Yo sé porqué canta el público enjaulado

Tres norteafricanos exhibían dudosas mercancías a los pies de la sombra del Museo Reina Sofía. Se oían sucios bramidos entre el estruendo de la civilización embotellada: un descastado Ford Focus azul gimoteaba malherido en un arcén de la carretera. A lo largo de la avenida, ateridos de frío, algunos viandantes deambulaban con un ritmo aturdido y fugaz hacia ninguna parte por unas aceras con lamparones de ceniza. No obstante, se daba una inédita estampa: ante el Museo, una larga fila de individuos guardaba turno rigurosa, calladamente, como una amaestrada colonia de hormigas. Reparemos en el muslo pálido sobresaliendo bajo el vestido de gala, la hechura inexacta de los hombros en la americana vieja, la desidia encarnada en un perfil que define una barriga amenazando con subvertir los botones de la camisa. En sucesivos ademanes, la invitación a la gala se agitó en un viento gélido sostenida por unos dedos débiles y trémulos. Escruté el rostro de mis compañeros en la hilera: cuarentones, consagrados por su eficacia de Bartlebys, perpetuando con su mediana edad el crónico sostén de una sociedad de ineptos.

Permítanme que comience por las puertas: grandes, generosas en su amplitud y en su transparencia (a diferencia de sus propietarios), blindadas por dos hombres con rostro de oficio inapetente, más próximos en su aspecto a la estatua que al vigía. A un lado, cómodamente habilitadas en su mesa de rúbricas, las azafatas se revolvían con hostilidad para entrar en sus uniformes holgados. Verificada la validez de mi nombre en su nómina de idénticos desconocidos, me llamó la atención un cuello al descubierto, con una hermosa cicatriz en forma de coliflor, de una de las invitadas. Aquí, el corolario: la invitada resultó ser un hombre con demasiado maquillaje, y la cicatriz una bulbosa nuez de Adán confirmando el equívoco del género. Pero no expondré aquí el éxito de mis pesquisas; prosigamos con el drama, antes de divagar sin motivos en la autenticidad del sexo de los invitados.

Las ideas se supuraban en una amalgama de galantes prejuicios

Quizás fuese algo tarde, apenas lo recuerdo; a lo mejor era ya muy de noche, y la oscuridad se empezaba a desnortar por Lavapiés como un estigma incurable. Tal vez había tres o cuatro advenedizos entre los convidados, o puede que alguien hubiese establecido el beso con lengua en el ano como un rudimento más del protocolo y yo no me hubiese enterado. Dejando fuera estas cuestiones, era cierto que prodigaba la poca fe en la cultura: un par de mensajes desalentadores dejaron clara la escéptica posición de quien aparentemente buscaba la reivindicación del ámbito, un ejercicio ensimismado en su propia decadencia. A la vista de los hechos, parecía más importante el último implante de pechos de una acaudalada y mezquina condesa que la pervivencia del artista mediocre. No obstante, estos son tópicos incurables del mundillo del abolengo: una endogamia enriquecida con una impenetrable vanidad.

wert-educacion-ciudadania-ideologia-decreto-borrador-proyecto--644x362Frannie Leibowitz se había encargado de permutar entre grupos con habilidad de urraca hambrienta para perpetuar su apariencia de enteradilla; retirado en un costado de la sala, con aspecto de monje ladino, un notable locutor de Radio Nacional (inescrutable su mirada) despreciaba con su aire sombrío la senectud de sus compañeros de gremio; y apoyada en los ventanales, contemplando con estoica tristeza las inmediaciones del Museo, Gloria Trevijo posibilitaba la existencia de la soledad un día más. Una invisible carcajada atravesó el corazón de los asistentes, mientras el auditorio se iba llenando de modas ridículas, nítidamente estiradas, con una impoluta apariencia de vasallos, prosélitos de las mismas rodillas. ¿Por qué siempre tienen que ser las rodillas? ¿Por qué no el bazo, los sobacos, el bulbo raquídeo? ¿Acaso no queda ya nada diligente que adorar?

El auditorio que albergaba la gala parecía una osera jerarquizada; me dispusieron en las últimas filas, al margen de la marginalidad, en un postrero reducto de sensatez. Desde la seguridad de mi proscrición, las huestes se superponían en un caos diseñado con interlineado mientras una zumbante cámara recogía agridulces testimonios fruto del tedio. Se respiraba un insoportable hedor a naftalina y a Marlboro, y con la estrategia de la quietud de sumisos autómatas algunos invitados querían disimular los medallones sudados que se dibujaban en los sobacos de las camisas. Como una firme elegía por el final de una era lánguida y condescendiente, la congregación se desplazaba con tenue compromiso.

