pero tan lejano que nunca podría alcanzarse, y llenando ese mundo de ficticio de tantas fábulas y de raíces tan profundas que adquiere la densidad de uno real. Y todo ello sin incurrir en detalles. Lo mismo pasaba en Una Nueva Esperanza cuando Obi-Wan Kenobi relataba breves fragmentos de su pasado o escuchábamos de la boca de cualquier persona referencias a algún planeta o evento que no resultaban trascendentes para la historia pero que, efectivamente, añadían un sustrato a la percepción obtenida de la obra.  Por otro lado, en la trilogía de historias previas, se optó por el camino contrario, es decir, dotar a ese mundo imaginado a medias, a esos trazos generales y vacuos sin líneas de continuidad, de toda la veracidad, detalle y realismo, por así decirlo, que fue posible. En términos más mundanos, rellenar de color los huecos del lienzo. La República, las Guerras Clon, el Consejo Jedi. E incluso estaba Qui-Gon Jinn para demostrarnos que ni los propios maestros de la Fuerza eran perfectos, que incluso tenían a personajes como él, tan canallas en principio como apreciablemente sabios al final, entre sus filas. Lucas se esforzó por dejar constancia de todo aquello cuanto había sido sugerido hasta el momento en su galaxia, de todo lo que se le había pasado por la cabeza, inclusive los innecesarios pero, a la vez, plausibles, midiclorianos, las células que habilitaban el uso y dominio de la Fuerza. Como un Silmarillion narrado de forma moderna y cercana en lugar de bíblicamente epopéyica, Star Wars mudaba las influencias de Kurosawa y Lawrence de Arabia por el cine-espectáculo de Jurassic Park y Gladiator y la acción directa de Indiana Jones. De un western espacial donde todo se reducía a un drama familiar a una tragicomedia de calado bélico basada en los efectos especiales y la acción.  Y quizás fue eso lo que condenó a las tres películas a ojos de los fans más inmovilistas y nostálgicos.

Por desgracia, pese a que el señor George Lucas sea uno de los productores más imaginativos de todo Hollywood eso no quiere decir que su trabajo como director o guionista sea igual de bueno. Como cineasta, concretamente, hay que admitir que no está espectacularmente dotado (si exceptuamos su genial American Graffiti), siendo superado cualitativamente por los otros directores que han trabajado en su franquicia galáctica, a saber, Richard Marquand y, sobre todo, el infalible Irvin Keshner de El Imperio Contraataca. Pero es cuando ocupa simultáneamente los cargos de director y guionista cuando hay más posibilidades de que fallen las cosas. Sin nadie que le modere, que limite su creatividad, la desbordante imaginación del creador californiano cabalga desenfrenadamente, abarcando demasiado (y no siempre de la mejor forma), obrando los excesos que sí llegan a lastrar las precuelas de forma notoria en algunos momentos. La Batalla de Geonosis o los redundantes diálogos de Padmé y Anakin son buenos ejemplos de ello. Afortunadamente, cuando comenzó la producción de El Despertar de la Fuerza, se confirmó que Lucas obraría únicamente como consultor, una especie de asistente creativo, que se encargó de poner las pautas a seguir para que Lawrence Kasdan, que se conoce la saga como nadie tras guionizar los episodios V y VI, se encargara del libreto. La dirección corría a cargo de J.J. Abrams, en cuyo currículum hacía gala de los honores de ser el encargado de resucitar la moribunda saga cinematográfica de Star Trek, de conseguir que algo tan hortera como Misión Imposible resultase más que potable y de tener a medio mundo en vilo con el final de Perdidos, con una expectación y agonía ante la televisión de un nivel como no se había visto en la pequeña pantalla desde el descubrimiento del asesino de Laura Palmer en Twin Peaks. Y pese a todo esto, mucha gente, con una carencia de fe que resultaba molesta, no le perdonaba ni su pasado trekkie ni sus viejas manías (ya corregidas) con la iluminación brillante y cegadora en mitad del encuadre.

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La escena de la lucha sobre el agua entre los X-Wing y los TIE devolverá incluso a los más escépticos toda su fe en la película / StarWars.com

