Testimonio de un abstencionista

En un mes tendremos la cita de las urnas, la fiesta de la democracia. ¿Ya sabes a quién votar? Algunos no votamos, somos ese porcentaje de abstención al que la gente siempre se refiere de este modo: “¿Pero cómo le da igual a tantas personas esta cosa tan importantísima?

La superioridad moral me provoca más reactancia que, incluso, los captadores de socios de ONGs que te violan por la calle.

Uno de los aspectos en los que más se nota la condescendencia del universitario formado, del responsable ciudadano, del experto histórico, es en el discurso que tienen sobre las elecciones y la obligación moral de ir a votar sí o sí, aunque sea en blanco.

Los que no vamos a votar nos convertimos inexorablemente no solo en irresponsables e ignorantes, sino que además somos cómplices de un supuesto delito contra la democracia y contra los “millones” de personas que “se dejaron” la vida para que nosotros podamos meter un papel en una caja.

Para que el artículo vaya más fluido, a partir de ahora denominaré votanazis a aquellos que defienden votar a cualquier precio. Ya sabéis, los de “Si no votas no cambiará nada”, “Es un derecho que costó mucho sudor y sangre”, “Hay que ser responsable y respetuoso con nuestro sistema” y “Estás haciendo lo que los poderosos quieren”.

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Ese olor a cuero. Esa sensación de frescor. Cómo abandonarlo.

En un mes tendré que quedarme en casa (si el karma no hace que me llegue la carta de presidir una mesa o ser vocal), y lo haré porque quiero, porque puedo y porque un derecho nunca será una obligación.

“Si todos hiciesen como tú…” Bueno, es que en esta vida tiene que haber diversidad. Yo no le digo a los votanazis nada crítico por ir a votar, ni les hago sentirse mal. Si todos hiciesen como yo… ¿Qué? Pues si todos hiciesen como yo no existiría Zara, ni Inditex. Nunca compro allí. No existirían motores diésel, soy de gasolina. Microsoft habría desaparecido y Android nunca llegaría a haber nacido. Red Bull sería la bebida más importante del mundo, los zapatos se habrían extinguido (¡vivan las deportivas!) y solo quedarían golden retrievers. Sí, si todos hiciesen como yo este mundo sería un lugar mucho peor. Pero afortunadamente cada uno es como es.

Vamos a ponernos serios durante un par de párrafos. ¿Sabéis lo que es la falacia de falsa dicotomía? Una falacia, antes de nada, es un razonamiento que contiene algún fallo lógico, un silogismo erróneo, y que generalmente se comete sin querer.

La falacia de falsa dicotomía nos hace creer que existe un número limitado de opciones, cuando en realidad existen muchísimas más. “Cariño, ¿Hoy cenamos juntos o ya no me quieres?”, “Papá, ¿Me compras este regalo o ya no te importo?”, “Hijo, ¿vas a clase hoy o es que ya no quieres seguir en la universidad?”. Esta falacia es la base de la democracia, la base de la denominada ilusión de elección. A ningún ser humano le gusta que le obliguen a nada (con excepciones sadomaso), pero si le hacen creer que existe una decisión, aunque todas las opciones lleven al mismo destino, entonces será feliz. Coca Cola o Pepsi. Demócratas o republicanos. Mediaset o Atresmedia. Playstation o Xbox.

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Muchos de los que nos quedamos en casa lo hacemos porque no vamos a pasar por el aro de elegir algo que en realidad no representa, para nosotros, ninguna libertad. Consideramos incluso que los votanazis son los que legitiman esa falsa dicotomía. Los que nos quedamos en el sofá no queremos que el próximo presidente del gobierno pueda decir “es que los españoles me eligieron”. No queremos legitimar a un gobierno que, analizándolo a posterior, y teniendo en cuenta los diferentes que ha habido en los 35 años de democracia, aún nunca ha merecido mi voto.

Eso sí, dentro de los que no vamos a votar también hay diversidad, no somos iguales ni cumplimos todos el mismo perfil.

Está el que no cree en el sistema. Un poco lo que soy yo. Después encontramos al antisistema. A diferencia del anterior, este no solo “pasa” de la democracia, sino que además está en contra de lo que actualmente supone. Una buena analogía sería decir que el agnóstico es el que no cree en el sistema y el ateo el que está en contra de él.

El anarquista. Es un antisistema con una ideología concreta. Los anarquistas me caen bien, porque los hay de todos los colores y mantienen, dentro de su transversalidad, una idea común: el odio al estado, simplemente por el hecho de existir. Conozco a anarquistas sindicalistas, anarquistas comunistas y anarquistas capitalistas. Cualquiera de ellos te dirá que los otros no son anarquistas de verdad, que no tienen pedigrí, apelando a libros de intelectuales que nadie conoce y que nunca se han leído.

El que no sabe de qué va la política. Este es mi animal favorito, y lo reconocerás porque a día de hoy no sabe el nombre de ningún ministro, qué partido era el de Adolfo Suárez o quién gobierna en su municipio. Uno de los síntomas de este perfil es que, el sábado de la víspera de las elecciones, estando de fiesta, es cuando se entera de que la fiesta de la democracia es al día siguiente.

Antes de finalizar, voy a hablar de otra de las frases de los votanazis: “Si no te gusta ninguno, vota en blanco”. Esto se lo refutan ellos mismos segundos después, cuando te dicen: “Si votas en blanco, favoreces al partido más votado”. Qué mal, eh. Favorecer al más votado. Qué injusticia. Supongo que el problema es que, normalmente en este país, el más votado es ese partido que tanto odian los defensores de la democracia. Irónico. No, votar en blanco sigue siendo legitimar algo que no funciona.

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En las elecciones europeas de 2014 decidí votar a mi admirado Alberto Escobar

No tengo la receta de cómo sería mejor el sistema, ni tampoco es mi trabajo fabricarla. No sé cuál es la solución, porque probablemente no la haya. Por eso mi conclusión es que es tan importante que haya gente que va a votar, como que haya gente que se quede en casa. Todas las fuerzas y opiniones son necesarias para no legitimar nunca algo de forma absoluta, ni siquiera la democracia.

Ya sé que sigues sin estar de acuerdo conmigo, querido lector. Pero acaso… ¿No es estar en desacuerdo algo maravilloso?