El ataque a los zombies hormonados

Sinceramente, me daba miedo acometer un análisis de esta serie. Cuenta la leyenda que si criticas de forma negativa Shingeki no Kyojin, El Ataque a los Titanes, aparece una pandilla de quince fanáticos quinceañeros hispanohablantes, visiblemente exaltados y armados con unas katanas compradas en el bazar chino de la esquina, y te revientan a hostias.  Es que el pasado año llegó a tal punto la obsesión popular por la serie que cada vez que alguien me venía cansinamente con el típico “oh, Dios mío, ¿has visto SNK? ¡Es la mejor serie del momento!” no eran pocas las ganas que me daban de atarlo a una butaca con los párpados inmovilizados, en plan Alex DeLarge en La Naranja Mecánica, y ponerle uno tras otro todos los capítulos de Jojo’s Bizarre Adventure o incluso Tengen Toppa Gurren Lagann mientras carcajeaba como un maníaco.

Attack on Titan no deja de ser el enésimo giro de tuerca del género zombie. Robert Kirkman despertó de nuevo la pasión popular por los no muertos a principios de los 2000 con su entretenida saga de tebeos The Walking Dead, cuya adaptación televisiva supuso el renacer de esta temática y el inicio de la moda por las historias de supervivencia apocalíptica. La avalancha de productos relacionados no fue precisamente escasa, e incluso en Japón hicieron eco del tema con animes como la tan violenta como sexy Highschool of the Dead. Entonces se hizo la luz. El “dibujante” de manga Hajime Isayama decidió que este tipo de producciones funcionarían mejor si los zombies crecían un poco, se volvían más fuertes y veloces y eran situados en un mundo medieval, con espadas y castillos.

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Kirito (digo, Eren) y sus compañeros de la Legión de Reconocimiento, camino a enfrentarse con el enemigo / Kdramastars

La premisa es sencilla. La humanidad, en el año 845, ha sido arrastrada hasta el borde de la extinción por la aparición de unos monstruosos gigantes que únicamente se dedican a devorar personas. No, en serio, si es que no hacen nada más. Los bosques están llenos de ciervos y animalillos, con lo deducimos que solo comen humanos. No tienen inteligencia aparente y tampoco órganos sexuales visibles, por lo que supongo que se reproducen por mitosis. O quizás esparzan semillas al viento cuando llega la primavera. Eso, sumado a que la ausencia prolongada de luz solar los aletarga y a su carencia de sistema digestivo (pese a su afición por tragar soldados a pares), solo puede significar que los titanes en realidad son plantas. No cabe otra posibilidad. Lo mejor es que tienen una regeneración celular que ríete tú de las planarias o las estrellas de mar, del estilo que si les arrancas la cabeza de cuajo les vuelve a crecer en unos minutos. Pero su punto débil es la nuca. Si les cortas en la nuca mueren. Pero si les arrancas la cabeza (cuello incluido) entonces no. A su favor hay que reconocer que la diversidad de titanes en la serie es apabullante. Tenemos el que se parece a Freddie Mercury, el hijo de Chelo García Cortés e incluso uno que se escapó de La Familia Crece.

Shingeki no Kyojin es una serie bastante entretenida gracias a sus vertiginosos y cruentos combates pero con poco más que ofrecer.

Lo que queda de la sociedad occidental se ha refugiado en un pequeño estado, rodeado por tres gigantescas murallas concéntricas que sirven de refugio contra los peligros del exterior. Estas murallas, Rosa, Sina y María, miden más 50 metros de altura y son el último bastión para la supervivencia de la especie. Es lógico pensar que una fortificación de 200 kilómetros de diámetro se levanta en un par de días. O eso o que los titanes de marras esperaron sentados en el suelo a que la gente construyese sus muros para tener un reto que batir. El problema es que un buen día, el gigante más grande jamás visto, el Titán Colosal, aparece de la nada y rompe una de las puertas de una patada, permitiendo el acceso de los demás entes a la ciudad humana. Porque claro, irte a vivir a una isla o cavar y hacer una ciudad subterránea es cosa de deficientes mentales, no entra en la cabeza. Lo normal es buscar la planicie más grande del continente y plantar unas murallas, llenas de puertas, que se vean desde bien lejos y oye, si eso a lo mejor los gorditos hormonados estos se dan de bruces contra el muro y desisten de comernos.