Una vez vista, y dos veces, la nueva entrega de la historia galáctica uno no puede evitar rendirse a Abrams. Su talento audiovisual supera al de Lucas en, al menos, 12 pársecs. O en 14. Pero es que en El Despertar de la Fuerza, el director de Super 8 ha desatado todas sus capacidades sin restricción alguna. La llegada de los TIE Fighters al atardecer sobre el desierto de Jakku, que recuerda al más poderoso Ford Coppola de Apocalypsis Now. Las luchas cuerpo a cuerpo sucias, febriles, sin la elegancia de las artes marciales del Episodio II, cruentas y aniquiladoras. Las lejanas composiciones horizontales, ya sean acompañadas por momentos de breves panorámicas de cámara (deleitándonos con el destructor imperial hundido en las arenas del desierto) o manteniendo el punto de encuadre estático. Esto ocurre, por ejemplo, en el majestuoso plano de Kylo Ren y otro personaje (que no desvelaré) en el puente, sobre un insondable abismo, rodeados de la oscuridad más aterradora, alcanzados por un pequeño rayo de luz cenital, expansivo, que al más puro estilo de Rembrandt llega a aislarlos del contexto y acrecenta la tensión, humanizando y reduciendo todos los problemas de la galaxia, de nuevo, a un choque entre dos individuos enfrentados, que reducen su distancia poco a poco, paso a paso, con una parsimonia casi opresiva. Eso, amigos, eso es cine. Cuando toca velocidad, por otro lado, los travellings cortos, sucesivamente intercalados, muchas veces en seguimiento del sujeto de la acción (esos planos de los X-Wing persiguiendo a los TIE deberían enseñarse en las escuelas de cine), ayudan a añadir esa sensación vertiginosa de rapidez, más cruda, más realista que la excesiva elegancia con la que se suele representar este tipo de secuencias en el cine fantástico. Con la maestría del más reputado sastre, Abrams hilvana mediante su fino trabajo un tejido audiovisual consistente, fuerte, funcional. El ritmo narrativo no decae en ningún momento, manteniendo una acción casi constante (tranquilos, tampoco es esto la nueva de Mad Max, ni necesita serlo) pero sin llegar a saturar nunca, salpicando momentos humorísticos y dejando, inteligentemente, que el espectador se ría con ellos, los asimile e interiorice antes de pasar al siguiente tema, que esta vez podría ser tan dramático como sentimental o, directamente nostálgico. Porque, pese a ser esta una una película nueva y, dentro de lo suyo, hasta innovadora, despide nostalgia por los cuatro costados.

¿Es este el inicio de una nueva edad de oro para la franquicia?

Algunas voces agoreras, poco versadas en cómo funciona realmente el universo creado por Lucas, sostienen que, debajo de la capa de nostalgia, este episodio VII ostenta demasiadas similitudes con el IV y que no deja de ser un intento disimulado de remake o, directamente, un plagio.  Lo cierto es que, al igual que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra (y a veces más), Star Wars transcurre en un ciclo constante donde los errores, y los aciertos, se ven repetidos. Por ejemplo, en cada trilogía importantes personajes del pasado aparecen para conectar con anteriores acontecimientos y entregar el testigo a los que serán los nuevos héroes. Ocurrió con Qui-Gon y Mace Windu primero, con Obi-Wan y Yoda después y ocurre ahora con Luke, Han y Leia. Algo similar vemos con la nueva arma de destrucción planetaria de turno, que no deja de ser la evolución lógica de la segunda Estrella de la Muerte, que a su vez era la mejora sustancial de la primera. Yendo más allá, y hablando en términos casi metafísicos: la inestabilidad latente del Bien, su miedo ante la seducción del Mal y, sobre todo, la rebelión del Lado Oscuro contra si mismo, con su funesta traición cuando tiene todo de cara para vencer y consolidarse es algo que ocurre a lo largo de todas las películas, amén de en el universo expandido (aunque ya no sea considerado como “canon“), sea el videojuego de Caballeros de la Antigua República o sea cualquier cómic situado tras la Batalla de Endor.

A nivel de contextualización y ambientación El Despertar de la Fuerza retoma esa tendencia de la trilogía clásica de mitificar el pasado, huyendo de esa marcada tendencia de los tres primeros episodios de la línea temporal de explicarlo y mostrarlo todo. Luke Skywalker es una leyenda, una reliquia pretérita que muchos ya no creen real. Lo poco que la gente recuerda, tras apenas 30 años, de la Guerra Civil Galáctica no es más que un conglomerado de cuentos de vieja que relatar a la hora de la cena y los pocos secretos que les quedan por revelar a las naves de batalla abandonadas entre las dunas de planetas desérticos, desmenuzándose en fragmentos herrumbrosos que el viento dispersa por doquier, son cada vez más escasos y carentes de valor. Vuelven los parajes vacíos, melancólicos, retornan los alienígenas interpretados por actores disfrazados y no por meros diseños CGI y otra vez tenemos con nosotros, agradecidamente, esa intangible sensación de estar ante algo grande. Algo que es a la vez tan concreto como el sino de una familia y tan colosal como el destino de miles de sistemas planetarios.

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El paralelismo entre el discurso de la Primera Orden y la demostración del poder nazi en El Triunfo de la Voluntad es estremecedor / nerdlist

