¿Qué significa realmente Grecia?

¿Cuál es el verdadero sueño griego? Muchos foráneos lo encuentran en una boda en lo alto de la colina de Thira, en el atardecer más bonito del mundo sentados en Oia, bailando al ritmo de Padeli Padelidis hasta que esos mismos rayos regresan a Mykonos o Matala (Creta), o paseando como Sócrates entorno a la Acrópolis ateniense en busca de respuestas. La reacción de un heleno giraría, sin embargo, sobre una jarra de vino acompañada de una ronda de raki en una “taverna” hasta no ser capaz de contener un buen sirtaki. Esta última, acaba figurando en la visita al país más rápido cuanto más se intenta evitarlo, pero ¿cómo se puede disfrutar de toda la esencia de esta esquina de Europa en un reducido período de tiempo? Conocer el encanto griego es sencillo, basta con acudir a una de sus isla en invierno. Te recibirán cuatro habitantes: el dueño del restaurante y su madre, −una gran productora de yogur en el país−, el barquero que rodea la isla −posiblemente el hijo del dueño del restaurante− y el comerciante que sube los productos al supermercado de la zona en burro. Todos ellos con un título de inglés recién impreso en Cambridge. El puro estilo «sigá sigá», lo que significa en griego la ley básica de todo ciudadano: vivir la vida poco a poco.

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Atardecer en Oia (Santorini) | ⒸLuca Cristali

Hay más de 6.000 islas griegas. Muchas de ellas no están habitadas y otras temen ser comidas por el mar consecuencia de una avalancha de turistas entorno a los meses de verano. Conocer todos los países del mundo semeja más asequible que visitarlas todas. La mejor experiencia en la cuna de la civilización es disfrutar de sus bellos paisajes en la soledad. No se han hecho famosas porque sí, pero hay lugares que no necesitan de la multitud, y de esos, de los que dejan un rato sin habla, abundan en los siete grupos. Serían por un lado las islas Cícladas, luego Creta, el archipiélago del Dodecaneso, las Espóradas, Eubea, el Egeo del Norte y las islas Sarónicas. La claridad del blanco y la autenticidad del azul despiertan imágenes para cualquiera que haya estado en el grupo sur. Los vecinos pintan sus casas de blanco dos veces al año, colores de la bandera que todos respetan. Para completar esta estampa, solo resta colocar un centenar de gatos paseando de forma casual por la zona, aunque pronto nos percatamos que no es tan arbitrario. En un país con tanto que contar resulta paradójico que las palabras cuesten salir por la boca en tantas ocasiones.

Único transporte autorizado en la isla de Hydra | ⒸNuria G. Guillín

La lluvia llega a Grecia en grandes cantidades durante el invierno. Es inevitable pensar en Zeus, en su poder y furia para mandar esas fuertes rachas sin motivo aparente y con una duración de no más de media hora. La tranquilidad, el sol y el aspecto con el que se reconoce a la ciudad regresa pronto. La vida continúa y aunque el aire puro y la desconexión podrían durar para siempre, la vuelta a la urbe se hace inminente. El último barco resuena en toda la isla, y los cuatro habitantes acuden a despedir a los vecinos fugaces de los últimos días. Con una mano dicen adiós y con la otra sujetan el burro con el que sacudirán la cartera de los nuevos.

El ritmo del «sigá sigá»

La ciudad de la historia: Atenas

El Pireo marca la llegada a la civilización. Coches, ruido, una inmensa ciudad llena de gente que, a pesar de todo, sigue sin parecer muy apresurada. Atenas es la ciudad más grande del país. Con diferencia. Prácticamente toda Grecia está deshabitada, y la población se concentra en la capital o en Salónica. Con cafés fríos o “fredocapuccino” en mano, la urbe despierta a eso de las 10.30 de la mañana. No es necesario correr. Los 45 minutos tarde son de misericordia, y ¿quién llega a la hora establecida? Los viandantes caminan despacio, no así los coches. Taxis amarillos, al más estilo neoyorquino, motocicletas en la carretera o en las aceras, según conveniencia, ponen en peligro la vida de los pocos que van andando. Calles gastadas y el aspecto de una ciudad maltratada por las altas temperaturas y el descuido. Lo único nuevo del mobiliario urbanístico son las papeleras. La noche anterior el barrio anarquista ha estado quemando los principales basureros, coches o lo que más a mano se encontraba.

La lucha no cesa y en Exarquia la noche es más intensa que el día. Hay cinco grafitis nuevos en las paredes y la tienda de gyros de la esquina ha renovado el rollo de carne, que ya gira repleto de nuevo. La comida rápida más popular del país se disfraza de kebap, pero tiene en su interior patatas fritas y se envuelve en pan de pita. Los anarquistas también dejan la plaza del barrio con fuerte olor a marihuana. Sin embargo, aquí las luces del día aún no se perciben y una docena de festivos rostros permanecen cantando y bebiendo, mientras que las puertas del club social de la zona cierra todavía sus puertas. Se podrían escribir libros sobre Exarquia. Querido por estudiantes y temido por los más mayores. Lo cierto es que nunca duerme. El kiosco de la plaza vende el alcohol más barato de la ciudad, y sus clientes fijos no hacen más que crecer.

