“Estaba loco”

Un accidente de avión es un suceso desconcertante, nos estremece. Por lo inusual y la grandiosidad de su número. Son muchas víctimas en un solo instante; en un instante muy breve. Durante días se repiten las historias de los que cogieron ese avión, de los que casi no lo cogen y lo que prefirieron no hacerlo. Estudiantes, cantantes, deportistas, y más. Por más que nos juren que las probabilidades son ínfimas, que la estadística está de parte de aquellos que optan por vencer nuestra naturaleza y volar, tendemos a pensar que la suerte nos juega una mala pasada. Porque cuando la probabilidad es mínima, solo nos queda acudir a la mala fortuna, a la superstición, o a la conspiración. Es decir, a todo tipo de supersticiones.

Pero sale a la luz la información de la caja negra y todo da un vuelco. El copiloto entra en escena y entendemos todavía menos: Andreas Lubitz deliberadamente estrelló el avión. Sin motivo alguno, supuestamente; sin un motivo externo a él mismo, presuntamente. Y mientras el comandante, armado con un hacha fue el héroe que sin final heroico logró ser, no impidió ese descenso de ocho minutos eternos que llevó a la catástrofe.

Esta información hace que la duda nos posea. Su respiración, su frialdad. El vacío, los golpes en la puerta y, al final, gritos de pánico de los pasajeros por la comprensión de lo que allí ocurría, hasta ese momento ajeno a ellos. Dicen que lo que más asusta de no enterarse es que no hay tiempo para despedidas; pero quizás sea mejor no hacerlo.

“No es un suicidio”, dijo el fiscal francés Brice Robin. Es verdad, al menos en cuanto al término; un suicidio es algo que va de uno consigo mismo. Esto es un homicidio, aparentemente sin causa. Un homicidio que iba consigo mismo, dando igual quienes fuesen los demás; sin pensar en que los que iban con él no tenían culpa de nada. Y, nos guste o no, cuando esto pasa queremos un porqué. Necesitamos un motivo, una coartada, algo a lo que agarrarnos aunque sea endeble y no sirva de nada. Porque la arbitrariedad trae consigo la incertidumbre, y ésta arrastra obligatoriamente al miedo.

Pero no lo hay, y aparece entonces la locura. “Estaba loco”, “era un enfermo mental”. Es un recurso natural cuando todo se nos escapa de las manos. “Estaba loco, estaba enfermo”, y en paz. “Alguien normal no puede hacer eso.” El contexto, la precariedad, su ex novia. Hipótesis. Ante el derrumbe de nuestro mundo encontramos el orden en las explicaciones que resultan más cómodas. O en las que tenemos más frescas. Una oleada de medios se disfrazan de consultas de psiquiatras y psicólogos en donde coger un DSM y barajar diagnósticos está al alcance de cualquiera. “Debió ser un brote psicótico”, dijeron algunos. Como si tener un brote sea algo casual; y lo peor que esconde este mensaje: como si lo inhumano estuviese ligado al tenerlo. Por eso decía antes que, cuando algo horrible pasa, queremos que al menos haya un motivo; que no consuela, pero ordena. Cuando un terrorista mata, hay una causa; o al menos una excusa. Pero aquí no la hay: entonces, es locura.

Pero, ¿estaba loco? No tenía por qué. Otorgarle esa etiqueta reducirá el miedo, pero no nos da razón: es un placebo. No tenía que estar loco porque los locos no hacen estas cosas más que los que no lo están. Porque en cuanto a los locos y esa imagen que tenemos de ellos —de violentos y asesinos— no hay más que prejuicios. No tenía que estarlo para hacer eso. Igual era un chico normal; alguien normal que hizo algo tremendamente anormal. Algo horrible. Pero sin estar loco.

En cuanto a los locos y la imagen que tenemos de ellos no hay más que prejuicios

En las guerras no matan los locos. En toda muestra de violencia cruel, no siempre están los enfermos mentales. Los maltratadores no están tarados, ni los asesinos tampoco. Los terroristas no están mal de la cabeza. No. No son los locos los que hacen estas locuras. Es gente normal, y los locos no pintan nada en todo esto. El experimento de Milgram no lo llevaron hasta el final los locos. Ni en la Cárcel de Stanford llegaron demasiado lejos ellos. Ni en tantos otros. En ciertas situaciones, locos y cuerdos dejan de existir; la etiqueta no vale nada. Hizo algo terrible, y no por ello estaba loco.