En cuanto a los personajes, es menester mencionar, por encima de todos, a dos. Finn es dicharachero y carismático, Han y Chewbacca desprenden el encanto que se les presupone y tanto ellos como el piloto Poe Dameron, interpretado por un pletórico Oscar Isaac (que todos recordarán por su breve pero intenso papel de marido ex presidiario de Carey Mulligan en Drive), aportan cosas muy necesarias a la producción y resultan imprescindibles en mayor o menor medida. Pero sobre ellos hay que destacar a Rey y a Kylo Ren. Rey recoge el testigo del héroe de aventuras clásico, pero en formato femenino. Decidida cuando toca, inteligente y de rápido aprendizaje, independiente y, sobre todo, valerosa. Al mismo tiempo, esto es condimentado con una simpatía natural propia de la inocencia de la juventud y algunos momentos de diálogo con Finn absolutamente geniales. Además, Daisy Ridley, como actriz, es sencillamente encantadora. Kylo Ren, por su parte, el temible ejecutor de los Caballeros de Ren, aliado de la Primera Orden y aprendiz del Gran Jefe Snoke (al que presuponemos gran villano en la sombra de la trilogía) es todo lo contrario. Un adversario inseguro, dominado por sus dudas. La sombra de Darth Vader es alargada, pesa como una losa sobre Ren, que sabe que jamás será tan grande como lo fue su predecesor, lo que lastra su juicio. Su viaje al lado oscuro no está completo, su pasado le ata y, por una vez, se nos ofrece un antagonista mucho más vulnerable, pasional y, en definitiva, humano, que cualquiera de los protagonistas. Resulta francamente memorable la secuencia en la que su rostro, ya sin máscara, entre la penumbra, recibe una tenue iluminación rojiza desde un lateral del edificio en el que se sitúa y otra azulada desde el lado contrario, reflejando exteriormente la tensa dualidad que carcome su fuero interno entre el Bien y el Mal, imitando la clásica dicotomía entre el color de los sables láser. Ya le gustaría a Anakin Skywalker (antes de convertirse en Vader) ser la mitad de personaje que Kylo. Se espera mucho de ambos para el Episodio VIII, el cual Abrams no dirigirá (quedando en manos de Rian Johnson, el efectivo director de Looper y de algunos de los mejores capítulos de Breaking Bad) pero del que ha asegurado que tiene un guión magistral. Cierto es que, por poner un punto negativo a algún actor, John Boyega necesitaria mejorar ciertos detalles de su actuación pero aún es muy joven, y bien es cierto que en general mantiene una fachada bastante creíble. No olvidemos que buen actor no siempre es aquel que derrocha lágrimas y pasión por todos sus poros, también puede serlo alguien que haga que nos olvidemos de que está actuando, y Boyega logra eso en ciertos momentos, lo cual es extremadamente meritorio para alguien de su corta experiencia en la gran pantalla.

El reputado John Williams vuelve a ponerse a los mandos de la banda sonora, tirando de los habituales clásicos para los momentos más memorables de la cinta. Incluso llega a escucharse en cierto momento una brevísima reminescencia de la Marcha Imperial, como regalo para los fans. No obstante, sí es cierto que los temas nuevos desmerecen un poco respecto a los que estamos acostumbrados, a excepción del Rey’s Theme, que, de forma simple y sin grandilocuencia alguna, sí retoma de lleno la profundidad e imaginería de sus composiciones más antiguas.

¿Es este el inicio de una nueva edad de oro para la franquicia? El resultado final de esta producción, las expectativas ante los dos episodios que quedan y el revuelo que están generando los tres futuros spin-off (tendremos el primero dentro de un año), así parecen demostrarlo. La trama resulta, en su análisis, ligera, casi demasiado poca cosa, pero es cómo está contada, las formas más que el fondo, el verdadero caballo de batalla de esta obra. Los enlaces entre escenas, los pequeños bloques argumentales que casi podrían ser minihistorias, que terminan perfectamente conectados. No hay necesidad de un viaje colosal o una batalla épica, porque esto es cine de aventuras, en su sentido más clásico, pero renovado como nunca. No resultaría descabellado afirmar que El Despertar de la Fuerza supone, por méritos propios, y sin tener en cuenta sus acertados guiños a los fans (como cuando Finn encuentra la esfera de entrenamiento de Luke Skywalker) la mejor película de la saga desde El Imperio Contraataca. O, en resumidas cuentas, sin alcanzar la maestría de los episodios IV y V sí supera con creces a las precuelas e incluso se equipara en algunos aspectos al Retorno del Jedi, teniendo tanto una dirección artística como, directamente, una capacidad de narrativa (porque, a fin de cuentas, y aunque a veces se nos olvide pese a ser lo más básico, el cine va de eso, de contar cosas) bastante superiores. Quizá no guste a los viejos fans, a aquellos que aún viven en 1983. A fin de cuentas, nada gusta a todo el mundo. La película tiene errores, como cualquier producción cinematográfica, y desde luego, no es perfecta, pero tiene esa sensación especial que transmiten las cosas grandes. Puede entenderse que ante el primer acorde de la sinfonía introductoria y el vuelo de las letras amarillas sobre el cosmos se haga el silencio en el cine, pero que ni uno solo de todos los espectadores que abarrotaban la sala el día del estreno profiriese sonido alguno, exceptuando pequeños brincos de emoción, durante 135 minutos es algo alcance de muy pocas películas. La guerra no le hace a uno grandioso, mantenía el Maestro Yoda, pero esta sí. Nadie esperaba tanto y, al mismo tiempo, nadie se habría conformado con menos. Abrams ha logrado lo que parecía imposible. Ha elevado a Star Wars por encima de las mismas estrellas. Que la fuerza le acompañe.

(Imagen destacada de: EW.com)