Sobre infravalorar

En el 2007, durante la subasta pública de bienes incautados por el siempre eficaz servicio policial de Chicago, el periodista John Maloof, en su avidez por documentar la génesis de la metrópolis más gélida del país, decidió hacerse con un lote de carretes sin revelar por la considerable cifra de 380 dólares. Un desembolso muy generoso para el departamento de Estado de Illinois, que se desprendía de unos archivos que habían estado criando moho y polvo durante cerca de cuatro décadas en unos edificios abandonados recientemente decomisados por el ayuntamiento de Chicago para ser reconvertidos en centro comercial o aparcamiento. Maloof adquirió el contingente atraído por la habilidad del subastador, que se había referido a ellos como “impresiones inmarcesibles de nuestra magnífica ciudad” o, lo que es lo mismo, estampas que podrían reutilizarse como postales navideñas en caso de resultar inútiles. Con los treinta mil (¡treinta mil!) negativos revelados y dispuestos sobre la mesa de su escritorio, Maloof los desechó gradualmente y optó por no incluirlos en su investigación ante la escasa trascendencia histórica de las imágenes: lo retratado, lejos de poder enmarcar una época, resultaba insustancial, familiar, abstraído. Decidió colgar un post en Ebay vendiendo las fotografías sin demasiada esperanza, y a un precio más bien irrisorio.

Sin embargo, recién levantado de un sueño incómodo y sin convertirse en escarabajo, mesándose la barba de tres días y con un café destilándose en la cocina, Maloof comprobó su cuenta de correo como un hábito soporífero y descubrió decenas de ofertas por sus fotografías de un día para otro: la red se había movilizado ante la candidez de los retratos, ante la belleza de las instantáneas. Aturdido todavía por la perplejidad, Maloof recogió aceleradamente el envoltorio de donde había sustraído los negativos y vio un nombre que le había pasado inadvertido durante el revelado: “Vivian Maier”. El nombre, como es lógico, no le dijo nada a Maloof, de modo que decidió inmiscuirse un poco más en la identidad de la desconocida con la misma profesionalidad rutilante y con la misma disciplina intachable del periodista de investigación: buscándolo en Google. Nada. Ni un solo nombre. Ni una entrada, ni una coincidencia; ni siquiera una actriz porno con nomenclatura similar, descubierta entregad a su profesión gracias al atajo del “Voy a tener suerte”. Si no existe en Google, debió pensar Maloof, es posible que esta mujer sea una fantasmagoría.

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Mientras tanto, al otro lado de la ciudad que Michael Jordan sobrevoló durante lustros, una pareja de aficionados a la fotografía, Ron Slattery y Randy Prow, amantes confesos de la ciudad de Chicago, se encandilaban con incredulidad ante la magnificencia de las fotografías de Maier compartidas por Maloof. A pesar de la austeridad de sus recursos, decidieron hacer una pujanza elevada para hacerse con el lote ganador. Sin embargo, el hábil Maloof decidió retirar la oferta de la red por temor a deshacerse de la posesión fotográfica más requerida desde la desnudez de Kim Kardashian. Slattery y Prow demostraron una persistencia mayor, y continuaron indagando en el misterioso de las hipnóticas fotografías. ¿Quién era esta Vivian Maier, que había inmortalizado con tamaña gracia la sempiterna languidez de la Ciudad del Viento? ¿A qué época pertenecían las hermosas impresiones? ¿Es posible que siga viva? Con una red de influencias tan leve como tenían, poco podían hacer más que resignarse y contemplarlo como una quimera irresoluble. Pero, esta vez, la fortuna se alió con los más perseverantes: Slattery y Prow adquirieron en un mercadillo insignificante un maletín y un manojo de cajas con las siglas “V.M”. grabadas en el lateral. ¿Sería posible tamaña coincidencia? Lo era: las imágenes incluidas en los paquetes resultaban de un estilo análogo al de las exhibidas por Maloof en su oferta virtual, y de una nitidez pareja, indudablemente. 

Se cree demasiado en la inmortalidad del arte, cuando es un simple equilibrio de arbitrios

Slattery, en un arrebato fotográfico próximo al síndrome de Stendhal, decidió compartir en su blog personal las fotografías adquiridas, con la (sana) esperanza de que obtuviesen repercusión entre otros aficionados, pero también respuesta económica para re-embolsarse la suma depositada. Sin embargo, las redes son crueles y se supeditan a la popularidad: la entrada de Slattery pasó complatemente desapercibida por los intrigantes mundos de Internet, más centrados en demostrar la valía de un chavalito canadiense de 14 años que rompía el corazón de las adolescentes con sus guedejas rubias sobre los ojos y su crispante forma de decir “Baby”. Por su parte, nuestro querido héroe Maloof seguía recorriendo su particular Via Crucis respecto del anonimato rotundo de Vivian Maier. Era el 2009, y mientras el mundo de la comunicación se echaba las manos a la cabeza ante la manirrota oferta de 100 millones por Cristiano Ronaldo, una pequeña nota necrológica publicada en el Chicago Tribune despertó la curiosidad de Maloof: el almanaque local reflejaba la muerte de Vivan Maier, residente de la ciudad por más de cincuenta años, con la consiguiente conmiseración de amigos y personas cercanas. Nada más. Ni un apunte biográfico que diese cuenta de la magnitud de la artista ni, por supuesto, de su producción fotográfica.

