Un minuto de silencio

Lunes, doce del mediodía, justo antes de comer. Después de una pesadilla de fin de semana, una de esas en las que nunca suena el despertador, toda Francia paraba el reloj de la realidad más ficticia, por un minuto. Nada más que un minuto. Sesenta segundos en los que uno reflexiona, sosegadamente, lo que días atrás escupiera en forma de palabras, al ardor de la histeria y el espanto. Relativizar y convencerse de que, al fin y al cabo, no deja de ser algo ajeno; uno de esos sucesos que ocurren todos los días, en muchos lugares, a algunas personas. Nada que ver contigo.

Toda Francia paraba el reloj de la realidad más ficticia por un minuto

Qué lástima la mala suerte de quienes sufren. Qué pena las lágrimas de quienes no lo pueden esconder. Llegas a la conclusión de que quizás, si solo piensas en la suerte, todo es más sencillo, los remordimientos desaparecen y…voilà! Paz, amor y armonía, carpe diem, vive el día a día. Desgraciadamente, no era más que un minuto de silencio, silencio por un minuto, y nada más.

“Liberté , égalité et fraternité”…lo repites 3 veces seguidas y ya suena empalagoso; suficiente con una si se invoca como medicina para un occidente terminal, en su propia esencia. “La violencia no se resolverá con más violencia” ¿Qué Estado de derecho es aquel que responde por pura venganza? Menudo jolgorio lo del pacifismo.

“Liberté, égalité, fraternité” se escucha, con un fondo de nostalgia, sentimiento identitario y orgullo nacional… cierto aroma a rancio se huele por quienes tras décadas de globalización siguen sin explicarse qué narices hace una sección de comida halal en un supermercado francés. Una religión, un responsable. Zafarrancho de ideas en la Europa de la ilustración.

Curiosa movilización la de los activistas de los derechos humanos que reivindican la no intervención, la de la digna indignación que se conforma con indignarse, la del relativismo moral sin pecado concebido. Curiosa normalidad la del sentido común de los valores de toda la vida, la de la asimilación cultural de la imposición, la del supuesto civismo de quienes lo expresan con odio hacia el inocente. Curiosa paradoja ese lapsus donde esas tres palabras desaparecían irónicamente después de aparecer, en 1789, para después volver en su máximo esplendor.

Estamos en guerra, estamos en la guerra, en la Europa del siglo XXI. La Europa del bienestar, la Europa cristiana. Esta vez no hay enemigos definidos, no hay personas a las que señalar sin contradecirnos en nuestros propios valores.

Hay quien en los años 90 hablaba del fin de la historia, del último hombre. El fin de la historia, del debate; el triunfo de occidente, de un sueño americano que nunca ocurrió. Un último hombre legitimado para salvar el mundo en nombre de la humanidad. Debía de ser por Putin; al parecer, esperanza occidental. Dictador y criminal de Estado por vocación, maestro de la geopolítica por circunstancias de la vida. Los que antes le llamaban asesino y corrupto, hoy piden subcontratarlo, aunque con ello evidenciemos nuestra propia incompetencia. Los intereses, pues, ya se pagarán más tarde…

En Europa, nuestra Europa, la de la crisis, va siendo el momento de llegar, por lo menos, al punto de inflexión. Algo habrá que hacer. El mundo sin fronteras, de la interconexión, de la comunicación global, es también el mundo de las amenazas. Amenazas sin fronteras en Europa. En Siria, en Líbano, en Mali, en Kenia. Para nosotros no hay futuro sin respeto. Para ellos no hay futuro por inercia.

Que si el yihadismo es conscuencia de la acción de occidente, de haber armado a los locos de las barbas allá por los 80 en Afganistán. La Unión Soviética pasaba por la zona, repartiendo panfletos sindicales y cantando la internacional, con el benevolente idealismo de la época. Qué jolgorio, esto del pacifismo.

Que si el yihadismo es un problema más allá de la cultura política, de quienes imponen su visión. Hay que cerrar fronteras, Tolerancia 0. Contra el yihadismo, también. Zafarrancho de ideas, en la Europa de la ilustración.

Touché! La suerte es mera estadística. Una probabilidad escasa de que lo que guía la voluntad del ser humano se desvíe en otra dirección. Una posibilidad remota de que ese pepito grillo en tu cabeza se calle la boca de una vez.

Liberté, égalité, fraternité, una causa heroica para la que hace falta un antihéroe.

Artículo realizado por: J. L. Maíz