Los ganadores

Ayer se cumplió una semana desde que el tenista conquense Pablo Andújar cedía en el quinto punto de la eliminatoria de la Copa Davis que enfrentaba a España y Rusia. El combinado hispano caía ante un jovencísimo bloque soviético. Ajeno a todo influjo circunstancial, el revuelo mediático inmediatamente depositó las culpas, curiosamente, sobre aquellos que habían viajado a Vladivostok. Aquellos que habían perdido. Poco importó que España hubiese cambiado de capitana apenas dos semanas antes de competir ni que los tres tenistas con mejor ranking estuviesen ausentes en la eliminatoria. Poco importó la presión de jugar fuera y sobre una superficie a la que era necesario adaptarse. Sólo importó la derrota.

A menudo se habla, con una frialdad inaudita, de los deportistas como seres sombríos, algo alejados de las más simples convenciones humanas. Para el ojo común esta suerte de héroes del esfuerzo constituyen un ente inaccesible emocionalmente. Cabe preguntarse el motivo de esta realidad, si es que se puede encontrar en ella algún ápice de verdad. Con frecuencia los deportistas buscan transmitir una constante imagen de insolencia e indiferencia, por así decirlo. Unos hábitos generados por cualquier ser humano consciente del abanico de bofetadas que puede recibir si falla en su cometido.

Una semana después del desastre de Vladivostok, como ya se ha encargado de bautizarlo la consecuente prensa deportiva nacional, llegó el pelotón del Tour de Francia a los Campos Elíseos de París. Dentro de él, el británico Chris Froome vestía el amarillo, mientras un heroico Nairo Quintana terminaba segundo ataviado con su maillot blanco que tantas proezas augura en un futuro próximo. Dentro del mismo pelotón llegaban a la meta los dos mejores corredores españoles de la última década: Alejandro Valverde y Alberto Contador.

El murciano lo hacía de forma triunfal. Después de una carrera deportiva plagada de desavenencias con la Grand Boucle, finalmente lograba su tan buscada plaza en el pódium final de París. Una tercera plaza que servía de glorificación para un mito que pronto se convertirá en leyenda al acercarse, a sus 35 años, a una más que inevitable retirada. Las lágrimas bañaban sus mejillas al cruzar la meta de L’Alp D’Huez el pasado sábado, consciente de su hazaña. Mientras tanto, decenas de micros buscaban registrar el sonido de sus sollozos de felicidad. ¡Valverde era todo un ganador en aquella cima!

Por su parte, el Tour de Alberto Contador no ha logrado cumplir las expectativas que tanto él y su equipo como todo el séquito mediático que se encarga de presionarlo habían generado sobre su persona. Finalizando quinto en la general, el reciente campeón del Giro D’Italia no logró competir a su mejor nivel con sus ya habituales rivales. Pese a su innegable esfuerzo y la carga en las piernas que suponía llegar al Tour tras haber vencido en la ronda italiana, en el día de ayer pocos recordaron que Contador también cruzaba la línea de meta en París. En esta ocasión no era un ganador.

El sentimiento del corredor pinteño en los Campos Elíseos probablemente se asemejase en gran medida al del propio Alejandro Valverde durante toda su trayectoria en el Tour de Francia. Dos campeones consagrados, dos corredores que lo han ganado prácticamente todo. Dos hombres que, sin embargo, no han escatimado en dejarse la piel y siguen haciéndolo más allá de la treintena. Dos personas que han superado las estúpidas y paranoicas arrancadas de la UCI y han vuelto a reinar tras sus injustas sanciones. Y, pese a todo ello, dos ciclistas que no valen nada si no han ganado.

La tristeza más brutal se apodera del deporte actual en el momento en que se percibe el aroma a la derrota. Prensa y grada no dudan en vilipendiar a sus propios ídolos, a aquellos a quienes vitorean mientras alzan los brazos, en las horas más amargas. Precisamente cuando ellos más necesitan el calor de la cercanía. Es más que improbable que cualquier persona acostumbrada a esta rutina pueda establecer un vínculo emocional firme con su seguidor. Al estilo de una novia que sólo te quiere por tu dinero, el deportista común ha aprendido que nadie lo quiere si no es un ganador. Y, desafortunadamente, por cada ganador existen infinidad de perdedores.

La cultura deportiva española en la actualidad es la de la victoria. Masas fanáticas persiguen a Barcelona y Real Madrid en su rutina de éxitos desenfrenados y los castigan si ceden un mínimo en sus pretensiones. Las mismas masas no han dudado en olvidarse de héroes nacionales contemporáneos como Rafael Nadal en el momento en que han levantado ligeramente el pie del acelerador. Masas que frivolizan, que especulan con el rango emocional de cada deportista. Masas inhumanas pidiendo humanidad. Masas que sólo los quieren a ellos. A los ganadores.