Personajes literarios: Pechorin y el atractivo de la decadencia (VI)

“Contemplo desde mi propia conveniencia los sufrimientos y las alegrías de los demás, considerándolos sólo un alimento del que se nutre mi fuerza espiritual. Con el paso del  tiempo, mi ambición menguó, pero resurgió en mí bajo otro aspecto. La ambición no es más que el ansia de poder, y de ahí mi profunda satisfacción cuando consigo someter a mi voluntad aquello que me rodea. Porque el hecho de provocar hacia mí sentimientos de amor, de renuncia o de miedo, ¿no es acaso el mayor triunfo de mi poder? Ser para alguien el causante de su sufrimiento o de su felicidad, sin tener para ello derecho ninguno, es un dulce licor para nuestro orgullo… 

¿Y en qué otra cosa consiste la felicidad, sino precisamente en la satisfacción del orgullo?”

Pechorin

Resulta que este artículo debería empezar con una frase medianamente breve que resumiese, en la medida óptima de lo posible, qué tiene de particular o especial el protagonista principal de Un héroe de nuestro tiempo. Lo que sucede, sin embargo, es que en mi opinión, no hay frase en toda la novela que defina mejor a Pechorin que esa extensa reflexión que da comienzo a este escrito.

La primera vez que oí hablar de la obra del autor ruso Mikhail Yuryevich Lermontov fue durante una clase de Literatura Universal en segundo de bachillerato. El profesor que impartía dicha asignatura, a diferencia de un servidor, sí fue más conciso a la hora de sintetizar esta novela: “la historia de un hombre que no siente pasión por nada”.

Esa afirmación es, en líneas generales, cierta, pero con matices. Pechorin, el protagonista, es un personaje contradictorio genialmente construido. La grandeza de Un héroe de nuestro tiempo reside en que te hace pensar que Pechorin es un poco hijo de puta, pero al mismo tiempo, sus certeras reflexiones y su perspectiva crítica te hacen sentirte identificado con él, llegando a la evidente conclusión de que todos somos un poco hijos de puta.

Lermontov recoge, en cierto modo, la herencia que dejaron otros autores románticos, pues este movimiento literario fue algo más tardío en la zona oriental de Europa. La subjetividad y el individualismo cobran una importancia capital, y en Un héroe de nuestro tiempo vemos claramente esa característica, plasmada en todos los monólogos internos y dilatadas reflexiones del protagonista, que elucubra con cierta facilidad sobre sus opiniones, puntos de vista y experiencias.

La obra, compuesta por varios capítulos con diversos narradores, alcanza su cenit en el penúltimo pasaje, La princesa Meri, que es también el más extenso. En esta historia, que es cronológicamente la primera, se profundiza en el aspecto más intimista de Pechorin, que expone sus impresiones sobre la sociedad y sobre la propia naturaleza del ser humano. Hay un relato y unas situaciones, pero estas pasan a un segundo plano: lo realmente interesante, el elemento diferencial de la novela, está en la brillante crítica que realiza Lermontov a través de las hábiles reflexiones de su personaje. Pechorin es una persona que aglutina todos los defectos apreciables en el ser humano contemporáneo, una especie de héroe de su tiempo, que no es el nuestro, pero que podría serlo perfectamente.

“Llevo en mi interior un afán congénito de contradicción, y toda mi vida ha consistido solamente en una serie de tristes y desafortunadas contradicciones”

Es especialmente interesante la clarividencia y perspicacia con la que valora las acciones propias y ajenas, cómo él mismo es consciente de ser un grotesco monstruo amoral y cómo no le importa en absoluto el hecho de serlo. Pechorin es egoísta y aséptico, y si bien en varias ocasiones se comporta de un modo agradable o gentil, simplemente lo hace para manipular a los demás y conseguir un fin determinado. No son pocas las veces en las que el protagonista se plantea el por qué de su comportamiento y de su afán por extraviarse de los preceptos que le impuso la sociedad en la que vive. Es un personaje fundamentalmente pesimista, pero no en un sentido de negatividad, sino un pesimista racional, una suerte de nihilista en la más estricta y primitiva definición del término (acuñado precisamente por otro novelista soviético, Iván Turguénev, un par de décadas después de la muerte de Lermontov).

Así, Pechorin es una persona que niega rotundamente la existencia del amor o de la amistad en un sentido totalmente puro. El protagonista opina, como queda claro en la reflexión inicial del artículo, que el amor no es más que un medio para ser amado, y que ser amado es importante porque refuerza el amor propio, obteniendo así el fin deseado: la satisfacción del orgullo personal. Esta es, evidentemente, una opinión un tanto oscura y opaca, alejada del idealismo del amor como sentimiento mutuo, como una simbiosis plenamente altruista.

Para Pechorin, la vida no consiste en mucho más que un tránsito intrascendente por un camino fútil y carente de relevancia. Esa idea tan poco atractiva que emana de sus palabras, ese hastío vital en el que se encuentra sumido, es la clave para entender toda su lógica y su forma de ver el mundo. Sin embargo, el hecho de que no encuentre sentido alguno a la existencia, no significa que sea una persona pasiva o poco vigorosa: Pechorin disfruta de los múltiples placeres de la vida, pero es un hombre meditabundo y que muestra una tenaz inquietud por la cantidad de sinsentidos que observa en los hábitos de comportamiento desarrollados por el ser humano.

“A veces percibo que me desprecio a mí mismo. ¿No será por eso que también desprecio a los demás?”

De todos modos, Pechorin no es un misántropo que se pase la vida detestando a sus congéneres, simplemente se plantea de forma crítica, analizando sus vicios y errores, el por qué de lo que hacen y de lo que sienten. En cierto modo existe una especie de guerra interna en él, pues a pesar de que su forma de ver el mundo es cuestionable, no deja de ser una persona con sus debilidades e inquietudes: no es un monstruo insensible, y pese a sus singularidades, él ha amado, ha tenido deseos y ha sufrido decepciones.

Las múltiples contradicciones que definen al personaje hacen complejo dilucidar si su forma de ser o de pensar es éticamente aceptable. Sus particularidades, tan específicas y a veces tan opuestas, conforman un personaje cuyo interés está precisamente en lo dificultoso que es vivir con esa angustiosa desesperación que le oprime.

La muerta prematura de Lermontov, a los 26 años de edad, nos ha privado de la posibilidad de gozar de una obra prosística más extensa por su parte, pues la mayoría de los trabajos del artista ruso eran poesías, siendo menos prolífico en el género novelístico. Precoz y talentoso, de estilo soberbio y cuidado, Lermontov fue un autor muy influyente dentro del ámbito literario soviético, pese a que era una persona plagada de claroscuros, algo muy frecuente en los escritores románticos.

Al igual que la de su padre literario, la vida de Pechorin también fue breve pero intensa. Quizás las similitudes entre ambos sean más que mera casualidad.