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Hay titanes para rato. Pronto saldrá un crossover con Los Vengadores de Marvel y un futuro film de imagen real / vershingekinokyojin.com

Nuestro protagonista, Eren Jaeger, es el típico adolescente de los shonen actuales, llorón e inútil, incapaz de hacer nada a derechas, al igual que Yukiteru de Mirai Nikki, sólo que con un punto mayor de locura y sadismo. Su problema es que, con una forma de ser tan plana, casi cualquier secundario acaba siendo más interesante que él. Empezando por su hermana adoptiva Mikasa, una especie de atrayente máquina de destrucción andante; su mejor amigo, el inteligente Armin, que de pequeño protagonizó el yaoi Boku no Pico, siendo catapultado después a la fama con El Castillo Ambulante, de Hayao Miyazaki; Sasha, también conocida como la chica de la patata (probablemente el mejor personaje de la serie, pero con un reducido número de apariciones) o Levi, el señorito de la limpieza. Por desgracia, la mayoría de estos personajes pecan de ser una revisión de tal o cual estereotipo de los animes de acción, sin mucho más que ofrecer, y su evolución, excepto en el caso de Armin, es prácticamente nula. Y en una obra con tantos altibajos argumentales y con un manejo del ritmo tan terrible (hay capítulos enteros en los que no ocurre absolutamente nada, mientras que en otros, la avalancha de información y secuencias de combate no deja respiro), lo ideal habría sido la existencia de unos protagonistas en los que poder apoyarse cuando la historia en sí flojea. Pero esto no ocurre, ya que en ningún momento se nos da la impresión de que alguno de los soldados implicados tome las riendas de la trama y desarrolle un nivel de carisma como Dios manda. Por si fuese poco, el panoli de Eren muere casi al principio de la historia (sí, es un spoiler, lo sé, pero es más sabido que la identidad del asesino de Laura Palmer o lo de Bruce Willis en El Sexto Sentido), lo cual podría haber sido usado como un gran y novedoso giro de guión, pero que es desaprovechado de forma infantil y más propia de Dragon Ball que de una producción mínimamente seria, resucitándolo y dándole la capacidad de transformarse en un poderoso titán (bastante parecido al Evangelion 01, todo sea dicho), lo cual convierte una historia de zombies crecidos en una especie de Naruto más sangrienta con luchadores de 15 metros.

Por suerte, no todo es tan paupérrimo en Attack on Titan. El dibujo y la fluida animación, exceptuando algunos detalles generados por ordenador ralentizados o menos detallados ý algunas sucias tretas de copiar y pegar que, por suerte, apenas se notan; son prácticamente excepcionales, (gracias al cielo, no como los horribles diseños del manga), con un derroche de efectos realmente impresionante en las escenas de acción. La composición de planos (esos encuadres en las miradas fijas) es de lo mejor visto en mucho tiempo, incluso en las secuencias más frenéticas, y la banda sonora es sencillamente fantástica, pero, obviamente, no todo es técnica. En una producción audiovisual hace falta algo más que el artificio para que sea verdaderamente grande (hola, James Cameron). Hace falta un desarrollo, una historia que te enganche y emocione, y honestamente este anime no cumple ni por asomo con lo exigido para ser considerada una serie memorable. ¿Mala? No, objetivamente no es tan mala, al menos comparada con la media. Día a día se producen animes en Japón muchísimo peores. Shingeki no Kyojin es una serie al estilo de Terra Formars, bastante entretenida gracias a sus vertiginosos y cruentos combates pero con poco más que ofrecer, más allá de algunas vacías reflexiones pseudofilosóficas. Por otro lado, su legión de fans incondicionales, como ocurrió también en su momento con Sword Art Online o Hunter x Hunter, la elevan sin descanso a la categoría de obra maestra, de ópera magna inolvidable e inefable y no permiten que nadie chiste a su deidad animada. El Nevermind del anime