Personajes literarios: La válvula de Ignatius Reilly (IV)

“Soy capaz de tantas cosas y no se dan cuenta. O no quieren darse cuenta. O hacen todo lo posible por no darse cuenta. Necedades. Dicen que la vida se puede recorrer por dos caminos: el bueno y el malo. Yo no creo eso. Yo más bien creo que son tres: el bueno, el malo y el que te dejan recorrer.” – Ignatius Reilly.

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John Kennedy Toole se suicidó en 1969, a los 31 años, asfixiado en su coche en el estado americano de Mississipi. Doce años después, en 1981, su única novela La conjura de los necios recibía el Premio Pulitzer. Su historia es la tragedia homologada. Estudiante brillante, escribió su obra maestra en su veintena y recibió un portazo en la cara por parte de la prestigiosa editorial Simon & Schuster. El motivo, que su novela no trataba ‘absolutamente de nada en realidad’. Contrariado, ofuscado y convencido de que su obra marcaría un antes y un después, Toole decidió suicidarse. No fue sino el empeño de una madre convencida del talento de su difunto hijo lo que nos permite disfrutar de La conjura de los necios. Lo que nos permite conocer a Ignatius Reilly.

¿Quién es Ignatius? Ignatius es el azote irónico de la modernidad. El símbolo de la putrefacción moral y el estaticismo social. Ignatius Reilly es el hombre común, con todas sus características elevadas al extremo más ridículo que se puede imaginar. Su día a día, bañado por un surrealismo absurdo, colorea la decadencia a la que se ha visto sumida el ser humano a lo largo del último siglo. Ignatius es egoísta, egocéntrico, irreverente, retóricamente tautológico y de carácter parasitario. En otras palabras tiene 30 años, vive con su entregada e inocente madre y apenas ha trabajado en toda su vida, y sin embargo sus metas teóricas sobrepasan las de cualquier individuo.

La felicidad de Ignatius Reilly la mide su válvula, una suerte de metrónomo emocional que se abre en sus momentos de máxima expresión y se torna sobre sí misma cuando se ve abordado por el insoportable yugo de una realidad social que lo ahoga. Ignatius es la crítica en sí mismo: despedaza a todo aquel que atraviesa su inapelable radar. Sin embargo, a sí mismo se considera una especie de mesías encargado de devolver la moral humana a su origen medieval, desde el cual regenerarla por completo.

“Has de recordar que Mark Twain prefería la posición supina en la cama cuando componía esos abortos aburridos y trasnochados que los eruditos contemporáneos intentan demostrar que son importantes. La veneración que se rinde a Mark Twain es una de las raíces de nuestro estancamiento intelectual.”

Ignatius Reilly es, además, el padre inconfundible de los nerds y los gags verbales. Sus constantes muletillas (“¡Qué falta de gusto y de decencia!” o “¡Qué falta de teología y geometría!”) llenan de comicidad a un personaje cuyo trasfondo no puede ser más dramático y sórdido. Precisamente a este contraste se refirió Walker Percy, el hombre que, por así decirlo, hizo posible la publicación de La conjura de los necios en su prólogo. Percy comentaba que, a lo largo de su profunda inmersión en la lectura, los hilarantes acontecimientos rutinarios que asolaban a Ignatius Reilly provocaban en él carcajadas enormes que a menudo chocaban frontalmente con el sentimiento desesperanzado que la novela despertaba en su interior.

A fin de cuentas, lo que supone Ignatius Reilly no es más que una entidad borgiana del todo, es decir, un individuo que recoge en sí mismo todas las lacras, bien por su discurso o por sus actos, que asolan a la humanidad en su día a día. Lacras que apenas pueden verse a simple vista, pero que al fin y al cabo conllevan el inagotable atraso al que se ve sometida la evolución moral y social de la humanidad. Una suerte de Forrest Gump invertido. Un puto idiota sin suerte.