Trivialidades

Se podría decir que, cada día, las personas se asemejan más y más a las estrellas fugaces. Pero sería una afirmación, en primer lugar, estúpida y, además, falsa. Si acaso, somos fugaces. Todavía el otro día se podía escuchar al sobrio y ecuánime José María Aznar increpar sin reticencias al que otrora fuera su promocionado discípulo Mariano Rajoy, invitándolo amablemente a abandonar el sillón de plata que constituye la presidencia del Gobierno de España y a sumirse, cómo no, en la acaudalada jubilación de la que él disfruta desde hace ya once años. Años maravillosos pero aburridos, según podemos intuir.

Y es que la cima aporta más cosas además de infinitos litros de gasolina gratis y una vida entera sin volar con Ryanair. La cima aporta adrenalina. Pero la cima es fugaz. Decía Aristóteles Onassis, el verdadero filósofo griego, que “para lograr el éxito, debes mantener un aspecto bronceado, vivir en un edificio elegante, aunque sea en el sótano, dejarte ver en los restaurantes de moda, aunque sólo te tomes una copa, y, si pides prestado, pedir mucho”. Hemos devaluado al éxito de tal manera que, a día de hoy, uno ya no sabe si realmente se merece aquello que obtiene o si sólo ha sido el absurdo azar y su dudosa capacidad de convicción quienes le han jugado una buena pasada.

Lo que está claro es que la transparencia ha perdido una de sus acepciones como término y eso no es algo bueno. Cabe dudar acerca de si Pablo Iglesias es verdaderamente una alternativa viable de cara al relevo generacional de la política española o si únicamente es un hombre cuya verdadera capacidad ha sido la de hacer creer a la gente que es verdaderamente capaz. Lo mismo, por supuesto, ocurre con Albert Rivera enfocado hacia los sectores más conservadores. Hace poco, de hecho, se podía leer a Hermann Tertsch – sí, él – atizando a Rajoy y ensalzando al club de buenos católicos en el que se han convertido Rivera, Arrimadas y compañía.

Decía Kant que la verdad en sí misma es un ente de imposible conocimiento pero confirmada existencia, siempre modificada por las impresiones y el contexto de aquellos que entran en contacto con ella de forma directa. Descendiendo a lo terrenal, es bien cierto que el filósofo alemán dio en el clavo a la hora de explicar el por qué de los puntos de vista tan distintos que se presentan en la sociedad. Pero lo verdaderamente cierto es que hay cosas que no hay quien se las crea. Y es que una cosa es la subjetividad moral y otra la solícita y voluntaria tomadura de pelo.

Últimamente me he escuchado a mí mismo quejarme en exceso acerca de la falta de transparencia en la que vivimos sumidos, ya sea a nivel social o político, y a la que tan poca importancia damos. Pero sí nos hemos convertido en seres desconfiados, o al menos ése y ningún otro debería comenzar a ser el camino adecuado. Un camino que, cada vez, será más difícil adoptar. En la época de la decadencia del pensamiento crítico, la formación coherente de una sociedad plural y consciente resulta contraproducente. Inmersos en esta pretendida democracia, los votantes se han convertido en habituales consumidores de publicidad. Consumidores que acaban creyéndose que un champú es mejor que otro para la caspa. Pero la caspa sigue ahí.

Mientras tanto, en la cima siguen los puñetazos por mantener la posición y aquellos ya derribados buscan volver a escalar linchando a sus sucesores. Entre la comunidad infantil, de hecho, está bastante extendida la idea de que, desees lo que desees, si lo haces con mucha fuerza, se hará realidad. Algo así como la telequinesis pero con objetivos de futuro. Y lo cierto es que a mucha gente le funciona. En este universo de apariencias exacerbadas, creerte que puedes aspirar a un puesto para el que realmente no estás preparado ni ética ni académicamente ha servido a muchos para decidir qué tasas impositivas aplicar a los ciudadanos y qué marca de Mercedes comprarse con el montante resultante.

Pero los Mercedes son fugaces. Los puestos de renombre son fugaces. La élite española es fugaz. ¿Y la europea? La europea también. Lo que no es fugaz es la herencia estática, superficial y banal que estamos asimilando. No es nada fugaz el cariz de sociedad apolítica, aberrante y llena de prejuicios y disertaciones empíricas sobre el que nos estamos asentando. Y pronto llegará el día en el que todo lo que se diga resulte poco creíble, falso e interesado y, pese a todo, nos dará igual. Y seguiremos creyéndonos que somos estrellas cuando, en realidad, no seamos más que fuegos artificiales.

Caricatura: Loiro.