Campeonato de España de cross: un fin de semana de puro atletismo

La memoria es un fenómeno de nuestra mente que nos permite retener cierta información, ciertas vivencias. Cuando un suceso o experiencia es lo suficientemente relevante o importante, nuestras neuronas se conectan repetidamente y se produce la creación de redes neuronales, las cuales estimulan nuestra memoria a largo plazo. Así, nuestra mente selecciona aquellas vivencias que considera más importantes y nos permite almacenarlas en el cerebro, para poder rescatarlas cuando queramos en forma de recuerdos.

El caso es que este fin de semana he tenido la ocasión de vivir una de esas experiencias que, o al menos eso espero, mi mente guardará cuidadosamente bajo llave para así poder recordarla dentro de varios años. Han sido dos días frenéticos a la par de agotadores, de esos que quedan grabados en la memoria con la certeza de que no se despegarán nunca de ella, dos días para disfrutar y sufrir a partes iguales. Dos días de puro atletismo.

Empecemos por el sábado. Me despierto a las seis de la mañana con una mezcla extraña de sueño y ganas: el fin de semana se presenta tan emocionante y previsiblemente inolvidable que no me cuesta gran esfuerzo levantarme y poner mi cuerpo en funcionamiento. Nos espera un largo viaje hasta Cáceres, donde poco más de 24 horas después disputaríamos la quincuagésima edición del campeonato de España de campo a través por equipos.

Tras un breve desplazamiento hasta A Estrada, la expedición al completo nos ponemos en marcha: los cinco atletas de la categoría promesa (nacidos entre 1993 y 1995) del CD San Paio que disputaremos la prueba, el presidente del club y dos compañeros más. Cabe mencionar que hemos tenido la suerte de poder realizar el viaje en la furgoneta del equipo 3&Run, gestionado por el santiagués Pedro Nimo, actual campeón de España de maratón, que nos ofreció su vehículo para poder desplazarnos con mayor comodidad hasta la ciudad extremeña.

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Así, a las ocho de la mañana partimos desde el pueblo pontevedrés. El viaje transcurre sin sobresaltos y llegamos a Cáceres poco después de las cinco de la tarde, parada en Guijuelo para comer incluida. Dicho sea de paso que nos encargamos de verificar por activa y por pasiva aquello de que no hay nada como estar en una ciudad en la que no te conocen para hacer el imbécil con una ambición digna de un par de premios Nobel. A media tarde llegamos a Aliseda, un pequeño pueblo al oeste de Cáceres y en el cual pasaríamos la noche previa a la competición. Aliseda es un ejemplo paradigmático del típico pueblo de interior español: escasa población y un ambiente muy calmado, idóneo para descansar y pasar un día tranquilo. Decidimos aprovechar el sol para trotar quince minutos y posteriormente conocer un poco el pueblo. Ducha, cena y a dormir a una hora prudente, que el domingo también toca madrugón.

Me despierto a las seis de la mañana por segundo día consecutivo. Dejamos todo listo para la competición, desayunamos y ponemos rumbo a Cáceres. Las risas y anécdotas, recurrentes durante todo el viaje, dieron paso al silencio y la concentración en esta media hora de desplazamiento hacia la ciudad cacereña.

El ambiente es increíble. Miles de deportistas procedentes de los diversos puntos de la geografía española reunidos allí simplemente para correr. Se nota que es uno de esos días grandes, de esos en los que no queda más remedio que apretar los dientes y dejarnos la piel. La ocasión merece la pena. Por suerte o por desgracia, los corredores de la categoría promesa masculina somos los primeros en participar, por lo que nos ataviamos con la ropa de competición, calentamos con cierta prisa y nos dirigimos hacia la zona de salida cuando el reloj todavía no marca las nueve de la mañana.

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El inicio de la carrera fue, muy probablemente, el momento que más me impactó personalmente de todo el fin de semana. Los 36 equipos participantes nos situamos en nuestras respectivas calles, haciendo un total de casi 200 jóvenes. El juez da el pistoletazo de salida y arrancamos con fuerza. A pesar de realizar una arrancada relativamente rápida, en un par de segundos comienzo a ver como decenas de chicos me adelantan por ambos lados. Trato de mantener la cabeza fría y no dejarme llevar: sé cuál es mi guerra, sé cuáles son mis posibilidades y también sé que el exceso de ambición muchas veces acaba por ponerte la zancadilla, haciendo que te des de bruces contra el suelo. En el atletismo, y más en una disciplina como el campo a través, esta frase hecha puede adquirir cierto cariz poéticamente literal.

Poco a poco el pelotón se estira, la cabeza de carrera comienza a marcar diferencias y se crean varios grupos de pequeños atletas. El circuito, a pesar de que alterna subidas y bajadas, permite correr a un ritmo relativamente rápido, a diferencia de los cross gallegos, en los que acabas la carrera y parece que te has caído en una boñiga gigante y posteriormente te has rebozado en ella como si fueses un proyecto de croqueta.

Intento saborear cada uno de los diez kilómetros de la carrera, sufriendo y disfrutando a partes iguales y pensando en que muy probablemente esté viviendo un momento irrepetible. Tras cuatro vueltas, finaliza la competición. La posición lograda en la clasificación por equipos, vigésimo octava, nos deja muy satisfechos: el premio es estar ahí, rodeados de lo mejor del atletismo nacional, y poder disfrutar de un campeonato de estas características. Al fin y al cabo, sólo somos un grupo de amigos a los que nos gusta correr. Y hasta aquí hemos llegado, y eso sí que no nos lo quita nadie.

 Fotografías de Ramiro Cillero