La displicencia me parece la más efectiva arma de la rebeldía, junto con el cinismo bien conducido

Comenzó la gala. Las señales horarias maleducaron el arbitrio del invierno, y los dos conductores examinaron la serenidad de los convidados con un tono improcedente para narcolépticos. El público respondió como un circo de animales domésticos, arrebatados de su ambiente y desgarrados por la nostalgia;  en un coágulo de emoción, el júbilo se bloqueó  y tan sólo trascendió una euforia flaqueante. Tres o cuatro aplausos después, aturdidos de prerrogativas y diplomacias, los asistentes se sumergieron en la viralidad de sus móviles mientras, irremediablemente, los presentadores prorrumpían en una perorata ornamental.

De repente, la eternidad se contuvo en una febril gelidez; la civilización se planteó batirse en retirada;  las sombras se apoderaron de los ánimos más débiles, y entre lágrimas la trascendendia asumió su perplejidad. El ministro Wert entró por la puerta esgrimiendo una cuestionable dentadura, apoteósico y trashumante, tímidamente desplazándose entre los que ya ocupaban su asiento hasta alcanzar una butaca vacía. Seguido por una comitiva que se quedó en la puerta como un oscuro remordimiento, el ministrísimo infinito se acomodó en su lugar con una discreción tal que por poco la coherencia sufre un infarto.

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Del resto de la gala, poco más que una complicidad diplomática; la presencia del ministro, enquistado en la conciencia como un tumor, requisó la atención del venerable público, que desvirtuó su tácito disimulo para proyectar un soniquete de rumores insobornables que se prolongó durante el resto del evento como un molesto trinar de bandadas frenopáticas de colibrís. Pero claro, los precedentes eran demasiado estimulantes: la gradual defenestración a la que Wert ha sometido tanto a la cultura como a la educación (dos de las carteras que exhiben su exuberante apellido) hacinó un odio visceral durante toda la legislatura, con brotes episódicos de abucheos nacidos del malestar más genuino, del resquemor más orgánico. Abaratada la ignorancia, lo sencillo es educar a las nuevas generaciones en un burdo e innegociable patetismo, de una manera tan impúdica, rayana en lo estridente, que parece incluso procedente todo escarnio que granjee el ministro.

Por fin llegó el momento decisivo, la verdad quintaesenciada: Wert se desplazó sigilosamente al escenario para presentar el último de los premios, el de honor, en una fina ironía predispuesta por los organizadores. El detentor del mismo, un célebre dramaturgo oscilante entre los símbolos insurrectos de su patria y el rechazo intelectual a la infamia, lucía una nívea cabellera y una sórdida verdad. El autor, en un emotivo discurso, enunció las mismas obsoletas palabras de sarcasmo con las que había dado desplante a la honrosa tradición de su tierra natal; desquitado su orgullo con mansa diligencia, titubeó cabizbajo sobre el ocaso vital que ese premio confirmaba, como un jalón cismático entre el todavía y el hasta nunca.

Me repugna el protocolo de la infamia, el revisitado modelo de la tontería premeditada

Concluido el sermón, Wert reptó hasta el micrófono con una seguridad infinitesimal: era su momento, era su público, afín a su cruzada monotématica, discípulos de su españolidad ilustradísima. Por ello se removía coquetamente, como una teen con tiara de plástico, primeriza en el arte del deletreo. Y empezó: el minotauro fue siguiendo el delgado hilo dorado que lo intentaba guiar más allá del laberinto de sus afrentas, alimentado con los jóvenes talentos que año tras año disponían para él como una carnaza ahíta de sueños perdidos. Wert habló, con grandilocuencia, de la leyenda del galardonado, de la impecable labor de la organización. Pero cometió un error solamente: se refirió a la buena situación que vivía la cultura española.

El público, amordazado hasta entonces a expensas de su seguridad, se levantó en voces y, entre exabruptos e improperios, decoraron los últimos vocablos de un mítin accidental. Wert, manchada su mística de bardo atemporal, caviló entre abandonar el escenario o continuar con el monólogo adulador. Pero de nuevo emergieran a la superficie las agallas de trucha que priman en su fuero interno, y en un gesto maniqueo agradeció la repentina “performance” que la audiencia le dedicaba con tanta humildad. Los faros del gobierno, acobardados en sus butacones, se cuestionaron su nepotismo mientras la homilía se redujo a sus últimos hiatos.

Acabada la gala, desdibujados por la ignominia y el vino, los asistentes se las dieron de tránsfugas y se recodaron a orillas del olvido. Yo sé porque canta el público enjaulado: porque, al otro lado de las ceremonias, no hay un más allá que dé alas al optimismo. Picando el mismo repugnante alpiste, un lúgubre telón cae sobre las rejas mientras, de hierros para adentro, se va apagando la voz de quién intuyó la posibilidad.