Sigo siendo aquel

En el mundo existen dos tipos de artistas: aquellos a los que hay que ver en directo antes se morir y aquellos a los que hay que ver en directo antes de que se mueran. Es un poco como el mito de visitar Cuba mientras viva Fidel. Cuando una se deja 35 euros vía PayPal por una entrada para ver a Raphael en el Palacio de la Ópera de A Coruña, lo hace pensando que se trata del segundo de los casos. Cuando sale por la puerta tres horas después, se da cuenta del error. Raphael es un artista de los primeros.

No las tocó todas. Tampoco le hizo falta. En las tres horas de concierto hubo sitio para grandes éxitos, temas menos conocidos, temas desconocidos y versiones. La banda de músicos, el juego de luces y un atrezzo impecable fueron sólo el telón de fondo para enmarcar un espectáculo que, de entrada, no se asociaría con un hombre de 71 años transplantado de hígado. Claro que no todos los septuagenarios en esas condiciones son capaces de alzar su voz sin micrófono hasta llegar a la última fila de la sala principal de un Palacio de la Ópera (por buena que sea la acústica).

El concierto comenzó pasadas las ocho y media, con Raphael saltando pletórico a escena mientras las azafatas del Palacio de la Ópera intentaban solucionar el caos de la distribución de las butacas –teóricamente, numeradas- . Tras un par de temas más o menos discretos, Mi gran noche fue el primero en levantar al público de sus asientos. Asientos que tomarían más bien poco. Generalmente, un concierto en una sala con butacas es como un Erasmus en Portugal. Se disfruta y se está cómodo, pero nunca es lo mismo. En este caso, el efecto se invirtió y, entre ovaciones y bailes, el público pasó gran parte de las tres horas en pie.

Es aquel, no cabe duda. | Imagen: metropolificcion

Es aquel, no cabe duda. | Imagen: metropolificcion

Entre la multitud estaban las hordas de fans que acompañan al cantante desde sus inicios. También bastantes maridos, incluso hijos herederos de la estirpe fan. Pero, al contrario de lo que se podría pensar, eran muchos los jóvenes que se acercaron, no sólo a bajar la media de edad, sino a corear a voz en grito cada uno de los temas. Reconvertido en icono hipster, el de Linares completó las 1721 plazas disponibles con un público inesperadamente heterogéneo.

Raphael entra y sale continuamente del escenario. Se sube a las escaleras, las baja. Se sienta en una silla de oficina, en un taburete elevado, en la caja del piano. Canta frente a un espejo que luego rompe de un sillazo –ríanse ustedes de quien dispara al pianista-. Toca la guitarra aérea, pide palmas y aplausos, mueve las caderas, taconea, baila flamenco. Todo lo que se consideraría pedante y sobreactuado tiene cabida en su show. En el escenario, recuerda a aquel tiempo en el que los españoles se maravillaban al ver a los artistas en los platós de TVE actuando sin micrófono. Tiempo que quien escribe estas líneas no vivió, pero se lo imagina. Que salió en Cuéntame.

En un determinado momento, el artista habla a su público para explicar la historia de una canción. Se trata de un tema que grabó hace años, sin saber por qué, porque ya estaba grabado. Pero lo grabó, y a día de hoy se da cuenta de que estaba ahí para él. Y sin mediar más palabra, arranca con un Gracias a la vida. El público, acostumbrado a aplaudir por cada gesto, enloquece. Y enloquecido se mantiene durante los bises, y hasta el colofón, alcanzado con Como yo te amo. El artista se despide y la multitud se disuelve. En el pasillo, adornado con un bonito puesto de venta oficial, el asombro es #TrendingTopic. Y es que ser un maestro en esto de cantar, tras cinco décadas dando guerra, es relativamente fácil. La cuestión es alcanzar el arte de ser todo un señor pero estar hecho un chaval. Y ya quisieras, McCartney.