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Ante la desesperación de dejar inconcluso su monumental investigación, Maloof se inclinó por la opción más razonable: lloriquear, a través de su Flickr, acerca de cualquier información que pudiese remitir cualquier tipo de información remotamente relacionada con Vivian Maier para poder seguir satisfaciendo su avidez intelectual y su tedio metafísico. Cosas que hace la gente en Chicago, por supuesto. Ofreciendo una selección de las fotografías de Maier en dicha web, Maloof tuvo un déjà vu cuando las imágenes se convirtieron en un fenómeno viral, obteniendo respuestas inmediatas de los más prestigiosos críticos y sus más enrabietados prosélitos, incluyendo a nuestros memorables secundarios Slattery y Prow, que se frotaban codiciosamente las manos ante la serendipia que se plantaba frente a ellos. Recurriendo (tristemente) a una frase hecha, podríamos decir que las redes fueron un hervidero de pasión hacia las fotografías de Maier, con millares de personas expresando un fervor laico por la artista. En el 2010, cuando cinco británicos de extraño diseño capilar se presentaban a un concurso televisivo para jóvenes intérpretes (necesito estos jalones porque se ha perdido el sentido de la historia), uno de los más acaudalados mecenas de Chicago, Jeffrey Goldstein (el nombre no hace al individuo, recuérdenlo), decidió facultar al discretísimo Prow con una exorbitante suma, nunca reconocida, para hacerse con parte de su colección Maier. Durante años, Goldstein fue reuniendo pequeños ítems en torno a a la leyenda de la olvidada fotógrafa, incluyendo 17.500 negativos de la fotógrafa olvidada, más de 2.000 impresiones de su obra y 30 películas caseras, amén de otras pequeñas joyas de artesanía doméstica que se han ido descubriendo con los años. Pese a todo, nada supera la todavía legal colección de mr. Maloof, que ronda entre los 100.000 y los 150.000 negativos, aproximadamente el 90% de toda la producción final de Vivian Maier.

La individuación de la belleza debería practicarse con más asiduidad para evitar la gentrificación de las galerías y del propio mundo artístico

La pregunta que cualquier lector se debe estar haciendo es…pero, ¿entonces quién era Vivian Maier? ¿Qué tenían sus fotografías para que fuesen tan especiales? ¿De dónde viene este clamor universal por su figura, ya parte fundamental de la historia de la ilustración? Bueno, en honor a la discriminación del legado de los artistas vitalicios, me niego a revelar los inverosímiles estadios de su biografía y las características únicas de sus creaciones por respeto al silencio crítico. Verán, a menudo se dice que un canon establecido como valor ecuménico puede decidir los derroteros de una obra y hundirla para siempre o ensalzarla como patrón de conducta. Este hecho es un fenómeno atemporal: desde los tiempos en que Van Gogh alertaba a su otorrinolaringólogo hasta la incomprendida Waterworld de Kevin Costner, las circunstancias específicas de una época nos sirven para practicar el denuesto llevados por corrientes estéticas que ni siquiera nos pertenecen, y con las que medimos nuestro desdén, nuestra condescendencia y nuestro olvido. Puede que la imaginería de Vivian Maier, precisamente por estar inscrita en una sencillez declinable, permitiese que su legado fuese reprochable; no obstante, la categoría artística de las fotografías, el ars gratia artis de su coyuntura, debería haberle permitido correr mejor suerte. Aunque quizás me equivoque, y la genialidad en realidad sí sea caduca, y parte orgánica de una época, insalvable para la posteridad (esa cruenta ramera), diseñada para responder a una retórica específica vinculada a un tiempo y, por ende, de inmediata obsolescencia. Como diría Marty McFly tras su aguerrido solo chuckberryano, ante el pavor público por su guitarreo:  “Well, I guess you guys aren’t ready for that yet; but your kids are gonna LOVE IT!”. La apreciación artística es, en última instancia, un Delorean maleducado.

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Pd: Que sí, que no me voy a ir sin aportar cierta solemnidad al asunto. Existe un brillante documental acerca del legado de Vivian Maier; una cinta, por cierto, nominada al Óscar al Mejor Documental en 2013. Bajo el título de Finding Vivian Maierel filme da cuenta de las desventuras de la fotógrafo anónima más celebrada, incontrovertible a estas alturas. Y si necesitan tocar las llagas de su imaginario, varias instantáneas sazonan este artículo para goce de todo aficionado. Por no hablar de amplios y fértiles catálogos online con sus mejores retrospectivas. Por supuesto.