Warhammer ha muerto. Larga vida a Warhammer

Eran malos tiempos para ser un friki, no como ahora. Corría el período 2004/2005, el World of Warcraft apenas asomaba las orejas por debajo de la puerta de los jóvenes estadounidenses, la avalancha de youtubers clónicos era aún un pequeño e insignificante punto lejano en el horizonte (muchos aún no sabían ni qué diantres era eso de joutube) y aquí, en España, como nos sumamos a las modas y tendencias tarde, mal y a rastro (véase que en Fnac Coruña hayan aparecido los artículos de merchandising de Shingeki no Kyojin el mes pasado… con sólo dos años y medio de retraso respecto a la serie), ese mundillo le parecía a mis compañeros de escuela, en su mayoría, motivo desmedido de mofa. Mala época para disfrutar en público de tus cómics de DC o intentar comentar con alguien en el instituto el último anime recién horneado en tierras niponas, porque lo mejor que te podía pasar era comerte con patatas un continuo vacile (lo que ahora algunos llamarían acoso, ¿no?) durante todas las clases de la mañana. No obstante, de alguna forma, quien esto suscribe descubrió Warhammer y se aficionó de inmediato. Oh, amigos, aquello sí era el genuino epítome del frikismo.

Para quienes no estén versados en la materia, Warhammer Fantasy nació a mediados de la década de los 80 en el seno de Games Workshop, empresa londinense dedicada principalmente a la producción de juegos de tablero y estrategia y rápidamente se convirtió en el caballo ganador de los británicos. Un juego que aunaba el montaje y pintado (así como modelismo y transformación) de un gran número de miniaturas, la creación de ejércitos personalizados, ajustados a la forma de jugar de cada uno, y la realización de épicas batallas entre ellos, donde tanto la suerte (debido a las necesarias tiradas de dados) como, en mayor medida, la estrategia (gracias a la sabia utilización de los turnos, las formaciones de batalla y los poderes de cada unidad), tenían cabida para destruir el contingente enemigo. La familia comenzó a extenderse rápidamente, no sólo con la creación de nuevas razas para el propio juego (elfos, orcos, enanos y cualquier otro tópico de la fantasía heroica tenía cabida, amén de creaciones más o menos originales como las ratas mutantes llamadas skavens o los misteriosos hombres lagarto) sino con el nacimiento de un spin-off futurista, llamado Warhammer 40.000, con sus sempiternos marines espaciales, que se convirtió en la punta de lanza de la empresa tras los 90 y del que hablaré más adelante, y de muchos otros minijuegos (también llamados “de especialista”), así como de ciertos escarceos con el mundo del Señor de los Anillos, que pronto ocuparon las estanterías de las tiendas de cómics y ocio alternativo.

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Orcos a la batalla. Brutales, descerebrados, violentos y terriblemente entrañables. / Taleofpainters.Blogspot

Volviendo a mi relato inicial, cumplía un servidor, más o menos, sus primeros 15 años de vida cuando se inició en este oscuro y satisfactorio mundo. Por aquel entonces, además, el hobby estaba en un inusual auge de popularidad, al menos entre los más puestos en temas frikis, en nuestras tierras y en las más importantes ciudades gallegas se celebraban torneos con asiduidad. Tras unos años creando y mejorando un par de ejércitos (en los cuales, a bote pronto, uno podía dejarse varios cientos de euros en el proceso), participando en competiciones locales y, en definitiva, disfrutando del percal, poco a poco Warhammer fue dejando de ser una de mis prioridades. Lo lógico cuando uno crece, algunos hábitos perduran y otros no. Cuando, hace apenas unos meses, me dediqué a investigar qué ocurría ahora por las tierras del Viejo Mundo (donde se desarrollaba el trasfondo de todo esto), me encontré con un evento llamado El Fin de los Tiempos. Nada, estos con lo de siempre, me dije a mi mismo. Como ya habían hecho anteriormente, Games Workshop iban a liar la tremenda, crear una campaña multitudinaria, a nivel mundial, con miles de jugadores implicados, grandes sucesos que prometían cambiar para siempre el mundo del hobby y luego, una vez liado y requeteliado todo, viéndose incapaces de apaciguar los fuegos que ellos mismos habían encendido, aplicarían la clásica, la del sueño de Resines y todo quedaría en agua de borrajas. Pues nada más lejos de la realidad. Me encontré con cuatro escuetos libros que relataban cómo el mundo que habían creado y elaborado durante casi 30 años se iba al garete, literalmente. No había vuelta atrás, se habían cargado la mitad del ficticio planeta, a la mitad de las razas y a un porcentaje bastante mayor de los personajes implicados en todo lo anterior.

