Si saben cómo me pongo, pa’ qué me invitan

Es una pena que en las bodas civiles el alcalde no diga eso tan bonito de “si alguien conoce cualquier razón por la que no se deba celebrar esta unión, que hable ahora o calle para siempre”. De ser así, muchos hubiesen tenido la oportunidad de dar a conocer su indignada opinión en la boda de Javier Maroto, celebrada el pasado viernes con gran afluencia popular. Desgraciadamente, nadie pudo irrumpir en el ayuntamiento de Vitoria y gritar “yo objeto” en la gran boda gay del partido en el Gobierno.

La polémica surgió porque un señor del PP decidió casarse con otro señor e invitar a su boda a otros señores del PP. Se da la casualidad de que en 2004 el PP se movilizó en contra de la ley del matrimonio homosexual y luego la recurrió ante el Tribunal Constitucional. Las redes sociales y las columnas periodísticas han hervido con indignación. Qué hipocresía, qué incoherencia, qué mendaz todo, falserío máximo. ¿Cómo puede Mariano Rajoy, adalid hace diez años del “que no lo llamen matrimonio”, tener la desfachatez de asistir a una boda gay? O incluso: ¿cómo puede Javier Maroto tener la desvergüenza de “militar, comer y respirar de un partido que en su día se opuso al derecho al amor libre”?

Al parecer Rajoy, por haber firmado el recurso de inconstitucionalidad contra el matrimonio homosexual, debería dedicarse a ahorcar gais de las grúas de Teherán. Y Maroto debería demostrar un poquito de pudor y al menos disimular que es militante del PP, que un gay de derechas es una contradicción casi biológica. Todo en nombre de la coherencia ideológica, que se erige en regla de oro para valorar las conductas personales de la clase política.

Al parecer Rajoy, por haber firmado el recurso de inconstitucionalidad contra el matrimonio homosexual, debería dedicarse a ahorcar gais de las grúas de Teherán

Por mucho que lo he intentado, he sido incapaz de encontrar el menor rastro de hipocresía en el hecho de que Maroto invitase a Rajoy a su boda, ni en que éste asistiese. El presidente del Gobierno pudo estar en contra de la ley del matrimonio homosexual, y aceptarla luego cuando el TC la aceptó. O aceptarla luego porque su postura sobre el asunto evolucionó, como le ocurrió a Barack Obama. O no aceptarla, ni antes ni ahora, pero pudo querer acompañar a un amigo y compañero de partido en el día más importante de su vida, que es la opción más cursi pero también la más humana.

Es de entender que la Cofradía del Santo Reproche Laico, que le reza cada día a Nuestra Señora la Maldita Hemeroteca, no conciba que el PP haya acabado por aceptar el matrimonio homosexual. Eso supondría reconocer en el rival político capacidad de adaptación a los cambios sociales y aceptar que la caricatura de la derecha como unos señores machistas, clasistas, malvados y racistas no es del todo precisa. Preferirían quedarse ellos solos en el lado correcto de la historia, regodeándose por siempre en el monopolio de la defensa de los derechos de los gais. Pese a estar tan preocupados por la coherencia, los progresistas elogian la evolución de la sociedad para luego criticar ferozmente un caso concreto de evolución social: el de un señor que en 2004 votó en contra del matrimonio gay y este viernes se puso ciego de cigalas en la boda de Javi y Josema, sentado en la mesa “Céline Dion”.

Es de entender que la Cofradía del Santo Reproche Laico no conciba que el PP haya acabado por aceptar el matrimonio homosexual

En declaraciones a El Mundo, Maroto afirmaba justo después de casarse que “esta boda humilde es también un paso más al reconocimiento del matrimonio sea quien sea quien lo contraiga. Libertad para todos con los mismos derechos. Y hoy, una década después, mis compañeros de mi partido han querido dar este paso al frente”. Imaginamos que sus compañeros de partido también bailarían la gozadera después del vals nupcial, pero de eso El Mundo no tiene constancia.

Hace diez años la igualdad significaba que los gais pudiésemos casarnos y tener hijos como los demás, sin ser esclavos de los prejuicios de nadie. Hoy día la igualdad significa que a los gais se nos permita ser tan incoherentes como el ciudadano medio y podamos militar en el PP sin riesgo de que nos retiren el carné de buen homosexual.

Como cantaba Ana Torroja, lo que digan los demás está de más.

Caricatura: Loiro