Estar deprimido o ser obsesivo no son motivos para estrellar un avión repleto de personas inocentes. Tampoco para los diagnosticados con “burnout” o “síndrome del trabajador quemado”. Son como tantos, como muchísimas personas así definidas. Quizás demasiadas. Como si era alérgico al polen de las flores, como si tenía miopía o diabetes. Eso no es una explicación. —Parece todo muy obvio, pero la obviedad se distorsiona llegado el caso.— Y no se trata de perderse con Foucault, ni Deleuze, ni siquiera con Szasz o Laing. Ni con muchos otros. No se trata de si la enfermedad mental existe o es un mito. Ni siquiera de que lo que ayer no era enfermedad hoy puede serlo, ni que lo que ayer pudo serlo hoy se pueda considerar normal. No va de medicina ni de debates filosóficos. Se trata de estigmas; de construcciones de la realidad; de nuestro lenguaje. De barreras que ponemos a los “locos” cuando ellos no pintan nada. Como yo estoy haciendo a conciencia escribiendo esto: dividiendo entre locos y normales; y mi trabajo me cuesta. Porque decir “estaba loco” por sí mismo no tiene valor; pero lo adquiere cuando para nosotros hay personas que así las consideramos: cuando tenemos un grupo en mente que entra bajo ese rótulo.

Y así, el estigma se hace más fuerte. Fuente: www.activament.org, autor: Sergi Balfegó

Relacionar lo terrible con un grupo no hace más que fortalecer los estigmas. Fuente: www.activament.org, autor: Sergi Balfegó.

Porque no son los locos los que han hechos las grandes locuras de la humanidad; que si los libros de historia están impregnados en sangre, parte de ella es, precisamente, de locos. De locos que fueron torturados, quemados, lobotomizados o encerrados, sin posible reclamo. Sin ninguna defensa ni justicia. Sin palabra. No fueron ellos los que lo hicieron, fueron los otros: los que los juzgaban. Y no es justo que todo esto se olvide en el momento en el que algo horrible pasa.

Si hay sangre en los libros de historia es, precisamente, de locos

Se podría decir que fue algo así como un Cisne NegroTaleb—. Algo que solo tiene explicaciones múltiples a posteriori, racionalizado retrospectivamente, pero que no se puede predecir; porque esta misma situación en los mismos contextos se ha repetido miles de veces y no tuvo ese fin. Realizar ahora atribuciones causales dará luz para intentar comprender, pero la aprehensión será oscura porque la verdad solo estaba en su mente, donde ya no hay quien llegue; porque la percepción de un mismo hecho es diferente de la de uno a la de todos los demás. Nos cuenta entender lo anormal desde nuestros esquemas morales y ante el desconcierto, por seguridad, acudimos a la locura. Pero no sabemos qué le pasó a Andreas Lubitz: la prudencia es virtud; escupir cualquier cosa solo morbo barato. No sabremos nada más allá que suposiciones; y aunque ya haya quien las encuentra en la política, la economía y demás, allá ellos con su conciencia, con su fatal arrogancia y con la construcción de los hechos que se han creado. Querer tener razón con lo inexplicable sería delirante si no fuese lo cotidiano.

Que un acontecimiento terrible que va más allá de nuestro entendimiento se le achaque siempre a los locos, no. Que no importen las estadísticas que demuestran que no son más violentos y que ellos sufren más daño y rechazo por parte de los otros, tampoco. De psicopatologizar lo anormal o inmoral para ahorrarnos pensar; de jugar con la realidad: de no ver los límites de la irracionalidad humana, el fin de la empatía y la banalidad del mal. El estigma está ahí, pero es evitable. “Los normales no hacen cosas horribles; es cosa de locos.” Llamarle locura a todo lo incomprensible reducirá incertidumbre, pero lo hace a costa de otros.

No culpemos a los locos de las locuras que hacen los cuerdos. Y perdón por llamarlos tantas veces locos.