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Algunos coleccionistas conseguían que sus miniaturas fuesen auténticas obras de arte / Collectors.info

Mientras aún intentaba digerir que, de buenas a primeras, le diesen carpetazo a uno de los juegos de estrategia y modelismo más exitosos de todos los tiempos, apareció un nuevo producto ante mis ojos. Una gran caja rezaba el título Warhammer: Age of Sigmar, junto a la ilustración de un antiguo guerrero del Caos luchando contra… ¡¿un marine espacial tardomedieval?! No pocos supusimos que era una broma, pero el cambio era, desgraciadamente, real. Warhammer Fantasy desapareció, para siempre, condenado al olvido, y en su lugar Games Workshop nos ha metido entre pecho y espalda un juego cutre de narices, de escaramuzas, con muchas menos miniaturas, con mucho menos sentido táctico, con un trasfondo que nada tiene que ver con el que llevaba tantos años desarrollándose y sustituyendo un reglamento serio, complejo y consecuente por una especie de chiste resumido en cuatro páginas y con reglas del estilo de “si puedes mantener una compostura digna, sin sonreír, pese a las payasadas de tu oponente, podrás repetir las tiradas para golpear de tus miniaturas” (os juro que esa frase existe, está extraída de las nuevas reglas para los elfos).

Warhammer Fantasy desapareció, para siempre, condenado al olvido, y en su lugar Games Workshop nos ha metido entre pecho y espalda un juego cutre de narices

Lo cierto es que Games Workshop muere de éxito. Los mandatarios de la empresa británica, acostumbrados al exponencial crecimiento que experimentaron en los 90, no encajaron correctamente el golpe de que, sobre todo en tierras estadounidenses, naciesen otras marcas capaces de restarles clientes, y oponerse a ellos en cierta medida, y decidieron que todo aquello que no obtuviese beneficios superlativos, de la talla que ellos creían que debían ser, sería cancelado de inmediato, lo que ocurrió primero con todos los juegos de especialista (que no tenían pérdidas pero sí eran minoritarios), de los cuales ya no queda ninguno. Una vez terminada la primera década del siglo XXI, Warhammer 40.000, fuera de peligro, mantenía unas ventas considerables (los Eldar, los Tau y, sobre todo, los marines espaciales, porque TODO el mundo tiene marines espaciales, granjeaban unos buenos puñados de ingresos en las arcas de la compañía), aglutinando a un gran número de fanáticos de la ciencia ficción bélica, pero su contrapartida de fantasía medieval comenzó a decaer. Los abusivos precios de Games Workshop, así como su habitual política de “para ganar más es necesario que tengas la nueva miniatura chachi-piruli con muesli que tiene una armadura mejorada y que sólo cuesta 99,99€, así como el nuevo libro de ejército de los hombres bestia (si ya tenías el que salió hace dos años te jodes, que en este hemos cambiado un par de cosas que ahora se hacen necesarias) que puedes encargar por otros 29,99€”, su poco cuidado e interacción respecto a los jugadores y su mala mano a la hora de avanzar los trasfondos (balanceándose entre los “estamos 15 años sin que pase nada” y los “OH DIOS HAN MUERTO CASI TODOS“) alejaron a los dubitativos y a los descontentos. La avaricia, la falta de reacción y aprendizaje ante los errores y la poca paciencia de la empresa terminó por obrar el desastre. No obstante, se cree que la compañía podría hacer una pequeña rectificación, intentando pescar de nuevo a los jugadores más veteranos, recuperando algunos juegos de especialista como Blood Bowl (sí, era como fútbol americano, pero con trolls y orcos por el medio).

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La caja pinta bien, ¿eh? En serio, es un asco de juego / Gamesworkshop

Lo único seguro de todo esto es que Warhammer Fantasy ha muerto. Y ya no va a volver. Las devastadoras cargas de caballería de Bretonia no volverán a aliarse con las incansables salvas de cañones imperiales para hacer mella en las violentas y destructivas vorágines de los ejércitos orcos. No volverá a escucharse el entrechocar de los regios escudos de los enanos frente al sofocante silencio de los no-muertos y los altos elfos jamás se alzarán de nuevo, orgullosos y letales, frente al hambriento poder de los dioses del Caos. Algunos han optado por la senda de quemarse a lo bonzo pero la gran mayoría, los verdaderos amantes de Warhammer, atesorarán ahora sus miniaturas como una reliquia del pasado, de una guerra mítica que no terminó peleando honorablemente, con una gloriosa batalla frente a las puertas de un castillo, sino en unos fríos y desalmados despachos.

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