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El barrio anarquista de Exarquia, uno de los más famosos de Atenas | ⒸNuria G. Guillín

La calle sube y el aspecto de los edificios se transforma. Nos acercamos a la zona rica. Gritos a puertas del edificio de la universidad. En la calle de Panapistimiou se encuentra el emblemático edificio de la universidad más antigua de Atenas, la Kapodistrian. Una nueva protesta oscurece el esplendor renacentista que suele tener. Está rodeado de la Biblioteca Nacional y la Academia de las Artes. Apolo y Atenea, la diosa de la ciudad, custodian la triada de edificios. El cuello se encorva, es imposible no quedar pasmado ante su tamaño. Tras ellos se asoma una pequeña colina. El monte Licabeto tiene hasta teleférico para acceder a las vistas más impresionantes de la ciudad.

Llegamos a Syntagma, la plaza de referencia. El parlamento enfrente rodeado de soldados y cambios de guardia con coreografía a las hora en punto. Syntagma significa constitución y se establece como el lugar para construir en nuevo parlamento tras el fin de la monarquía en el país en 1974. La situación política en Grecia es casi uno de los atractivos por  los que visitar en país en la actualidad. La curiosidad por saber qué ocurre y cómo se encuentran realmente sus ciudadanos. Retroceder a la España de los años 70 para reflejar el círculo que forma en el futuro. Cuando la gente ya ha visto todo y prueban de los extremos más marcados de cada lado sin poder, aún así, confiar en nada ni en nadie. El orgullo de vivir un momento histórico con sus protagonistas se vuelve hipócrita cuando egoístamente sabes que tu realidad cambiará y no continuarás hasta las consecuencias.

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Las vistas desde el monte Licabeto son de las más impresionantes de la ciudad| Ⓒ Nuria G. Guillín

 La búsqueda de la Acrópolis se hace necesaria a la llegada a Atenas. Todos quieren ver la imagen que se ha repetido tantas veces en los libros de historia, en las agencias de viajes y que suponen haber visto los ojos de los auténticos fundadores del pensamiento filosófico. Aunque Acrópolis significa la parte más elevada de una ciudad, la moderna Atenas ha minimizado esa diferencia de altura. Es de fácil visión desde varios puntos, pero la subida no es tan marcada. Paseando tranquilamente por las calles del entorno, por la multicultural plaza de Monastiraki —significa pequeño monasterio, y es allí donde se concentran varios templos ortodoxos, muy presentes en toda la ciudad—o perdidos en las pequeñas calles de Plaka, podemos tropezar, casi sin querer, con el comienzo de la antigua agrupación de templos. Sin embargo, primero nos veremos obligados a pasear por este último barrio. Plaka también presenta pequeñas paradas culturales marcadas por las Ágoras o la biblioteca de Adriano, Es un pequeño bocado de las islas en la ciudad. Diminutas calles de piedra, azules y blancas pero también puertas y muros de colores sorprendentes, pequeñas tiendas de gran encanto, o las terrazas rodeadas de vegetación y luces. No sería raro acabar en un callejón sin salida al pasear sin rumbo, siendo realmente esta la intención del área.

Así es como llegamos a ver las puertas de la roca de Ares. Atenas a nuestros pies y una uniforme masa de casas blancas se amontonan creando una bonita estampa. El Erecteion, el edificio de la Atenea Niké y finalmente en propio Partenón. Siglos de historia siempre acompañados de grandes olivos. La lucha que miles de años antes se produjo entre Poseidón y Atenea por dar nombre a la ciudad es el principal motor de la construcción. Atenea ofreció a su pueblo un olivo, el primero que se plantó en la ciudad, mientras que Poseidón abrió con su tridente una agujero en la tierra del que comenzó a salir agua. Los atenienses decidieron proclamar ganadora a Atenea pasando a dar nombre a la polis. El fruto de su ofrenda se convirtió entonces el producto más valorado, y es todavía un elemento imprescindible en su dieta. Al cruzar las Propileos o puertas de la ciudad, nos saluda precisamente la primera mención a esta victoria (significado de niké en griego antiguo). Más adelante, unas mujeres columna o kariatides, nos hacen pensar sobre la exactitud y conocimiento arquitectónico de nuestro antepasados. Y por último, enfrente de este, Atenea Partenos —Atenea siempre virgen—, el edificio que tantos años creemos haber visto en diferentes sitios, siempre guardando parte de su factor sorpresa por su gigantismo. Y es que verse a uno mismo en la foto es una de esas sensaciones que es necesario experimentar.